PRIMER SEDER ECUMÉNICO EN AMÉRICA LATINA

 

 “Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen, puesto que Dios hizo habitar a todo el género humano sobre la faz de la tierra, y tienen también un fin último, que es Dios, cuya providencia, manifestación de bondad y designios de salvación se extienden a todos, hasta que se unan los elegidos en la ciudad santa, que será iluminada por el resplandor de Dios y en la que los pueblos caminarán bajo su luz.

Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los enigmas recónditos de la condición humana, que hoy como ayer, conmueven íntimamente su corazón: ¿Qué es el hombre, cuál es el sentido y el fin de nuestra vida, el bien y el pecado, el origen y el fin del dolor, el camino para conseguir la verdadera felicidad, la muerte, el juicio, la sanción después de la muerte? ¿Cuál es, finalmente, aquel último e inefable misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia donde nos dirigimos?......
..Como es, por consiguiente, tan grande el patrimonio espiritual común a cristianos y judíos, este Sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio entre ellos, que se consigue sobre todo por medio de los estudios bíblicos y teológicos y con el diálogo fraterno”.

 

DECLARACIÓN NOSTRA AETATE 28 octubre 1965  SS: Juan Pablo II.

En el año 1973, a pocos años de difundida la Declaración Nostra Aetate,  hubo en la Argentina un grupo de personas que hizo propias las palabras de Su Santidad, queriendo conocer y divulgar los valores espirituales de las diferentes religiones. Se trataba de un grupo de religiosos entre quienes se encontraban el rabino Dr. Esteban Veghazi; el entonces obispo de Avellaneda, Mons. Antonio Quarracino; el rector de la Universidad del Salvador,  Padre Ismael Quiles S.J. y la Hermana Alda, miembro de la Congregación Hermanas de Sión. Todos ellos sabían que la primera señal de aproximación tenía que provenir del profundo respeto que cada uno de ellos pudiera observar y manifestar  frente a la tradición de los demás y frente a la particular forma de expresar su fe en el Creador.

Luego de varias reuniones se decidió, como primer acto ecuménico, la celebración conjunta de la cena del Seder de Pesaj (cena de celebración de la “Pascua Judía”).

 Seder”, en su traducción literal, significa 'Orden'.  En el  ritual familiar se refiere  a la celebración de la  primera noche de Pesaj (fiesta que dura 7 días). Quizás sea la fiesta más difundida, más conocida y más resguardada en la liturgia judía. Es una celebración donde  se cumple con el precepto (Éxodo 13;8) de enseñar a los hijos el significado de la salida de Egipto. Es la fiesta de nuestra liberación, ocurrida en este día, hace casi 3.500 años atrás. Dios liberó al Pueblo de Israel de Egipto- “con su mano poderosa y brazo extendido” (Deut. XXVI,8), permitiendo así terminar con la esclavitud física y espiritual y  encaminar hacia la LIBERTAD. Es nuestra obligación relatar la salida de Egipto en la noche de la festividad para que las nuevas generaciones la vivencien. . "En cada generación cada persona debe considerarse como si ella misma hubiera salido de Egipto, ya que si el Santo Bendito Sea no hubiera sacado a nuestros antepasados de Egipto, nosotros, nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos seríamos aún esclavos del Faraón de Egipto". (Hagada de Pesaj).

La salida de Egipto es un hito fundamental en la historia judía. Muchos de los preceptos de la Torá, otorgados al pueblo de Israel en el Monte SINAÍ a través de los 10 MANDAMIEMNTOS, como el Shabat, el trato al extranjero, la prohibición de difamar en un juicio, las leyes referentes a los esclavos y otras,  están relacionadas con la esclavitud en Egipto, y nos enseñan que debemos cuidar la integridad y el honor de todo ser humano,  preservando siempre su libertad. Durante el festejo se lee un libro llamado Hagada, que relata la historia de la salida de Egipto, y a través de los siglos se han agregado nuevos textos relatando nuevos acontecimientos. Los más recientes se refieren a la lucha en el Ghetto de Varsovia y al anhelo milenario del Pueblo de Israel de poder festejar Pesaj el año siguiente en la ciudad santa, en Jerusalén.

 

 

 

 

Los participantes principales en la mesa familiar son los niños, y la celebración comienza con 4 preguntas tradicionales de ellos: ¿en que difiere esta noche de las demás noches?  Es en este sentido que la elección de la noche del Seder para la primera celebración ecuménica no fue casual.  Los protagonistas de este encuentro  se  formularon    y
respondieron la misma  pregunta: ¿en qué difiere esta noche de las otras noches? Difiere en que estamos todos juntos, con hermanos de otras religiones, con ganas de aprender de culturas y tradiciones diferentes, de dar un paso muy importante hacia la unión de todos los credos.

 

 

 

 

 

Al recordar este Primer Seder ecuménico, reproduciremos un extracto de las reflexiones de Prof. Luis Morales Herrera Licenciado en Educación, miembro de la Comisión Nacional de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso, de la Conferencia Episcopal de Chile:

 

“La  Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas, conocida con el nombre de Nostra Aetate  (En nuestra época)  del Concilio Vaticano II, del 28 de octubre de 1965, tiene una increíble actualidad. A medida que pasan los años, este documento se adelanta y fomenta el diálogo interreligioso, tan de moda en estos tiempos. Sin embargo, pocos católicos saben que hace más de cuarenta años atrás, los obispos católicos,  reunidos en el Concilio, trataron el tema de las religiones no cristianas.  Desde entonces, la Iglesia católica ha promovido firmemente la ayuda, conocimiento y acciones conjuntas con personas que no son exactamente de nuestra confesión. El decreto sobre ecumenismo se basa en el pedido del propio Jesús la víspera de su pasión: “Que todos sean uno…” (San Juan 17, 21)

Los judíos, a diferencia de los protestantes o evangélicos, a quienes  uno ve con más frecuencia (especialmente los pentecostales, tan conocidos  en los sectores populares) están algo más distantes de nuestro horizonte inmediato. En lo personal, yo mismo vine a conocer ya adulto el decreto Nostra Aetate. Si no hubiera sido por estudios superiores, hubiera pasado de largo por la vida, pues  los sacerdotes o religiosos con los cuales tuve mucho contacto por años, no nos hablaban de este tema. Al contrario, simplemente, los judíos eran los responsables de la muerte de nuestro Señor Jesucristo y ese sólo hecho los hacía abominables.

Pero con el paso del tiempo y a través de varias personas que el Señor Dios ha puesto en mi camino, he llegado a conocer a los judíos. Las maravillosas palabras del Concilio me llevaron a ampliar mi mirada, cuando afirman que

Cree, pues, la Iglesia que Cristo, nuestra Paz, reconcilió por la cruz a judíos y gentiles y que de ambos hizo una sola cosa en Sí mismo.”  

El decreto  plantea por primera vez una mirada fraternal, muy ajena a odios u otras actitudes y nos anima claramente a dar pasos: 
“…este sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio entre ellos (cristianos y judíos…” 

Leer estas palabras es altamente gratificante. En realidad, los documentos conciliares trasuntan fraternidad, respeto, diálogo. Es que la Iglesia católica le habla a un mundo adulto que va tomando cada vez más su propia autonomía y responsabilidad. 
En una reflexión lúcida sobre los sucesos que provocaron la muerte de varios millones de judíos en los campos de concentración nazi, en el documento de la Comisión para las Relaciones con el Hebraísmo del 16 de marzo de 1998 , el Cardenal Edward Cassidy, presidente de dicha comisión, se pregunta: “¿Ofrecieron los cristianos toda posible asistencia a los perseguidos, y especialmente a los hebreos?”  
En la misma dirección está el discursos que pronunció el Papa Juan Pablo II en el Memorial de la Shoah, Yad Vashem, en Jerusalén,  (22 de marzo de 2000). Con vivas palabras, el pontífice señaló: 
Hombres, mujeres y niños nos gritan desde el abismo del horror que experimentaron. ¿Cómo es posible no escuchar su grito?”

 Como católico, el decreto  Nostra Aetate  es sólo el punto de partida. El conocimiento de los judíos lleva muchos años, pero estoy seguro que,  al final, uno sale fortalecido y enriquecido espiritualmente de esta experiencia. Si seguimos la trayectoria que han emprendido los últimos pontífices romanos, uno no puede menos que alegrarse de los avances en el diálogo judeo-cristiano, un camino que ya se torna irreversible y prometedor.

El decreto en estudio quisiera complementar con las palabras del apóstol Pablo a los Gálatas, cuando señala: ( Epístola a los Gálatas 3,28-29)

      “Ya no hay diferencia entre judío y griego, entre esclavo y hombre libre; no se hace diferencia entre hombre y mujer, pues todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús. Y si ustedes son de Cristo, también son descendientes de Abraham y herederos de la promesa.”    
                                                          
 Así, pues, me siento formando parte de una gran comunidad de  seres humanos, de un pueblo en el que. como decía Juan Pablo II, los judíos son  “nuestros hermanos mayores”. Tengo mucho que aprender ellos, en consecuencia.”

 Este Seder fue el primero.  Poco tiempo después se fundó  en Buenos Aires la Cátedra de Judaísmo en la Universidad del Salvador, incluida en la carrera de Estudios Orientales y dirigido por el Padre Ismael Quiles.
 La costumbre de celebrar un seder ecuménico donde participan referentes de diferentes credos, representantes políticos y de la cultura de cada país, permanece hasta el día de hoy.  En Chile, por ejemplo, la B’nai B’rith, celebra año tras año esta festividad, donde participan más de 200 personas de diferentes religiones.
Sea éste un pequeño homenaje a los pioneros latinoamericanos del acercamiento entre credos, y que pueda contribuir a la conservación y valoración de la diversidad cultural y religiosa.

“Vean que bueno y que agradable es cuando los hermanos vivan unidos y en armonía. Allí es dónde Dios enviará la bendición de una larga vida” (Salmo 133).

 

 

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