LA REVOLUCIÓN   FRANCESA   Y
LA  EMANCIPACIÓN

Rabino  Dr. Esteban Veghazi
Santiago, 1989  - reeditado 2008

 

Para los judíos de Europa Occidental y de América, el siglo XVIII consignó una consolidación que los condujo hacia la emancipación.

            Fue un hecho importante en la historia de los judíos y, al mismo tiempo, en la vida social de la época. No obstante, era sólo una  minoría de judíos que participó en dicha emancipación e iluminación. Para la mayoría fue un siglo de muchos conflictos como consecuencia de las  divisiones que puso fin a la existencia de Polonia como estado independiente. Millones de judíos cayeron bajo el régimen  ignorante, hostil y déspota de los zares. La  creciente miseria en esa parte de Europa constituyó el lado oscuro del brillo de la emancipación política.
           
En el siglo XVII y  XVIII, las comunidades prósperas fueron mayormente  sefaradíes. Sólo  pocas personas y algunas comunidades en Europa Central y Occidental empezaron a ocupar un lugar importante  en  la vida social,  incluso  en los países relativamente progresistas. Las condiciones de vida de los judíos fueron cambiando lentamente.  En  Francia, los judíos  de Bayona y Burdeos vivían relativamente bien, pero en Alsacia que pertenecía a Francia  desde el Tratado de Rijswijk 1697, la situación económica fue difícil. Mientras algunos judíos palaciegos elevaron su nivel social  rivalizando en riqueza y lujo con los nobles cristianos;  en  otras ciudades europeas la vida poco  cambió para el judío común. De todos modos, en la segunda mitad del siglo XVIII comenzó a cobrar actualidad el concepto de la emancipación judía, expresión destinada a designar su ascenso a la ciudadanía.  Se trató de poner fin a la época del ghetto y  su sistema cerrado de aislamiento. Los judíos, como colectividad, dejaron de  ser un cuerpo autónomo foráneo, casi un estado dentro del estado con sus estructuras internas y su jurisdicción propia. En este proceso el individuo judío tenía que dejar de ser considerado incapaz, inhabilitado y comenzar a participar plenamente en la vida  del país que lo  albergara.

            El movimiento de la emancipación nació casi simultáneamente en Alemania y Francia la segunda mitad del siglo XVIII. Los verdaderos signos del movimiento se encontraron en los campos político-social y religioso. No fue el producto de la caridad cristiana o de un filosemitismo, sino de un cambio ideológico entre los intelectuales. Las ideas de  Rousseau, Voltaire y de los Enciclopedistas se difundían en la sociedad urbana de Londres y en los salones de Paris y  Berlín.  Una tímida creencia en los “derechos del hombre” fue más poderoso para asegurar la igualdad de los judíos que cualquier lucha previa por estos mismos  derechos.

            Influyeron en el proceso de “iluminación”, la actividad de intelectuales reconocidos de la época. Mencionemos en primera instancia la obra literaria por los justos derechos de los judíos del poeta y filosofo alemán Gotthold Efraim Lessing (1729 -1781), con la publicación de su famosa obra teatral “Nathan el Sabio". También  el escritor político Christian Willhelm von Döhm (1751- 1820),  en su influyente publicación "Über die bürgerliche Verbesserung der Juden” - “Sobre el mejoramiento civil de los judíos”, analizó la influencia de la legislación antijudía en el carácter del individuo judío y en la estructura social de la comunidad judía. Llega a la conclusión  que si les concedieran plenos derechos, los judíos podrían transformarse en ciudadanos útiles.

En Francia, el idealista y sacerdote constitucionalista Abate Henri Grégoire (1750-1831) publicó su "Essai sur la regeneración physique, morale et politique des Juifs " -”Ensayo acerca de la regeneración psíquica, moral y política de los judíos”  vio  la causa de “la discriminación” actual de los judíos como consecuencia de la persecución y  el desprecio de que fueron objetos durante siglos.  Invitó a los cristianos a poner fin a este desprecio injusto, abriéndoles los brazos  como amigos y ciudadanos.

Los mismos integrantes de la comunidad tomaron algunas medidas destinadas a crear las condiciones indispensables para la obtención de los derechos civiles, en especial la reforma de la educación, a fin de adaptarla a los métodos occidentales. Este movimiento dio comienzo en el círculo literario, científico-social, que rodeaba al filósofo Moses Mendelssohn (1729-1786). Su  promotor principal era uno de sus  más íntimos colaboradores (co-traductor con Mendelssohn del Pentateuco) y discípulo, Neftalí Herz Wessely (1726- 1805) quien, en su obra "Divre shalom veemet" - "Palabras de paz y verdad”, publicada en 1782, afirmó la necesidad de que los judíos adquirieran un dominio completo del idioma de su país,  y por lo menos conocimientos rudimentarios en las ciencias naturales, geografía e historia universal. Pese a la oposición vehemente de las esferas rabínicas conservadoras, sus ideas encontraron eco bien pronto en toda Europa Central y Occidental.

No todos los judíos estuvieron  en favor de la emancipación. Por un lado unos líderes comunales  vieron de pronto minados su poder por la nueva evolución, y por el otro, personas habituadas a un tipo de vida segregada, apreciaron más su forma de vida tradicional,  considerando el precio de la igualdad demasiado elevado. Sin embargo, la historia demostró también en esa  época, que no se puede hacer parar o revertir el paso  del tiempo.

La tan anhelada igualdad social y política llegó a ser realidad primeramente al otro lado del Atlántico, y sin mucha preparación social o política. Poco antes de la Revolución Americana, los hombres de ciencia dieron un buen ejemploalhaberadmitido  estudiantes judíos en distintas universidades. Al estallar la Revolución,  muchos  judíos se unieron al ejército revolucionario.

            En 1776, el Congreso Continental aseguró la igualdad de derechos y dignidades de todos los  habitantes del país. No resultó siempre fácil para el ciudadano americano común,  considerar al judío como un igual. La Convención Constituyente en 1787 declaró, que “ninguna prueba religiosa se exigirá jamás como calificación para ningún oficio o cargo público en los Estados Unidos", y la primera enmienda de 1789 agregó que "el Congreso no hará ley alguna con respecto al establecimiento de la religión o que prohíba su ejercicio". Así los judíos llegaron a ser ciudadanos iguales en una sociedad occidental, por primera vez ,desde el derrumbe del Imperio Romano.

Los judíos americanos tenían la ventaja de que en el continente americano no existía ninguna tradición del ghetto, ni recuerdo alguno de matanzas o expulsión de judíos. En Europa, el proceso de la emancipación era más difícil. La gran Revolución Francesa de 1789 anunció el comienzo de la "Libertad,  Igualdad y Fraternidad" para todos los pueblos. Por lo menos teóricamente, quedó reconocida la igualdad civil de los judíos, quienes en el siglo XVIII volvieron a vivir en Francia. Sin embargo, la realidad era todavía confusa.

En la declaración  “los derechos del hombre”, la libertad de los judíos estaba implícita. El pensamiento positivo de los revolucionarios franceses era inobjetable,  pero difícil para ponerlo en práctica.

 Dentro del territorio de Francia, coexistían cuatro grupos de judíos. Su situación y la visión que sus vecinos tenían de ellos, era muy diversa. Primero estaban los judíos de Paris, donde  no había restricciones medievales a vencer, ni para su desenvolvimiento, excepto la prohibición de pernoctar en Paris. Los judíos que vivían allí, lo hacían en forma legal, gozando la igualdad con sus vecinos.

Luego estaban los  de Avignón, quienes hasta esa fecha  pertenecían a los Estados Papales. Disfrutaban de las libertades, aunque restringidas, de todos los judíos de Europa del Norte.

En tercer lugar estuvieron los  prósperos  sefaradíes de Bayona y Burdeos. Cuando la Asamblea Revolucionaria debatía acerca de la emancipación, ellos exigieron que ésta les fuese concedida, sin tomar en consideración a sus hermanos de las otras partes del país. Ya eran franceses asimilados y sólo querían que se pusiese el sello político al usufructo de los derechos que ya poseían en la práctica.

            Y finalmente existió la comunidad judía más numerosa  en Alsacia y Lorena, cuyo número era aproximadamente veinte veces más que el de todos los demás. Su situación reflejó los problemas planteados por la emancipación. Una comunidad muy empobrecida, confinada a unas pocas ocupaciones sórdidas o dedicadas al negocio de empeños y préstamos.  Estuvieron excluidas de muchas ciudades y hasta pocos años antes de la Revolución, sometidas a la humillación medieval, es decir, que cualquier ju­dío que viajara de una ciudad a otra, tenía que pagar un impuesto especial. Estos y otros factores  parecidos  pueden ex­plicar por qué había tanta vacilación en abrirles las puertas de la ciudadanía. Por otra parte, eran judíos mucho más piadosos y leales a la tradición que ninguno de los otros tres grupos antes mencionados. Aceptar al pueblo judío en el seno de la sociedad europea significaba aceptar también a los judíos de Alsacia con toda su realidad, pues los de París y de Burdeos ya eran “europeos” en sentido ge­neral.

Tan pronto, cuando la Convención Nacional aprobó la Declaración de los "Derechos del Hombre y del Ciudadano", los diputados liberales exigieron que se anularan de inmediato las restricciones especiales para con  los judíos y que se les  confiera la igualdad  completa de derechos. El abate Grégoire exclamó: "Cincuenta mil franceses se acuestan hoy como escla­vos; haced que mañana se despierten como ciudadanos libres.” Sin em­bargo, pasó algún tiempo antes de que la Convención obrara en este sentido.

La emancipación de los judíos debió ser consecuencia natural e inmediata de la Declaración, al  proclamar la libertad religiosa. Los protestantes obtuvieron fácilmente la igualdad completa de  dichos derechos. Pero conferir la misma emancipación para los judíos tropezó varias veces con resistencia fuerte y violenta. Después de un prolongado debate, el articulo relativo a la libertad religiosa fue redactado de tal manera que abrió la puerta a los derechos civiles para los judíos sólo a medias: "Nadie debe ser molestado por sus opiniones, incluso las religiosas, siempre que su manifestación no perturbe el orden público establecido por la ley". Quedó manifiesta  la idea siempre debatida en todos los países y en todas las épocas: ¿La adhesión al judaísmo se concilia o no,  con la observancia de las leyes civiles?

La resistencia a la emancipación de los judíos era de carácter múltiple: psicológico, social, religioso y político. Emanaba sobre todo del clero y de la burguesía, correspondiendo al sentimiento popular antijudío. En algunos  lugares subsistieron antiguas fobias medievales; otros individuos se preguntaban si serán capaces de desempeñar un cargo social. ¿La diversidad, permite a los judíos ser verdaderos ciudadanos? Los defensores de la emancipación pertenecían a familias  espiritualmente evolucionadas: el abate Grégoire, el protestante Rabaud de Saint Etienne, Mirabeau, Clermont Tonnerre. Vieron en los judíos seres humanos, hombres oprimidos, necesitados de inclusión social.

Los diputados de opiniones conservadoras lucharon para que la religión católica fuese considerada como la única vigente y las demás deberían ser sólo "toleradas". Mirabeau exclamó indignado: "Religión predominante" ¡Que esta palabra de tiranía desaparezca de nuestra legislación! A mis ojos la libertad  ilimitada de las religiones es tan sagrada, que  incluso la palabra "tolerancia" suena, en cierto modo, a tiranía."

El pastor protestante Rabaud der Saint Etienne, 1743 – 1793, se adhirió, al parecer, a Mirabau y declaró que la libertad de religión no debía conocer ninguna excepción. "Yo pido  para los protestantes franceses y para los no católicos lo mismo que vosotros pretendéis: Libertad e Igualdad.  Pido esto para aquellos que ya hace 18 siglos van errantes y perseguidos.  Aquellos que si  se  hubieran adaptado a nuestros usos y costumbres, dejando de lado los propios,  se les hubiese concedido la entrada a nuestros medios. No tenemos ningún derecho de echar en cara a este pueblo su falta de civismo, ya  que  no es más que la consecuencia de nuestra propia barbarie, un resultado de la situación humillante a la cual nosotros mismos los hemos condenado injustamente."

El girondista Stanislas Marie Adelaide Conde de Clermont-Tonnerre (1757-1792)   se expresó en una manera ambivalente pero categórica en su famoso discurso en la Asamblea Nacional Francesa (1789): “acordarles todos los derechos a los judíos como individuos,  pero negarles  todo como pueblo”.

         No es sorprendente que el debate se prolongara, pero a1 final, en  septiembre de 1791, e1 lema Libertad, Igualdad y Fraternidad no admitió excepciones y los cuatro grupos de judíos fueron  declarados ciudadanos franceses, íntegramente y sin obligaciones especiales ni privilegios  excepcionales. Contribuyó mucho la Declaración positiva del diputado Duport, La fuga de Varennes, la destrucción del mito de la realeza  y sus consecuencias psico1ógicas, así como la presión de los jacobinos. Los diputados, con su voto, cedieron a una necesidad filosófica, moral y po1ítica, pero no olvidemos que representaron la opinión pública intensamente hostil hacia los judíos. La emancipación nunca  llegó a ser una medida popular, como lo demuestra la historia que siguió.

Desde el principio hubo un punto doloroso en  la emancipación de­clarada por los diputados: fue éste la condonación  de todas las deudas hacia los acreedores judíos no sólo de punto de vista  económico, sino  por estar considerados por sus vecinos como si hubiesen “comprado” la emancipación por derecho legal.

Corresponde  mencionar, que aun quince años después del  histórico día en que un parlamento europeo por primera vez proclamara que los judíos eran ciudadanos  iguales de su país,  en Francia todo quedó en el mismo lugar y siguieron planteándose  lo mismo que en 1789. La emancipación se realizó principalmente en  los países conquistados por los ejércitos revolucionarios. En Holanda, donde los judíos vivían tranquilamente sin reclamar nada, se proclamó la emancipación en 1796. En Italia se apoderó de los judíos un verdadero frenesí al abrir las puertas de los ghettos de Roma, Ancona y Venezia en 1797. Los judíos vieron en Napoleón al Libertador, anunciador del Mesías. Pero cuando Napoleón regresó en 1800, se les  retiraron  los derechos adquiridos. En Alemania la igualdad política llegó a ser un hecho cuando Napoleón empezó a establecer nuevos estados bajo su, propia supervisión, a menudo regidos por miembros de su propia familia. En los otros Estados se proclamó la libertad, pero los sentimientos hostiles contra los judíos aún seguían  vigentes. Baviera, Sajonia y Austria  negaron  toda concesión y conservaron sus ghettos. Había unos individuos privilegiados, pero las exclusiones para los demás fueron totales.

Es  necesario aclarar  la filosofía de esta emancipación. Aunque partieron de los mismos postulados básicos que la Revolución norteamericana, la Asamblea Francesa debió hacer frente a una población judía  más numerosa  que la norteamericana. Como muchos judíos vivían segregados del resto de la población, tanto de punto de vista cultural como económica, la emanci­pación podía avanzar en un ritmo mucho más lento. Incluso el origen de ambas revoluciones, el Iluminismo Frances, se mantuvo en una actitud  algo ambivalente frente  al problema judío. Muchos de los  portavoces  del Iluminismo consideraron que su  tarea consistió  en atacar las instituciones católicas y a todas las religiones establecidas. El judaísmo como religión fue el objeto principal de sus ataques,  pues ambas religiones tenían sus raíces en la Biblia hebrea. En su tentativa de reemplazar el divisionismo de las religiones sectarias por un humanismo cosmopolita que abarcaría a todos por   igual, la mayor parte de los 1íderes del Iluminismo se mostró menos  paciente con los judíos con quienes mantuvieron  sólo escasos contac­tos personales. 

La opinión de Voltaire en su discutido articulo "Juifs” de su Diccionario Filosófico dice: "En suma, encontramos en ellos tan sólo  un pueblo ignorante y bárbaro, en el  que la avaricia más sórdida ha estado unida siempre a la más detes­table superstición y el odio más invencible hacia todos aquellos  que los han tolerado y les han permitido enriquecerse. No obstante, no debiéramos quemarlos.”  Sin embargo, había muchos quienes pensaron que los defectos del pueblo judío no eran más sino el resultado de la opresión y de la persecución.  Una vez suprimidas las limitaciones, cuando podría  participar de los procesos educacionales del nuevo ambiente, se despojarían de las características desagradables y "llegarían a ser miembros de  la Nación”.El judaísmo ha sido considerado durante toda su historia ante­rior como pueblo, incluso para muchos como una nación sin patria,  también como religión. Un pueblo, porque se ha esforzado en mante­ner su tradición y su cultura, su propia legislación y su autonomía interior.

Por lo tanto, esta emancipaci6n intentó liberar a los judíos franceses, no en su calidad de miembros del pueblo judío, sino como parte de la nación francesa, con la esperanza que dentro de poco se asimilaría a la mayoría. Es­ta asimilación estuvo considerada como parte necesaria del proceso emancipatorio, tanto por los liberales franceses como por  parte de los mismos voceros del judaísmo. Muchos de aquellos quienes lucharon por la emancipación consideraron que no están cumpliendo una obligación huma­nista, sino están dando un regalo para los judíos. Un regalo  no merecido, del cual tendrán que ser dignos, transformarse en merecedores de la emancipación y renunciar a su carácter nacional e incorporarse en el ambiente que los rodea. Tendrán que renunciar a su idioma,  costumbres, tradiciones y quizás también de su religión, para aceptar la Nueva Religión de la Razón, la cual reemplazaría todas las tradiciones religiosas existentes en un  abrazo envolvente y absorbente. La vida libre, la que recibiría el individuo  con la emancipación, equivaldría con la    desaparición del pueblo judío  como tal.

            La falta de la aceptación de la emancipación se mostró en las manifestaciones de los principales portavoces de la oposición. El  Abad, más tarde Cardenal,  Haury argüía, con la seguridad y la dignidad de un prelado católico, consideró que los judíos jamás se incorporarían a la nación francesa y que constituirían siempre un estado dentro  del estado, y que solo utilizarían sus nuevas libertades para fortalecer sus instituciones separatistas. Por más derechos que obtuviesen, por más que la sociedad francesa los acogiese en su seno con brazos abiertos, nunca dejarían de ser una minoría  diferenciada, inadapta­ble. Puede ser que esta opinión de un representante de la Iglesia haya tenido relación con el hecho de que la Iglesia culpabilizó a los judíos por la confiscación de sus bienes durante la Revolución.

Otro vocero, el diputado radical Jean Francoise Rewbell o Reubell (1747-1802) atacó violentamente las prácticas comerciales de los judíos y argüía contra la igualdad económica de los mismos. La supresión de las restricciones existen­tes - dijo - sólo favorecía a los usureros y explotadores judíos y les permitiría adquirir más tierras y perjudicar más al campesina­do sufriente. Entretanto, y a pesar de muchas opiniones bastante hostiles y contradictorias, la mayor parte de los judíos aceptó las nuevas circunstancias y el proceso de la integración siguió su curso. Se fortificó el concepto de ser una religión y no un pue­blo,  y aun menos una nación. 

Ahora volvamos una vez más a la historia. Azotada hasta el furor por sus enemigos de dentro y de afuera, la Revolución seguía su marcha con una violencia cada vez mayor. Después de un vano intento de unirse a los enemigos de su país, el Monarca fue depuesto y decapitado; Francia estuvo  en guerra con los gobernantes más poderosos de Europa y los judíos franceses se apresuraron  a ofrecer y dar sus posesiones y sus vidas en defensa de la República naciente. Durante el reinado del terror, algunos judíos fueron incluso victimas de la “atareada” guillotina, pero ni la moderada reacción que siguió a la decapitación de Robespierre en julio de  1974, ni la Constitución del Directorio adoptada en el otoño del año siguiente, pusieron obstáculos a los derechos tan difícilmente conquistados.

         En noviembre de 1799, Napoleón derrocó al gobierno francés,   nacido como Directorio; se eligió en amo de Francia y comenzó su sorprendente carrera hacia la conquista de Europa. 

Ya antes de obtener la corona imperial, Napoleón había evidenciado su interés por el pueblo judío. En el año 1798, combatiendo en Palestina contra los turcos, lanzó una proclama a los judíos de Asia y de África prometiéndoles restaurar el Estado Judío e invitándoles  a cooperar con el ejército francés. Es difícil saber hasta qué punto era seria esta promesa, ya que esta proclama no tuvo ningún efecto práctico.

Como ya hemos anticipado, los judíos todavía no podían gozar de su igualdad sin perturbaciones. El espectáculo de un pueblo de religión distinta  considerado como los parias de Europa durante largos siglos, arrojados ahora de pronto en la corriente de la vida nacional, despertaba recelos en los ánimos de los gobernantes. Además, los enemigos de los judíos no estaban ociosos, sobre todo en Alsacia, donde acusaron sus competidores judíos  de usura y de evadir el servicio militar. Las acusaciones llegaron al conocimiento del mismo Napoleón, ya irritado por el hecho de que los judíos de Alsacia formaron un ente distinto, étnico y cultural, “una nación dentro de la nación”, según su expresión. Por lo tanto consideró derogar la emancipación y dar a los judíos los derechos que corresponden a los extranjeros. Después cambió la idea y decidió aplicar al judaísmo francés, con modificaciones adecuadas, su política general frente al catolicismo y protestantismo franceses. Esa política tendría que  subordinar todas las lealtades a una sola lealtad hacia el Estado Francés y hacia la persona del Emperador gobernante. En un catecismo dirigido a la preparación de  los niños, se les enseñaba que los cristianos debían a su Em­perador, Napoleón l., "amor, respeto, obediencia, fidelidad, servi­cio militar e impuestos", además de "fervientes plegarias por su salud y por la prosperidad espiritual del Estado".

El Emperador hizo redactar otro catecismo para  los judíos, pero se lo presentó en una manera totalmente novedosa. Napoleón, quien en todas sus actividades estuvo mirando de reojo  a la Musa de la Historia, convocó primero una Asamblea de notables judíos y procedió luego a resucitar el antiguo Gran Sanedrín, a cuyo cargo colocó la promulgación de la legislación. La Asamblea de los notables se reunió en julio de 1806, bajo la presidencia de Abraham Furtado, 1756- 1816, de Burdeos, y estaba compuesto  de rabinos y laicos" l10 personas en total. Se requirió de la Asamblea que respondiera a una serie de preguntas determinando y definiendo  la posición del judío emancipado dentro del Estado moderno. El ob­jetivo real  fue expuesto en las primeras palabras del representante  del Emperador en la inauguración de la sesión, quién dijo textual­mente lo: "Su Majestad el Emperador quiere que seáis  franceses".

Lo que Napoleón quiso saber por intermedio de  las res­puestas a  las 12 preguntas presentadas a los participantes de la  Asamblea era, si hay algo en la religión judía que impidiera a los judíos de ser “ciudadanos patriotas, pagar los impuestos y servir  en su ejercito. Las preguntas se refirieron a la po­ligamia, a los matrimonios mixtos, si existen profesiones prohibidas para los judíos, si aceptan los judíos a los franceses como  hermanos, si está permitida la usura hacia los cristianos, etc.  Una vez  que obtuvo  de los notables las respuestas  aparentemente satisfactorias Napoleón resolvió convocar un  Gran Sanhedrín, compuesto por 71 personas, dos tercera parte rabinos  y un tercio de laicos," constituido cuidadosamente de acuerdo a la antigua institución post-bíblica, a fin de conferir sanción y autoridad a las resoluciones. El Sanhedrín, presidido por Rabi David Sinzheim, 1745- 1812,  a quien se dió el titulo tradicional de Nasi, celebró su sesión inaugural el 9  de  febrero de 1807 y puso fin a su gestión un mes más tarde. En realidad, lo cumplido por el Sanedrín no fue mucho. No hizo más que aprobar, como se esperara de él, las resoluciones promulgadas por los Notables, sometiendo así la vida cultural y religiosa al control del Estado. Al término de su trabajo, el Sanedrín remitió una declaración de 9 puntos. Acompaña a la declaración una sincera profesión de patriotismo y fijó  como conclusión la regla de oro de la conducta de los judíos, en esta forma:

"Los franceses que practican la religión de Moisés, deseando hacerse dignos de los beneficios de Su Majestad el Emperador y Rey, tienen la firme intención de someterse a su voluntad fraternal. Su religión les ordena considerar en adelante como ley suprema, civil y pública la  del Estado Francés. En  caso de que sus costumbres religiosas incluyan dispo­siciones civiles que estén en desacuerdo con el código francés, estas disposiciones dejarán de regir.” Para concluir, expresaron su agradecimiento a la Iglesia y al Papa  por la protección prestada a los judíos durante las persecuciones medievales.  De todos modos, el gesto de la convocatoria de este debate impresio­nó profundamente a la opinión pública de la época y se ensalzó al Empe­rador como  aquel quien instauró al judaísmo a un lugar digno entre las religiones del mundo.  Como continuaci6n de las actividades del Sanhedrín, una ordenanza reglament6 el culto judío y colocó las bases legales y administrativas de las comunidades religiosas judías, aclarando el lugar del rabino y de los directores seculares, que ha servido como base para la organización comunitaria en Europa hasta nuestros días.

         Todo eso no trajo consigo la tranquilidad esperada para los judíos  de Francia, pues dentro de muy corto tiempo el mismo Napoleón suspen­dió la emancipación para  diez años e introdujo decretos discriminato­rios contra los judíos (decrèt infame). 

Los histo­riadores judíos en general ven en la declaración del Sanhedrín una cierta señal de servilismo. En desacuerdo con  esta opinión se podría argumentar primero, que los componentes del Sanedrín no renunciaron a ningún principio religioso fundamental, princi­palmente  lo que respecta al matrimonio mixto, y segundo,  todo lo que ellos dijeron, lo dijeron con  convicción. En esos momentos grandiosos de la emancipaci6n, ellos se sintieron y se consideraron a si mismos  franceses. Al  olvidar las persecuciones medievales, expresaron sus agradecimientos a 1a Iglesia que ha  extendido su mano fraternal a  todos los gentiles para buscar la reconciliación. 

El problema fue que los componentes de la Asamblea y del Sanhedrin y junto a ellos, millones de judíos del siglo XIX. y XX. estuvieron buscan­do la reconciliación y   convivencia basada en el mutuo respeto y acep­tación, la integración y  hermandad con los otros pueblos. Lo  buscaron  todavía antes de que el pueblo francés, alemán y los otros pueblos europeos estuvieran preparados espiritualmente para aceptar   y considerarlos como hermanos. Esta equivocación crono1ógica fue una de las razones de las tragedias  del pueblo judío en los últimos siglos. Hay que agregar, que no sólo los pueblos no estuvieron preparados para  aceptar la emancipación  sino tampoco los mismos estados.

A través de la historia las acusaciones que  el judío es infiel a su patria,  es inasimilable,  en vez de apoyar su patria, apoya el capitalismo  o el comunismo internacional, fueron frecuentes. El antisemitismo del siglo XIX  .y XX no juzgaron al judío como ciudadano, al mismo tiempo parte de una entidad religiosa, sino como  extranjero dentro  de su patria, de una raza o grupo étnico diferente.
El objetivo de este ensayo es  rendir homenaje a quienes bregaron con la pluma y el poder de la palabra por la igualdad de los judíos y demás minorías, a agradecer a  los gestores de la Revolución, por la idea y realización de la Emancipación  y  sus  resultados prácticos.
                                               FIN

 

HACIA ATRAS

INICIO