Antecedentes  Históricos

 

La Primera Guerra Mundial (1914 – 1918) que estalló por razones económicas y por el crecimiento del nacionalismo  en casi todos los países de Europa, no favoreció  la situación de los judíos. Ellos  combatieron en los dos campos, es decir entre el “Entente”, es decir los  Aliados (Inglaterra, Francia, Italia, Rusia) y “la Potencias Centrales” (Imperio Austro-Húngaro, Imperio de Alemania, Imperio Otomano, Bulgaria y Rumania) dando prueba  de su ardiente patriotismo sobre todo en el ejército alemán y el francés. En ambos lados, los judíos  pagaron un pesado tributo por la guerra, proporcionalmente más elevado que cualquier otro grupo.
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Las manifestaciones del antisemitismo que afloraron en diversos países de Europa después de la guerra, fueron acrecentando su impulso año tras años.

Si bien el triunfo del comunismo (1917) resultó desastroso para los judíos en Rusia, el hecho de que algunos  judíos por nacimiento, aunque no  practicantes,  figuraron entre los líderes del movimiento  comunista bastó como pretexto para que en otros países se identificara  todo el pueblo judío con el comunismo. Se acusaba a los judíos de haber creado el comunismo y de propagar sus ideas con el fin de socavar y destruir la civilización cristiana y expropiar el capital de los cristianos. El populacho prestó oídos a esos argumentos ridículos que se convirtieron en una de las ideas fundamentales  de Hitler con respecto a la persecución de los judíos fue su sacrificio de proteger y salvar a Europa del peligro del comunismo. Era uno de sus motivos para   justificar la eliminación de los judíos. Muchos le creían. El pacto entre Alemania y Rusia tampoco ayudó para abrir los ojos de los engañados, no sólo de rusos sino de muchos occidentales.

Los inescrupulosos  agitadores  antisemitas no paraban de mentir, utilizando  cualquier medio para conseguir  su objetivo y sembrar el odio destructor. En los años de la post-guerra, es decir entre  las dos guerras mundiales, se difundió en toda Europa, una enorme cantidad de ejemplares en varios idiomas  a través de un absurdo libelo titulado "Los Protocolos de los sabios de Sión”.  Este libro es una calumnia absurda. Describe  un  imaginario complot de los representantes del judaísmo mundial, para lograr el dominio sobre todo el planeta, utilizando como instrumento el sionismo y el comunismo. Aunque se comprobó en forma irrefutable, que los Protocolos eran un infundió, producido y publicado por  el Ministerio del Interior de la Rusia zarista. El público en general siguió creyendo en esta calumnia absurda, Este público mal informado  lo  transformaron en un arma eficaz en manos de los nazis de Alemania. Más adelante lo difundieron  en el mundo entero, traducido a muchos  idiomas.

Alemania,  uno más de los países vencidos en la Primera Guerra Mundial recibió las más  duras condiciones de rendición impuestas por los Tratados de Paz efectuados en Versalles, Francia. Estas eran humillantes y causaron graves problemas económicos y sociales. La situación siguió empeorando, después de un comienzo auspicioso. La Republica de Weimar, establecida después de la guerra, hizo un sincero intento por mejorar la situación, pero sus esfuerzos chocaron con la resistencia de los Aliados y también con la impaciencia de un cierto grupo de la población.

Como resultado de esa política liberal de la Republica de Weimar, surgieron eminentes personalidades de origen judío en las ciencias, quienes reformaron el sistema de las universidades alemanas. Poetas, escritores y críticos de arte judíos aportaron un nuevo brillo a la cultura alemana y universal.  Entre los estadistas judíos se destacó Walther Rathenau, industrial,  poeta y esteta, ministro de reconstrucción entre 1921 -1922 y de relaciones exteriores en 1922.  . El hizo muchos aportes para asegurar la reconstrucción económica de Alemania y por la recuperación de su prestigio en la Liga de las Naciones.

Pero la orgullosa Alemania imperial sufrió una derrota demasiado humillante en la Primera Guerra Mundial  como  en los Tratados de Paz de 1919... El pueblo   empobrecido y  exasperado por la inflación y el enorme  desempleo buscó a un chivo expiatorio, supuesto causante de la situación.

Nada fue más fácil que echarle la culpa de todo a los judíos, aunque ellos hubiesen trabajado mucho para mejorar la situación del país.

Rathenau fue asesinado en 1922 por matones antisemitas y a partir de aquel entonces,  la situación siguió empeorando más rápidamente. Desde su creación  el antisemitismo era uno de  los pilares de  plataforma del Partido Nacional Socialista, uno de cuyos miembros, un oscuro cabo austriaco llamado Schicklgruber quien adoptó el tristemente famoso nombre de Adolf Hitler, ascendió bien pronto en  la conducción de dicha organización.

Después de un abortado intento de apoderarse del poder en Munich en 1923, pasó cerca de un año en la cárcel, donde escribió su tristemente  famoso libro "Mein Kampf  - Mi Lucha".  En 1925 Hitler reorganizó el partido, conduciéndolo durante dos décadas, que habrían de convertir en  pesadilla  para la mayor parte de la humanidad, y muy especialmente para el pueblo judío en casi toda Europa.

El propósito declarado de Hitler  era, desde el inicio de su actividad política,  la realización de un programa en el cual ocupaba un lugar preponderante la aniquilación del judaísmo, programa al que dió cumplimiento en forma premeditada y minuciosa.  

Después  de un breve repunte que parecía llevar  hacia una recuperación económica,  vio la crisis del año 1929.A partir de 1930 la situación en Alemania volvió a  empeorar repentinamente. Las quiebras aumentaron y la desocupación adquirió proporciones desastrosas.  Había seis millones de desocupados en 1933. Esta situación desesperada y el temor a una revolución comunista, llevó a Paul  von Hindenburg, Presidente  de la Republica Alemana desde 1925, y al círculo que lo rodeaba, a adoptar soluciones drásticas. En las elecciones democráticas, realizadas a principios de 1933, el Partido Nacional-Socialista  obtuvo la mayoría. Hindenburg se vio obligado a entregar el poder a este partido y el 30 de enero de 1933, Hitler fue designado como Canciller del Reich.

Apenas hubo asumido el poder el Partido Nacional- Socialista, el régimen parlamentario fue prácticamente abolido y reemplazado por una dictadura total. A fines de ese mismo año, el partido se convirtió en el único representante de la voluntad política del pueblo  alemán y Hitler en su jefe omnipotente (el Führer).

La gran mayoría del pueblo lo apoyaba. Viejos ideales de la superioridad racial, predicados por  filósofos tendenciosos, fueron  resucitados por portavoces   que inculcaron en el pueblo  alemán  que ellos constituirán una nación  de “súper-señores - Herrenvolk”, destinada a dominar a los pueblos restantes, a su modo de ver indignos e incapaces  de ocupar el primer plano en el escenario del mundo. Esta doctrina, acogida con risas en Europa, se apodero de la multitud alemana.

Los opositores tuvieron que emigrar o fueron eliminados. La cruz gamada, la suástica,  que hasta ese nombre había sido el emblema del Partido, se convirtió en el estandarte nacional de Alemania.

Se declaró un boicot contra las tiendas y empresas judías, con la promulgación de un decreto sobre “la profesionalización  de los empleados públicos” (Berufsbeamtentum) se removieron  a miles de judíos de sus trabajos,  desde simple empleados públicos  hasta destacados profesores  universitarios, sin que hubiese una  oposición expresa a ello. 
 
El racismo dejó  de ser una simple doctrina, o un arma de propaganda, y se transformó en un sistema socio-político. En realidad vendría  mejor el termino “religión”. La conversión  de Alemania a la religión  nazi, es decir a una fe en  un Dios indiscernible  de la sangre y de  la sumisión ciega a su  "vicario",  el Führer.

Abrieron el camino a  la incomprensible perversión intelectual y moral en que naufragó   la culta y orgullosa sociedad alemana.

 Según el  programa del partido sólo el “compañero  de nación” -  
(Volksgenosse) puede ser ciudadano. Sólo  aquel que es de “sangre alemana”, independientemente de su fe religiosa, puede ser compatriota. Un judío no puede ser compatriota. Los alemanes vivían en un nuevo mundo mental extraordinariamente manipulado y obsesivo, en el que el dogma de  la pureza de la sangre era el único imperativo categórico según ello la mezcla. de la raza era peor que el asesinato.

Los nazis  no se contentaron en aplicar su política antijudía en Alemania, sino también en los países anexados. Primero, en  Austria y Checoslovaquia, y luego en casi toda Europa, sometida por el ejército alemán. Además, sus agentes en el exterior trabajaban en muchos países, tratando de conquistar  adeptos e introducir en todas partes sus conceptos y métodos referentes a los judíos. Encontraron terreno propicio en muchas esferas donde mas tarde  propusieron  intervenir en la disminución de los derechos de  judíos y de opositores políticos, como también en la divulgación del desprecio de los valores culturales, realizados por judíos.

El 1.de abril  de 1933, Josef  Göbbels fue designado  ministro de propaganda  del Estado, es decir, propagandista del nazismo.

El 13. de abril, las “Burschenschaften” – “Federaciones Estudiantiles” publicaron sus 12 tesis, entre ellas, una que rezaba de esta forma: nuestro más poderoso enemigo es el judío, no tanto como persona sino como representante de un espíritu inaceptable para un alemán corriente, quien no puede pensar si no  en forma judía, aunque escriba en alemán. Entretanto, miente. Por lo tanto, exigimos la introducción de la censura y también que las obras de escritores judíos sean  publicadas sólo en idioma hebreo u yidish en el futuro.

La quema de libros 

Eso  fue  una novedad negativa en la historia alemana. 100 años antes fueron esas mismas asociaciones de  universitarios quienes lucharon contra la censura y pidieron su eliminación. El  día  10 de mayo de ese mismo año gran parte de los universitarios  participó en la preparación  de  hogueras para  la quema de  libros de autores judíos. Con gran entusiasmo y alegría, echaron  en llamas  famosas obras de escritores alemanes de origen judío  y de aquellos que políticamente no le eran gratos al partido y movimiento nazi, como los pacifistas, marxistas  y los que propagaban   las ideas paneuropeas, para mencionar a  algunos.

 Estuvieron convencidos, de haber hecho algo  importante   al servicio de la cultura  alemana y universal.

Entre los libros quemados estuvo  la Biblia.
                                                                                                                                                         
El orientalista Paúl de Lagarde surgió como profeta de la nueva religión de los alemanes. En su publicación “Die Religión der Zukunft” - “La religión  del futuro”, editado en 1878, desarrolló sus ideas  referentes a los aspectos  de la vida espiritual  y moral.  Expresó  su opinión  según la cual los judíos  son  culpables por  la debilidad que  causó la religión  cristiana en la vida  nacional de  Alemania.

El compositor Richard Wagner publicó un folleto ¨Das Judentum in der Musik¨ - “El  judaísmo en la música” donde atacó la influencia  judía en la música germana (Meyerbeer, Mendelssohn y Offenbach). Presentó a los judíos como extranjeros,  sembrando discordia. Además, con su moral, destruyen la verdadera libertad y por intermedio de las enseñanzas acerca del Dios judío, transmitidas al cristianismo, esclavizan a toda Europa. Insistió en la liberación de los instintos naturales, restringidos por la ética  judeo-cristiana, y en la entronización de los dioses teutones, griegos y de otras religiones paganas. El rol indirecto  que le cupo a  Wagner fue su llamado a la exclusión de los judíos de la cultura alemana  de tal forma que ella se  transformara  en una expresión de los componentes verdaderos de la llamada raza  aria.

Según la teoría racista,  la denominación “aria” se refería a algunas tribus de los Himalayas, de la raza  caucásica. Según el escritor  francés Ernest Renán, los semitas son superficiales y los arios rabiosos y violentos. Esta diferenciación, que carece  de toda base  científica, sirvió a los nazis, para decir cualquier cosa, por supuesto sólo en sentido negativo acerca de los judíos.

Mientras los libros se transformaron en cenizas, los jóvenes, acompañados por sus profesores y  miembros del partido, protegidos por tropas de asalto, se  reunieron alrededor de las hogueras.

Esta no fue  la primera quema de libros judíos en Alemania ni en Europa. A principios del siglo XVI, el teólogo católico Johannes Pfefferkon (1469-1523) apoyado por los dominicos de Colonia, promovió una campaña en pro de la quema de  libros de autores judíos, incluyendo obras religiosas como el Talmud. Las universidades de Mainz, Köln, Erfurt  y  Heidelberg apoyaron la campaña. El gran humanista alemán de la época, Johann Reuchlin (1455-1522) asumió la defensa de los libros judíos. El Concilio de Letrán (1516) condenó a Reuchlin por herejía. Más tarde, Lutero sugirió  la confiscación e incineración de  libros judíos.

Con respecto  a esas quemas escribió Heine: Donde se queman libros, pronto quemaran también a sus autores.

 Fue eso lo que paso en Alemania. Se salvaron  aquellas personas quienes pudieron refugiarse, y no sólo desde Alemania sino también de otros países de Europa.

En el curso de la historia, la quema de libros fue utilizada para eliminar los opositores espirituales de la ideología del gobierno de aquel momento.

¿Cuáles fueron los escritores judíos alemanes agitadores?

Muchos enemigos  destacaron el rol de los escritores de  origen judío en la  historia de la literatura alemana por su carácter especial. Es  verdad que no siempre con intención adversa. Pero como lo señaló Sartre:  El judío está  en la situación de los judíos, mientras vive en una sociedad que los mira y considera como tal.

En Alemania y en Austria era frecuente esta situación de desmedro, no tanto legal sino más bien social. Por lo tanto, pudo existir diferencia entre los escritores judíos  y los que no lo   eran. Naturalmente, esto no los determinó  a una  evaluación  positiva  o negativa. Fueron los   investigadores de la literatura que los evaluaron y lo hicieron desde una perspectiva  subjetiva que estaba definida por  la antipatía o cercanía  que mantenían con el judaísmo  y los  judíos. Si esta era de  hostilidad, les era  fácil considerarlos como perturbadores del orden público, o  provocadores.

El 1. de septiembre de 1772, la revista ¨Frankfurter Gelehrte Anzeigen”  informó sobre un libro titulado ¨Versos de un judío polaco”,  el cual fue presentado por un joven  crítico y practicante de 23 años de la Cancillería del Reich,  Johann Wolfgang von Goethe y del  cual se llevó una “impresión muy positiva”, asegurando más tarde que lo influenció enormemente .

En el libro encontró - dice el crítico - un espíritu ardiente, el corazón sensible de un hombre, que creció hasta la edad de su independencia, bajo un áspero cielo extranjero  aunque vivía en nuestro país.  ¿Que percepciones lo incitaron, que observaciones hará, para quien todo es nuevo; cuantas cosas  llamaron la atención que por estar acostumbrado a ello, perdieron sus efectos? ¿Los sacará de su indiferencia acomodada, los hará  conocedores y apreciadores de sus propias riquezas y fallas, señalándoles su buen uso?

Los  poemas de este judío polaco, escritos en alemán, decepcionaron mucho al joven Goethe. Y reprocha a Isachar Bar Falkensohn, que era su verdadero nombre - quien vivió de 1746 a 1817- por “la  mediocridad aborrecida de  dioses y  hombres experimentada en la libertad que viven los demás, y disgusta que en un poema  llame la atención  a su carácter de ser un judío",  aunque esto "no produce más efecto en Goethe que cualquier estudiante cristiano”.

¿Podía   Goethe tener un juicio desfavorable acerca de los judíos? No los conocía de cerca. Sin embargo, es notable y digno de nuestra atención el hecho extraordinario que haya considerado a la persona  misma como poeta  judío. Goethe lo hizo ante todo, y una vez más con razón, como un representante de un grupo minoritario. Reconoce la premisa en la situación que se encuentra el autor y le otorga una perspectiva especial, aparentemente positiva.

En este judío polaco, cuyos versos criticó sin perdón y con ironía, vio Goethe de manera comprensible, a un recién llegado, a un extranjero diferente. Los escritores de descendencia judía no siempre fueron considerados  en Alemania  y Austria como extranjeros por los no judíos. Sin embargo,  existió una cierta distancia, de la cual  los mismos judíos  muchas veces no quisieron darse cuenta.

¿Por qué perduró esta distancia aunque algo más tenue, a pesar del esfuerzo de algunos judíos por eliminarla? Esto tiene que ver con la situación y la mentalidad de los judíos.
 
El pertenecer a un grupo de minoría acosado y perseguido aumenta la magnitud de varios rasgos característicos de la persona involucrada, y esto impacta en su forma psíquica, lo que es válido  para los  judíos.  Sin embargo, en este caso, debido a su tradición intelectual y ética, sus vivencias durante siglos en un ambiente aislado en varias partes del continente europeo, produjeron consecuencias especialmente marcadas sobre su forma de enfrentar la realidad..

Del poeta Heinrich   Heine tiene su origen el refrán:  “Los judíos, si buenos, son mejores que los cristianos; si malos, son peores”.  Esta frase puede ser una generalización muy discutible en la cual Heine tenía en su mente. La  intensidad de vivir y actuar de los judíos, en su radicalidad desconcertante, en su inclinación, a veces admirada y muchas veces reprobada hacia el extremismo. Para ellos no pareciera existir el color gris, sino sólo  blanco o  negro.

Además  rasgos característicos  se manifestaron en primer plano en lo intelectual, estético  y práctico.  Probablemente, a eso se refirió Heine, y sólo en el plano intelectual y no  práctico.

Todos estos aspectos los hacían o  muy atractivos o muy envidiables, y por otro lado, sospechosos. Les fue en  alguna ocasión de apoyo, pero también les causaron un sinnúmero de sufrimientos y rechazos. Se reconoce esta intensidad extraordinaria, que esconde siempre su anhelo hacia los límites, por lo cual la humanidad les debe mucho en  la generación de ideas progresistas y humanitarias.  Pero,  aquellos que trataron de luchar contra su peculiaridad, en la mayoría  de los casos fueron castigados por las sociedades  en que vivían.

Algunos judíos trataron de realizar lo que mencionó Goethe en 1772. A los outsiders les resultó muchas veces ver lo conocido y acostumbrado por los demás de una manera distinta. Al estar fuera  y también dentro de un mundo, lo analizaba con familiaridad e intimidad y a la vez con una distancia escéptica. De este modo desde la  periferia, pudieron  reconocer e interpretar lo central con una nitidez especial.

Una parte considerable de la literatura mundial vive  la tensión entre lo cercano y lo lejano. Pero sólo los escritores judíos han tenido la oportunidad de experimentar la rica veta artística; encontraron patria, pero fueron rechazados, o por lo menos considerados como distintos. Por esta razón,  aprendieron a ver las distintas perspectivas con criterios ambivalentes.

La esperanza de Goethe era, que el judío polaco lograría sacar, con sus poemas a los lectores de su  “indiferencia e insensibilidad acomodadas”,  mostrándoles que las “centenas de cosas que les parecen ahora tan buenas, más tarde les serán insoportables, pues no alcanzaran  el nuevo ritmo de la vida”.

Consideraba bienvenido a un perturbador del orden público, o a  un  provocador. Era el papel y tarea de presencia para los judíos en la literatura y  la vida literaria del mundo de habla alemana. Es verdad que ejercieron una influencia relativista,  irritante y  provocadora, que  les trajo muchos admiradores, pero aun más enemigos.

El  judío - escribió Thomas  Mann en 1937 - forma con  “sus  experiencias dolorosas su sensibilidad……..y  su intelecto irónico una corrección misteriosa a nuestras pasiones”. En efecto, por este carácter se consideró a los judíos como un fermento, un elemento irritante y provocador, con la intención de una “corrección secreta” que, aunque muy necesaria, nada querida y menos deseada.

Algunos judíos tomaron este papel en la época y vida de Goethe. Pienso en Ludwig Börne y Heinrich Heine. Ambos oriundos del ghetto, y con la esperanza de que mediante el certificado de la conversión al cristianismo, podrían conseguir  "la entrada en la cultura europea”.

Para ambos es válida la confesión de Heine: “…yo no hago disimulo alguno del judaísmo al cual no regresé, por que  nunca lo abandoné”.  Los dos alcanzaron una fama extraordinaria en la vida espiritual  alemana. Sin embargo, los dos eran odiados, impugnados, relegados y  los dos murieron en el exilio.

Ambos ofrecieron a la literatura  alemana de su época encanto y ligereza, donaire y espiritualidad, lo que contribuyó a que ella se pudiera  incorporar  al mundo de las grandes ciudades burguesas de Europa.

La poesía de Heine revela el compromiso crítico de su época, igual fue el periodismo literario de ambos. Una  prosa alemana amplia, sin el signo de provincialismo, sin ser ajeno al mundo, es lo que se les debe. Contribuyeron, además, dando a conocer las posibilidades de la prensa moderna, usándolas con maestrías. Fueron, hasta su muerte, periodistas apasionados.

Probablemente  ambos, Börne y Heine, querían ser condenados como patriotas  alemanes, y aquellos  alemanes  que así los consideraron, sin duda fueron personas respetadas. Aún así, Alemania estaba más dispuesta a admirarlos, que a integrarlos. A pesar de los homenajes recibidos fueron rechazados, hasta  sentirse apátridas. Sufrieron por su amor no correspondido por  la patria.

Afortunadamente, el dolor de la desilusión, el luto por el anhelo no realizado no enturbió su mirada hacia la realidad alemana, que intentaron corregir. En 1831, Heine declaró en sus “poesías nuevas” con palabras tajantes: “Una vez tuve una patria linda; el roble creció muy alto, las violetas lo saludaban con suavidad; pero sólo fue un sueño.”

Por su origen y como consecuencia de su situación específica, Börne y Heine notaron, ante todo, el paradigma típico de su época: la falta de libertad cívica y el atraso general. “Me siento  enfermo  por mi patria; ella tendría que ser libre, y yo sano.” - escribió  Börne, que era lógicamente un diagnostico bastante ligero. Se lo encuentra en la revista “Menzel el devorador de los franceses”, que se publicó  1837, el año  de  su   muerte.

Ambos son considerados por sus seguidores, como ejemplos en la literatura alemana, cuando ellos, los solitarios y ex patriados pensaron encontrar en los movimientos políticos radicales de su época, un nuevo  tipo de patria.

                            “Abordé un nuevo barco
                     Con nuevos compañeros

proclamó Heine en 1843. Pero, después de este anuncio bastante eufórico siguieron en el verso  titulado “Viaje de la Vida” (Lebensfahrt)”,   palabras sobrias  muy acentuadas.  De todos modos, esta alegría, si es que la era, duró muy poco.  También aquel  barco con los nuevos compañeros resultó ser como  “La linda patria”,  un sueño. Pero como ni    Börne ni Heine  pudieron y tampoco  quisieron vivir en ilusiones cómodas, tuvieron que sufrir  siempre más  por ser solitarios y aislados, careciendo de patria, o mejor dicho  por no pertenecer a ningún lado. Heine  escribió: “En  el día de mi muerte no cantarán misa, y tampoco dirán  el ´Kadish -   oración  fúnebre entre los judíos. No dirán y no cantarán nada”.

En su “Romancero” escrito a finales de su vida, reconoce que sus convicciones    y creencia religiosas están libres de “todo clericlarismo  y ritualismo”, - “ninguna campana me despidió, ninguna vela ardió en el altar,” por supuesto, con estos famosos versos ha expresado mucho más, que su adhesión aconfesional.

Así, Börne y Heine fueron figuras excepcionales y además, ejemplares. Estaban ubicados en la periferia y al mismo tiempo en el centro. Debían quedarse  al margen de la literatura alemana  de su época. Pero al mismo tiempo, se transformaron en sus representantes típicos. Es válido tan sólo para Heine  y Börne. Al fin, ambos nacieron en el siglo XVIII y vivieron en una época cuando apenas comenzaba la emancipación de los judíos. ¿Acaso no había otros judíos importantes en la literatura alemana como outseiders,  figuras centrales y representativas de ésta?

Los exitosos escritores de origen judío, reconocidos pronto a consecuencia de sus éxitos  en sus actividades  literarias, esperaban alcanzar con razón  los plenos derechos civiles sociales. La  reacción de su medio ambiente no judío ejerció una fuerte influencia, aunque esta no fuese advertida en todo.

Aquí se pueden notar dos tendencias. Por un lado, el judío que quería ejercer sus actividades en la literatura alemana, tenía la necesidad de convertirse,  antes o después de sus éxitos, al cristianismo. No sólo Heine  y Börne decidieron seguir este camino, sino algunos otros  en el siglo  XIX  y XX.  Por otro lado, el ambiente no judío consideró a estos escritores  asimilados a la cultura cristiana en  un grado más o menos importante, bautizados o no, como representantes de la minoría judía  cuyos rasgos característicos  y cualidades especificas, buenas o malas, eran automática  y  enfáticamente  buscadas y resaltadas por sus críticos en  sus obras. 

Esto causó en muchos de los afectados una relación muy exasperada  con su entornó, probablemente exagerada y también obstinada. Es bien comprensible. Algunos  trataron de ignorar esta relación con el medio ambiente, la que no tenía que surgir forzosamente por mala voluntad o porque si bien  trataban de integrarse plenamente y nadie  lo logró totalmente pues todos, al pertenecer a una minoría  discriminada durante muchos siglos, estaban  cargados de traumas  y complejos.

 "En los años de juventud de cada judío alemán, existió un momento muy penoso, que se recuerda toda la vida: cuando se dio cuenta por primera vez, que ha nacido como ciudadano de segunda categoría, y que ninguna habilidad o mérito podían liberarlo de esta situación.” Y aunque aquel judío alemán, que escribió estas palabras, de ninguna manera fue un ciudadano de  segunda categoría ya que  se trata de Walther Rathenau.   Su juicio  me parece muy instructivo: acentúa sin rodeos  la predisposición síquica, que se encontraba en gran parte de la literatura alemana escrita por judíos el querer  ser reconocidos  como  ciudadanos plenos y merecedores del reconocimiento por el simple hecho de sus méritos.

De eso habla también Arthur Schnitzler en su biografía “Juventud en Viena". Explica  ademas porque se refiere tanto en su libro a la problemática judía. “No era posible, especialmente para un judío que desempeñó un papel en la vida pública, no darse cuenta que  es judío: uno tenia la opción de ser considerado como insensible, impertinente,  sensible, tímido y desesperado por sentirse perseguido. Y aunque uno escondiera  su condición interior y exterior de tal manera de no mostrar  ni lo uno ni lo otro “Era  imposible que un hombre  pudiera  permanecer  indiferente cuando, aunque  anestesiara  su piel, mirara  con ojos despiertos  y lo cortaran  con un cuchillo hasta hacerlo sangrar.”

Esta  descripción pertenece a una autobiografía muy característica y fue destinada  a una edición póstuma. Se refiere  a las condiciones que regían antes de la Primera Guerra Mundial. Pero seria tratarlo a la ligera, si se considera que se refiere  solo a los años después de la Primera Guerra Mundial. Fue ese el caso también a los años posteriores a ella.

El origen judío a principios del siglo XX, era un lastre. Algunos se querían librar de este  hecho; otros lo llevaron con resignación, aunque a veces trataron  de presentarlo como un estandarte. Casi todos sufrieron por ello, lo debatieron no estuvieron muy contentos y lo manifestaron - como en el caso de  Schnitzler - frecuentemente y claramente en sus diarios, recuerdos o anotaciones  autobiográficos, más que en sus novelas, dramas, historias o artículos.

  “Mientras algunos exteriorizaban la armonía  judeo-alemana, otros estaban dolidos internamente por esta herencia en que se habían formado. Hubo quienes quisieron  separarse de sus raíces, pero no dejaron foráneos los tocasen por eso. Cuando alguien no fue herido  por su doble  descendencia, intentó guardar  tanto su carácter judío como su carácter de alemán, como un malestar sacrosanto, aunque a veces difamado, calumniado, a veces acariciado  y respetado."  Esto lo dijo el escritor y critico austriaco  Heinz Politzer  sobre Heine, pero se refiere, igualmente a Maximilian Harden, Ernst Toller, Kurt Tucholsky, Alfred Döblin, Karl Kraus, Hermann Broch, y a muchos otros.

No pocos  de estos escritores se distanciaron del judaísmo y por ende llegaron a la conclusión que, al fin, eso no los ayudaba a realizarse mejor, porque el resultado no dependía de  su decisión.

En una carta de Kurt Tucholsky se lee lo siguiente: “A mí nunca me preocupó  mucho la cuestión del judaísmo. Ustedes pueden ver en mis escritos, que muy pocas veces toco este complejo… Si la gente quiere apuntarme como judío, generalmente no me alcanzan. Mi ritmo cardiaco no se acelera. Si me gritan judío de mierda; esto está lejos de mí. No digo que yo tengo razón,  no escondo este sentimiento, ni una sola vez. Digo, eso si, públicamente, que a mi no  me importa este problema.”  Sin embargo, en la carta que escribió  a Arnold Zweig en 1935  desde su exilio en Suecia, confeso Tucholsky pocos días antes de suicidarse: “yo salí del judaísmo  en el año 1911 y me di cuenta que no fue  posible.

Independientemente si estos escritores querían o no abandonar  el judaísmo, su origen, su situación y su papel dentro de la sociedad no judía, dejaron una estampa en su carácter  y naturalmente también en sus obras. El judaísmo, o más exactamente  su situación como condición de estar fuera, y su actitud defensiva propulsaron a Franz Kafka hacia la soledad y al autocompadecimiento; a Josef Roth y a Ernest Toller a la melancolía y al entusiasmo político: a Karl Sternheim, Alfred Kerr y Kurt Tucholsky a la agresividad y provocación,  a Else Lasker-Schüler y a pesar de toda apariencia y orgullo también a Anna Seghers, al misticismo y éxtasis.”

El radicalismo de Karl  Kraus, su carácter  inflexible para criticar su época, tan apasionado y muchas veces lleno de odio, y su fanatismo por la justicia pueden explicarse como oriundos de la tradición y del resentimiento judíos. Su fidelidad  a la palabra dicha tiene sus raíces,  sea consiente o no,  en el mundo del Antiguo  Testamento y ante todo, en el Talmud. Karl Kraus luchó contra esta influencia para tranquilizarse.  Sin embargo, sólo como tal y sin negar sus raíces, pudo crecer y llegar a ser un escritor sumamente productivo.

Su participación  en la vida literaria

La participación de los judíos en la vida literaria de Austria  fue enorme. “El  90% de aquello que el mundo celebró como la cultura de Viena  del siglo XIX fue una cultura promovida, alimentada y aún realizada por el judaísmo  vienes”  - escribió Stefan Zweig en su autobiografía. Hilde Spiel  en sus comentarios sobre el grupo de poetas  “Jung Wien - Viena  joven", al cual le debió la literatura austriaca de fines del siglo pasado su rango europeo, desistió por razones obvias, referirse al origen judío de sus componentes. Lo hizo al revés. Dijo: este grupo de famosos tenia sólo un miembro  que no era de origen judío: Hermann Bahr. Al mismo tiempo, se acuerda que los grandes escritores y compositores austriacos de la generación anterior  - como Grillparzer y Johann Strauss  -  también tenían antepasados judíos.

Si se trata en este contexto de una combinación feliz, irrepetible, no se puede olvidar lo que dijo Stefan Zweig. El judaísmo vienés no fue productivo  “de una manera específicamente  judía, si casi por  milagro  ofreció excelente resultado de la simbiosis  afortunada de una compenetración de lo  austriaco vienés y  judío. No es casual, que el berlinés haya encontrado  su reflejo fuerte y evidente en la prosa de los judíos - en las novelas de Georg Hermann, en los folletines de Kurt Tucholsky y, sobre todo, en la obra maestra de  Alfred Döblin, titulado “Berlín Alexanderplatz”.

Lo que escribieron, es sorprendente. “Quien ha sido condenado a muerte, queda  siempre marcado. Quien fue casualmente perdonado, mientras mataban a los suyos, no consiguen la paz consigo mismo. Quien ha sido expulsado, no sólo será exiliado sino mas bien un refugiado.”

Es muy natural: quien tuvo que sufrir atrocidades, trata siempre de explorarlas. Y quien  perdió su patria, se siente arrinconado  en la zona fronteriza, de una manera u otra. Se esfuerza por indagar en todos lados, usa todas las fuentes.

Precisa hacerlo, pues esta obstinado por conocer mejor las preferencias de  la vida. Mientras más tiempo demora esta búsqueda, tanto más posibilidad existe para que esta  se convierta en una pasión, en una manía. Quien  llega  a este estado, corre poseído de sus locuras. El incesante  esfuerzo por traer noticias del exterior, en algunos casos se parece a una competencia literaria poseída de locura.

Hubo, incluso entre los pocos sobrevivientes y refugiados, una generación  de escritores judeo-alemanes quienes, como lo valoró Goethe en su época, quisieron “sacar a sus lectores de su indiferencia acomodada”.  Estos “agitadores”  del orden público, en la búsqueda de una patria prometida, estos outsiders, a los cuales pertenecen  algunos autores de origen judío, como por ejemplo Paul Celan, Ilse Aichner o Wolf Biermann y Günter Kunert  - sobrevivieron  esos años en el   “Tercer  Reich”  Y realmente dos  o tres de estos poetas  inquietantes  llegaron a ser figuras centrales y representativas de la literatura alemana contemporánea. Pero no nos equivoquemos: estamos frente a la última, la absolutamente última generación de judíos que escriben en alemán.

Lion Feuchtwanger, también escritor, en cuyas obras hay muchos temas y motivos judíos. En 1922, en la cumbre de su fama declaro públicamente: “Mí cerebro piensa en forma cosmopolita, pero mi corazón late a lo judío”  Feuchtwanger escribió: “Profundice muchas veces, con mucho esmero, en obras de autores alemanes de origen judío, para encontrar alguna señal idiomática, que se refiera a su origen. A pesar de mis estudios asiduos, no me resulto descubrir una señal de esta índole en las obras de grandes poetas de este origen desde Mendelssohn hasta  Schnitzler y Wassermann, desde Heine hasta Arnold y Stefan Zweig.

Se sabe que algunas de estas obras han sido llevadas a cabo en condiciones sociales e históricos  completamente distintas, en los países de Europa Occidental y en América del Norte. Aquí los judíos consiguieron su igualdad de derechos, por los esfuerzos generales de la burguesía revolucionaria. Pero, en Europa no fue así. La emancipación  judía tuvo un carácter prácticamente de dispensa en las autoridades, siendo un acto administrativo, en que la población no participó, y no lo aceptó  especialmente  en  la  práctica. Reconocidos sólo formalmente  y  discriminados, muchos judíos se esforzaron  para lograr el reconocimiento y alcanzar, a la fuerza, la verdadera emancipación.

Un político contemporáneo, no antisemita, dijo que Hitler  ordenó colocar a los judíos en ghettos y ellos, aunque libres por su propia voluntad, crearon un círculo literario cerrado. ¿Tiene razón este político? Tal vez si, pero no dice la causa.

Los escritores judíos tuvieron un ejemplo en la primera figura femenina judía de la literatura alemana: Rahel Levín, más conocida por su apellido de casada, Rahel Varnhagen von Ense,   que en su juventud apenas dominó el idioma alemán.  Sin embargo, triunfó en Berlín. Su  salón literario era entre los años 1790  - 1806 el centro de la vida espiritual y literaria en Berlín.   Las más altas personalidades  de la cultura  alemana, entre ellas los hermanos von Humboldt estaban felices, si recibían invitación para participar en las tertulias. Rahel fue alabada, homenajeada, admirada por las autoridades, por los miembros de la aristocracia, pero nunca aceptada. Pudo vivir en Berlín  como una persona tolerada, pero jamás ciudadana. Siempre sólo como una judía.

La perseverancia de la lucha, llevada a cabo por Rahel  Varnhagen, Börne y Heine, puede explicarse sólo por motivos de segundo plano. Ellos vivieron en su origen judío y  en la situación condicionada por este hecho, un paradigma típico de esa época, la falta de libertades civiles y el atraso general de la democracia para toda la población. Ligaron sus esperanzas a los grandes cambios sociales y políticos, que favorecerían a todos y así deberían resolver también el problema  de los judíos.      

Börne explicó, que “su pugna política y social formaría parte de la vocación por el hecho de que el tenía la suerte no merecida de ser  al mismo tiempo un alemán y un judío”. Debía  luchar por todas las virtudes de los alemanes, sin compartir ninguna de sus fallas. Si, por haber nacido como un siervo, quiero más la libertad.   Porque yo conocí la esclavitud, entiendo mejor la importancia de la libertad. Si, pues no he nacido en ninguna patria, anhelo más una patria y,  porque mi lugar de nacimiento no era más grande que la calle judía  y detrás de los portones cerrados empezó para mí el exterior. La ciudad tampoco es suficiente para mí como patria, ni una provincia. A mi me satisface solamente toda la patria, hasta donde se extienda su idioma”. Siempre ha existido el viejo círculo vicioso. Persiguieron a los judíos, porque eran distintos. Y ellos son distintos, porque fueron perseguidos. Era casi imposible destacarse  y hacer diferencias entre las causas y los efectos. Por eso que la decepción y  desilusión  de los afectados fueron todavía más dolorosas.

¿Como se puede explicar, que  justamente la relación Judeo-alemana fue la que alcanzó logros tan extraordinarios?

Desde hace  un siglo y medio, judíos y alemanes reflexionan  sobre esta pregunta, sin poder contestarla. Algunos buscan la explicación en la inclinación común de  alemanes y  judíos de   persuadir a los demás a  pensar.

Ya en el siglo pasado llamó la atención de los interesados  las consecuencias de esta mezcla peculiar de diferencias y similitudes. Lo alemán era muy atractivo para los judíos, y viceversa, como complemento y corrección, muy útiles. Tal vez el joven Walter Benjamín reconoció las razones cruciales de este fenómeno desconcertante, cuando escribió  en 1917: “alemanes y judíos están frente a frente en forma igual a los extremos conocidos. Y  tal vez no sea tan equivocado lo que apuntó Franz Kafka con una opinión casual: “judíos y alemanes  tienen mucho en común. Son  ambiciosos, hábiles, laboriosos, y profundamente odiados por los demás. Judíos y alemanes son parias.”

Podría ser que la relación mutua de  alemanes y  judíos fuera explicada por su profundo descontento consigo mismo, por su pena y su propio ser, por  el auto odio común a alemanes y judíos.

Juda Löw  Baruch, quien se llamó más tarde Ludwig Börne, era un patriota pero sin patria; un tribuno del pueblo, sin pueblo; un político pero sin cargo. También fue escritor sin obras. En el anuncio de la edición de los 14 tomos de su antología, dijo con todo derecho aunque no sin coquetería: “Yo no escribí ninguna obra,  tan sólo hice un ensayo con mi pluma sobre uno u otro papel; ahora se recolectaron las hojas, las pusieron la una encima de la otra, y también el encuadernador tiene que transformarla  en libros.”

En realidad, Börne escribió folletines, estudios, ensayos, criticas, sátiras, reportajes, glosas y aforismos, que son parte de una sola obra única, admirablemente homogénea. Son fragmentos de un gran rebelión, necesaria y anhelada por muchos.

Hubo otros escritores de origen judío que han sido diferentes, quienes  fueron juzgados o tildados de  estorbadores y provocadores, que han sido diferentes. Su origen y su situación en la sociedad alemana trajo consigo que fueran más sensibles por la falta de libertad y  democracia en su época. Es una lastima que este hecho   y su sano patriotismo hayan sido mal entendidos. En vez de elogiarlos, nuestra tarea es ratificar sus buenas intenciones.

Existió un tema - dice Heine - "que uno apenas tocara, llamaría a la escena los pensamientos más feroces y más dolorosos que se guardaron en el alma de Börne;  este tema era Alemania  y la situación política del pueblo alemán. Sí, el estaba enamorado de Alemania y  su cultura.  Ninguno de los emigrantes sufrió tanto en  Paris  en esos años treinta del siglo XIX, como Börne. "El exilio - dice el - es una cosa terrible. Si llegara una vez al cielo, seguramente iba a sentirme infeliz también allí, rodeado de ángeles, quienes cantan tan bonito... Que pena, ellos no hablan en alemán.”  Y si se me acercara  Dios y me dijera: “Quisiera transformarte en un  francés, Börne le contestaría: “Muchas gracias, señor Dios. Yo quisiera seguir siendo  alemán  con todas  sus  deficiencias  y deformidades”¨

Este amor por Alemania nunca impidió a Börne  decirles a sus compatriotas las verdades más crueles. Escribió así  “Los alemanes  tan orgullosos,  arrogantes,  autoritarios, miran a los judíos con tantos menosprecio desde arriba para abajo, y no tienen  y ni quieren tener una patria. No tienen ni quieren tener  libertad. Los turcos, los españoles  y los judíos están mucho más cerca de la libertad que los alemanes. Pues, ellos son esclavos. Una vez lograrán romper sus cadenas, y entonces serán libres. El alemán es como un sirviente, puede ser libre, pero no quiere.

Börne no titubeó expresar, que a los alemanes se les tendría que gritar día  y noche: “Ustedes todavía no son aptos para ser considerados como una nación.

Naturalmente, tuvo que escuchar pronto  lo que era de espera. Le recordaron públicamente que era un judío.

También Heine era un “provocador”¨  y  “perturbador”  del orden público. Encontró las llagas más dolorosas de sus contemporáneos, sin haberlas buscado, pues éstas también le afectaban a él. Le interesó muy poco las explicaciones que ofrecían los demás de  los problemas existentes. Le gustaban las discusiones y los juicios llevados  hasta los extremos  y así, muchas veces impugnables. Nunca se aseguró a si mismo; medidas de precaución  eran difícilmente compatibles con su temperamento. Luchaba de  verdad, con toda franqueza. Se podría decir de él: fue al exilio, para no tener que defenderse.

Después de la revolución de 1827, Börne  y Heine fueron los dirigentes del movimiento  de “Alemania Joven - Das Junge Deutschland”, y “fueron  luchadores por la libertad  - Freiheitskämpfer”.

Heine luchó durante toda su vida por las reformas sociales. En este contexto, aunque el aprobó los propósitos de Marx o Engels, siempre estuvo en contra de sus métodos. Era, sin duda, alguna  un adversario de la revolución violenta. Su verdadero elemento era la ambivalencia.  Un genio, que odiaba  y amaba  al mismo tiempo a  alemanes y  judíos.

Para  Heine significaba un gran placer, decirles a todos la verdad tanto a judíos, antisemitas, alemanes, enemigos de  alemanes, nobles, burgueses,   católicos y protestantes, a los perseguidores y perseguidos, a poetas del  romanticismo  tardío y  a  representantes de la Alemania Joven.

Heine no estaba al servicio de ningún príncipe,  gobierno o  partido, ni a ninguna iglesia o  diario; no tenía  amo ni mandante. Aunque fue autor político  y critico de su tiempo, era responsable sólo  y únicamente de si mismo.

Seguramente hubo escritores libres ya antes de su época. Sin embargo, Heine fue el primero, que entendió la existencia del escritor libre como un servicio y como una institución. Y esta institución  ganó en la vida pública alemana, valor y respeto.

Quería ser un alemán. Pero luego se dio cuenta que no se lo permitirían. El estudiante Heine, de tan solo 24 años de edad, expresó en el pequeño trabajo "La romántica",  que la palabra alemana es como "nuestro  bien sagrado",  pues existía  " una patria sólo para aquellos, quienes por estupidez y  falsedad,  la niegan para nosotros.”
 
Nada de lo alemán era ajeno al judío Heine. Pero Alemania no lo necesitó, aunque se convirtiese en un autor alemán. El único que poseyó Alemania entre Goethe y Thomas  Mann.

Quien escribe hoy sobre Heine, lo hace en pro o en   contra. No lo dejan entrar en el olvido como un gran muerto del pasado. El dialogo no ha terminado. Así Heine – tal como Karl  Marx  o  Richard Wagner – tiene una profunda influencia en el siglo XX.

Pero el hecho de que su obra tenga todavía un efecto inquietante, no habla en su contra. Al contrario significa que sigue siendo lo que era: provocador e impertinente, pero siempre con objetivos positivos.

Mencionemos que entre los escritores judeo-alemanes  hubo varios galardonados por el Premio Nobel. Los escritores no fueron el  peligro, sino lo fue el espíritu liberal, demócrata y progresista que divulgaron. Eso fue lo que  no aceptaron ciertos grupos de la población. 

¿Hubo alguna razón especial para que ello llevara a eliminar libros?  

Lista no completa de escritores, cuyas obras han sido quemadas:

    • Berthold  Auerbach
    • Vicky Baum
    • Ludwig Börne
    • Simon Dubnow
    • Lion Feuchtwanger
    • Erich  Fried
    • Sigmund  Freud
    • Heinrich Grätz
    • Heinrich  Heine
    • Richard Katz
    • Alfred Kerr
    • Egon Erwin Kisch
    • Arthur Köstler
    • Herbert Marcuse
    • Moses Mendelssohn
    • Ernst Toller
    • Manes  Sperber
    • Erich Mühsam
    • Friedrich Torberg
    • Kurt Tucholsky
    • Jakob Wassermann
    • Peter Weiss
    • Franz Werfel
    • Stefan Zweig

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