RECONCILIACIÓN Y PERDÓN

 

Foro interreligioso en la Universidad Blas Cañas,

a los 50 años del asesinato de Gandhi:

No violencia y Derechos Humanos - Educación para la Paz

1998

 

 

El siglo XX está por terminar pronto y un nuevo Milenio de la era cristiana  está delante de nuestras puertas.  El aniversario 2.000 del Nacimiento de Jesús  llama a todos los cristianos y, en realidad, a todos los seres humanos, a buscar cómo  percibir en la historia,  la señal de la Providencia actuante.

 

El Papa Juan Pablo II, en su Carta Apostólica Tertio Milenio Adveniente: dice así:

 

"Como el Segundo Milenio de la Cristiandad está por terminar, es conveniente que la Iglesia esté más consciente de los pecados de sus hijos. Debe recordar y  rememorar de  todas las épocas de la historia, cuándo ellos se han separado del espíritu de Cristo y de Su Evangelio, y, en lugar de ofrecer al mundo el testimonio de una vida inspirada por los valores de la fe, dieron rienda suelta a  modos de pensar y de actuar en testimonio totalmente contrario a la fe. Son un escándalo."

 

La historia de la relaciones entre judíos y cristianos fue tormentosa. Su Santidad el Papa Juan Pablo II reconoció este hecho en varios  Documentos Papales  al ver cómo están  las relaciones entre la Cristiandad y el pueblo judío. La balanza de estas relaciones en el curso de los casi 2000 años, es bastante negativa. Según Su Santidad, a pesar de la prédica de amor para con todos, aún con los enemigos, la mentalidad reinante en el curso de los siglos, penalizó las minorías y a aquellos que, de una manera u otra, eran "diferentes".

 

Este Milenio es testimonio de  un tragedia indescriptible e  inimaginable, que no se podrá olvidar nunca. El propósito del régimen nazi fue  exterminar al Pueblo Judío y, en consecuencia, mataron a millones de ellos.

 

 Sentimientos de antijudaísmo en algunos países  cristianos y la ruptura entre la Iglesia y el pueblo judío, llevaron a una discriminación generalizada, que terminó a veces en la expulsión y en atentados de  conversión forzada. En gran parte del mundo cristiano, a fines del siglo XVIII,  aquellos que no eran cristianos, no siempre gozaban de un status jurídico garantizado. A pesar de estos hechos, durante la era cristiana, los judíos mantuvieron sus tradiciones religiosas y sus costumbres comunitarias. Por esta razón se los había considerado con cierta sospecha  y desconfianza. En tiempos de crisis, como por ejemplo  hambruna, guerra, pestilencia, tensiones sociales, la minoría judía ha sido considerada y tratada como chivo emisario. Y así, se tornaron en víctimas de violencia, flagelación, y, más aún,  masacre.

 

 Su Santidad, al considerar el futuro de las relaciones entre cristianos y judíos, en primer lugar, apela a los hermanos cristianos para renovar su conciencia sobre  las raíces hebreas de la fe. Dice así:  "Les pedimos no olvidar que Jesús era descendiente de David; que la Virgen María y los Apóstoles pertenecían al pueblo judío; que la Iglesia sacaba  sus bases de las raíces de aquel árbol de olivo  bueno que ha sido injertado en el olivo salvaje de los gentiles.  (Rom. 11.17-24). Por lo tanto, los judíos son nuestros   queridos hermanos, y verdaderamente, en cierto sentido, son "nuestros hermanos mayores".

 

Como sobreviviente del Holocausto e hijo de víctimas de la masacre en Auschwitz, quisiera transmitirles alguna experiencia, o mejor dicho, algunos momentos cruciales de mi  vida, respecto de la guerra y de sus consecuencias

 

Recuerdo una pregunta que me dirigieron alumnos míos en varias universidades en diferentes países.  ¿Cuál fue  tu reacción cuando ya tuviste que darte cuenta de que tus padres y toda tu familia no volverían con vida,  nunca más?

 

Primero, una profunda desesperación. Y muchas preguntas. Muchas. Antes de todo, ¿Por qué tenían que morir ellos, si todos eran personas íntegras, honestas, muy trabajadoras, que tuvieron que luchar por la vida y por conseguir la posibilidad económica para que yo   pudiera estudiar?  ¿Por qué ha pasado todo lo que pasó? No quería seguir mis estudios, ni  nada. Sólo pelear con Dios y romper mis relaciones con Él.

 

De repente, como una iluminación, la pregunta  se transformó en mi mente. Esta nueva pregunta rezó así: ¿Por qué quedé vivo yo? Una voz interior me contestó: Se supone que tú tienes que cumplir ciertas tareas en la vida. Tienes que enseñar, pues es ésta la meta de tu vida. Tienes que enseñar que la  guerra y el odio pecan contra toda la humanidad. Y este enorme castigo contra mi pueblo, debe ser una advertencia. Los cristianos no nos conocen, y nosotros tampoco los conocemos a ellos. ¿Por qué no nos conocemos? Por la  separación,  artificialmente formada, con mala voluntad entre las religiones. ¿Por que no luchar juntos por un nunca más, ni ahora ni en el futuro?

 

Muchos otros pensamientos empezaron  a tomar forma en mi cabeza.

 

Yo creo en el Dios de Israel, a pesar de que Él ha hecho todo para destrozar mi fe en Él. Mis relaciones con Él  no son las de un siervo frente a su patrón, sino las de un discípulo frente a su Maestro. Creo en Sus leyes, aunque no veo la justificación de Sus actos. Me doblego frente a Su grandeza, pero no besaré el bastón que me infringe el castigo. Yo Lo amo, pero amo aún más Su Ley.  Y aunque me siento engañado respecto a Él, continuaré alabando Su Ley. Dios significa religión, y Su Ley significa sabiduría de vida.

 

Alabado sea por toda la eternidad el Dios de los muertos, el Dios del castigo, el Dios de la verdad y de la fe, el Dios de los vivos y de los sobrevivientes, que pronto mostrará nuevamente Su rostro al mundo, y hará temblar con Su voz omnipotente a los asesinos, y a todos quienes niegan Sus Mandamientos.

 

Y rezaba de todo corazón nuestra oración principal: "Escucha, oh Israel: el Eterno es nuestro Dios, el Eterno es Único. Shema Israel, Adonai Elojenu Adonai Ejad."

 

Soy sobreviviente del Holocausto, pero mis padres y toda mi familia, más de 120 personas, fueron víctimas de él.

 

Aconteció en 1946 en Hungría. Estábamos conversando con compañeros universitarios no judíos, y uno de ellos me preguntó: ¿Qué harías si encontraras a la persona o a las personas que mataron a tus padres? ¿Los matarías? Mi contestación fue un decidido "no". Los compañeros preguntaron: ¿No tienes odio o rencor,  o deseo de venganza hacia los alemanes? ¿Los has perdonado?

 

Intenté explicarles que, por naturaleza, el odio no es parte de mi carácter. Lo considero como un sentimiento animal y torpe, y prefiero que mis acciones y mis pensamientos se basen en la razón. Para mi, el odio como deseo de revancha, de devolver sufrimientos infligidos, o la venganza privada, no es correcto y, además, no disminuye mi dolor, ni sana  mis heridas. No he perdonado a los asesinos ni a aquellos que vieron el asesinato  de los muchos millones de seres humanos, sin tratar de impedirlo. No acepto que los alemanes no supieran lo que  pasó a los  judíos de Europa, y tampoco acepto que el mundo occidental, o por lo menos sus dirigentes, no lo hubieran sabido. Pero no quiero generalizar, y tampoco quiero vivir con un odio permanente.

 

Mi  perdón es condicional. No he perdonado a ninguno de los culpables, ni estoy dispuesto ahora y tampoco en el futuro, a menos que demuestren con hechos y no con palabras, que han cobrado conciencia  de sus errores y de sus culpas. Luego, arrepentidos, decidan que no los cometerán más  y tampoco dejarán que otros  los cometan. En tal caso, estoy dispuesto a perdonar a mi enemigo, aunque mi convicción religiosa no lo exige.  Pido sólo un trato justo y humano, pues un enemigo que cambia su conciencia y su actitud, ha dejado de ser enemigo.

 

Sé que no puedo restituir aquello que ha sido destruido. Y aún menos se puede devolver la vida a los padres  y parientes, a los millones de víctimas del Holocausto y de la Segunda Guerra Mundial. Considero como nuestro deber, mantener viva su memoria en toda la humanidad como una advertencia, con la convicción de que no puede haber paz y seguridad para el mundo mientras haya odio y opresión de minorías. Sé que no se puede restituir lo destruido, pero sí se puede, y se debe, construir algo nuevo.

 

Debo ser portavoz de la idea que, mientras exista el mal en el mundo, el hombre, cada hombre, debe perfeccionarse. El papel central en el mundo corresponde al hombre. Él tiene que luchar por la erradicación del mal y por el establecimiento del bien. Esta es tarea del hombre, y no de Dios. El nos ayudará en nuestros esfuerzos y nos bendecirá con éxito.

 

Recordaré y haré recordar a los demás. Nunca olvidaré a las víctimas, ni la destrucción. Lo haré, porque creo en el humanismo frente a las fuerzas diabólicas de la destrucción, del odio y de la violencia.

 

Han pasado más de 50 años desde esa conversación. Mi opinión no ha cambiado,  y seguramente no cambiará nunca mientras Dios me deje vivir.

 

Por supuesto, surgen muchas preguntas y pensamientos, tanto de parte de sobrevivientes como de pensadores, filósofos e historiadores de todos los credos. Muchas preguntas teológicas y morales con respecto a la Shoa:

 

¿Cómo podemos entender la tragedia de más de seis millones de judíos  y de aprox. 50 millones de no judíos, víctimas, enemigos del régimen nazi, civiles y soldados  de ambos bandos, asesinados?

 

¿Cómo podemos entender el silencio de Dios?

 

¿Cómo fue posible el silencio de la humanidad?

 

¿Cómo podemos entender que prácticamente, nadie hubiese  prestado atención y no haya protestado? ¿Que todos los Estados, las Iglesias, los intelectuales se limitaron a observar lo que estaba sucediendo, convirtiéndose  casi todo el mundo en cómplices silenciosos?

 

No hay contestación.  Consideramos que toda la humanidad de nuestros días debe hacer suyo nuestro lema: "Perdonar, pero no olvidar". Para que nunca más pueda ocurrir ninguna matanza organizada contra nadie, ni contra individuos  ni contra ningún grupo humano por profesar otra religión,  por tener otro color de piel, por tener otra convicción política.

 

¡Nunca más puede pasar nada semejante en este mundo!

 

¡NUNCA MÁS!

 

 

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