EL DESAFÍO PROFÉTICO DE LA HERMANDAD

 

 

En los primeros dos mil años de su historia, desde su surgimiento del seno del judaísmo, el cristianismo ha mantenido una relación poco amistosa hacia sus orígenes, hacia el pueblo judío. Poco a poco fue se acrecentando la diferencia entre las dos religiones, más aún con el desarraigo del cristianismo de su tierra natal.

 

Ya San Pablo debió advertir a los cristianos gentiles contra las actitudes negativas y arrogantes hacia los judíos.  (Romanos 11.20-21).

 

Las advertencias de San Pablo no fueron escuchadas por todos. En la misma época del surgimiento como en los tiempos posteriores y hasta la Edad Media, se desarrollaron sentimientos antijudíos. Insistieron en considerar a los judíos como rechazados por Dios, seres sin valor y sin fe, como un pueblo "deicida", o sea, asesino de Cristo y enemigo de la Cristiandad.

 

Desde estas opiniones surgió lo que solemos llamar  "el antisemitismo cristiano". Los judíos se convirtieron en parias civiles y sociales en la sociedad cristiana en formación. A lo largo de la Edad Media eran frecuentes las humillaciones,  los hostigamientos, la obligación de vivir en ghettos, la conversión  y,  unas cuántas veces, la expulsión del país  y la matanza.

 

Erasmo, el gran humanista cristiano del siglo XVI, dijo lo siguiente acerca de su época: "si es un rasgo característico cristiano odiar a los judíos, entonces todos somos muy buenos cristianos".

 

Este antisemitismo cristiano, en que participaban no sólo  católicos sino muchos feligreses de otras denominaciones cristianas, preparó el camino y sirvió como base al antisemitismo económico, social y racial, teóricamente secular y arreligioso, más controvertido y más peligroso. Varios millones de judíos fueron eliminados todavía antes de que los nazis hayan exterminado a seis millones, en nuestro  siglo.

 

Durante los últimos treinta años, ha habido un cambio notorio en las relaciones judeo-cristianas, cuyo comienzo fue la “Declaración Nostra Aetate”, emitida por el Concilio Vaticano Segundo, a la cual se adhirieron más adelante casi todas las otras iglesias cristianas, manifestando su decisión de cambiar su actitud para con los judíos y el judaísmo. El documento expresa: La Iglesia tiene siempre ante sus ojos las palabras del Apóstol Pablo sobre sus hermanos de sangre, la Ley, el culto y las promesas,  y también a los patriarcas quienes precedieron al Hijo de la Virgen María, judía, Cristo, según la carne.  (Romanos 9.4-5). Recuerda, también, que los Apóstoles, fundamentos y columnas de la Iglesia, nacieron del pueblo judío.

 

La Iglesia deplora el odio, las persecuciones y las manifestaciones de toda persona contra los judíos. La mayoría de las iglesias ha emitido documentos favorables que, cuando fueran plenamente puestos en práctica, revolucionarían las relaciones judeo-cristianas. La enseñanza del menosprecio ha dado paso a la enseñanza del respeto y de la estima.

 

Pero, para lograr un cambio en las relaciones judeo-cristianas, es necesario que también nosotros, los judíos, cambiemos nuestra relación con  los cristianos. Tenemos que enfrentar el desafío que ofrecen los nuevos tiempos y  aceptarlo con confianza. Enseñan nuestros sabios que, cuando alguien nos extiende su mano con  intención  amistosa, tenemos que recibirla con los mismos sentimientos. Después de tantos siglos de sufrimientos, y con el silencio de las iglesias durante el Holocausto, no es fácil. Sin embargo, tenemos que hacerlo,  si no por nosotros mismos,  por nuestros hijos, nietos y bisnietos. Hasta cierto punto depende también de nosotros, cuáles serán las relaciones judeo-cristianas en los tiempos venideros, y debemos  tomar conciencia de que los hermanos cristianos, como criaturas  de nuestro Dios, Dios de toda la humanidad, son iguales a nosotros, y juntos tendremos que llegar a las dimensiones proféticas en las relaciones judeo-cristianas. No olvidemos lo pasado, pero aceptemos  de buena fe los cambios y tengamos esperanza en el futuro.

 

Registramos con satisfacción que todos los documentos eclesiásticos, emitidos después de la Declaración "Nostra Aetate", condenan el antisemitismo como pecaminoso y anticristiano, exhortando el cese de cualquier enseñanza que represente a los judíos como asesinos de Jesús o como rechazados por Dios, enfatizando los orígenes judíos del cristianismo y la riqueza de la herencia judía dentro del cristianismo. Lo importante es que estos conceptos de los documentos cristianos, llenos de buenas intenciones, lleguen en forma masiva y convincente a todo el pueblo cristiano y puedan transformarse en convicción, en parte activa de la vida cotidiana.  

 

Los documentos nos convocan a un diálogo fraternal entre cristianos y judíos, para promover la comprensión y la cooperación mutuas en pro del reconocimiento del carácter sagrado del hombre y de la familia, su derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Este  camino debe conducirnos a todos hacia la justicia social  y  la defensa de los derechos humanos, hacia el mejoramiento de la vida de todos, hacia  la Paz y contra los errores de nuestro mundo actual.

 

Hay muchos objetivos centrales para una relación fecunda que nos ayudarán a progresar en nuestras relaciones, que se puede denominar como la "época del diálogo", y llevarla hacia la dimensión profética, que es la hermandad universal de todos los seres humanos de buena voluntad.

 

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