“AMA A TU PRÓJIMO COMO A TI  MISMO”

 

 

Largas páginas, cientos de  libros analizan el Mandamiento de la Torá “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, dirigido a todos los seres humanos y, por extensión, a todas las criaturas de la naturaleza. El amor al prójimo, el interés por su bienestar, forman parte –desde tiempos remotos- de la base del judaísmo. El cumplimiento de los preceptos éticos es más importante que el de los mandamientos litúrgicos.

 

El filósofo moderno Hermann Cohen (siglo XIX) subraya la singularidad y el universalismo del judaísmo. Destaca la posición de Israel como pueblo elegido y la universalidad mesiánica, al referirse a toda la humanidad, a todo el Universo, nombra a Dios como “ohev guer yatom vealmana – Aquel que ama al forastero, al pobre y al desamparado”.  La vocación y la tarea de Israel en este mundo, es llegar a merecer la denominación  de “Pueblo Elegido”. Al ser Dios concebido como “Aquel que ama al forastero y a los desamparados”, la misión de Israel está orientada, desde el principio mismo, hacia la unidad de la humanidad, hacia la búsqueda de la igualdad entre los seres humanos. De acuerdo al pensamiento judío, la misión y el propósito de la historia consiste en promover y luchar por este objetivo, ampliarlo hacia toda la Naturaleza, o sea, promover la llegada de la Era Mesiánica, la  realización  del Reino de Dios en la Tierra. Esta idea del Reino de Dios no es nueva, pues el jasidismo (pietismo) del siglo XII - XIV en España, en Provenza y en Alemania, y en los siglos XV, XVI y XVII en la Palestina de aquel entonces, los fieles seguidores de la interpretación de la Torá, la pusieron como meta de su movimiento.  

 

A partir del siglo XVII, en Polonia y en Rusia,  el movimiento del “jasidismo” cobró mucha fuerza, dio aliento, esperanza  y fuerza espiritual  a la población judía, bastante numerosa en esas regiones que, en su gran mayoría, vivía en pobreza, humillación y desamparo muy profundas. Los devolvió su esperanza en la llegada de la Época Mesiánica y en la presencia de Dios en su vida cotidiana.

 

Al introducir a Dios en su sistema filosófico, Cohen lo hace con el propósito de preservar la naturaleza en su estado puro, “asegurar el  mantenimiento del mundo físico por y para el ideal moral”. El filósofo cita el concepto talmúdico según el cual, el hombre está ligado a Dios por el Pacto de la correlación, es decir, es copartícipe en la obra de la Creación y en su preservación.  Según su opinión, las palabras del Profeta Ezequiel, al hablar de la renovación y del cambio del corazón, quiere significar la preparación del hombre para transformarse en ”humanidad”. No es suficiente que las personas vivan una al lado de la otra. La tarea del hombre consiste en transformar esta relación natural en una relación ética activa, pues los hombres deben ser naturalmente compañeros. Eso debe traer consigo la necesidad de formar comunidades, grupos humanos  basados en la responsabilidad mutua, calidad que debe caracterizar la relación ética entre el hombre y su semejante. Esta relación, además, debe ser una  realidad viviente, cambiante.

 

Martín Buber siguió y ahondó los conceptos de Hermann Cohen, incorporando en su obra las doctrinas de los cabalistas del siglo XVI quienes enseñaron que, por el mundo entero, existen chispas de la “shejiná”, es decir de la “presencia divina”. Encontramos a Dios en todas las circunstancias y aspectos  de la vida cotidiana. A Dios se lo puede ver en todo, tanto en personas como en cosas, en la naturaleza orgánica e inorgánica, porque nada existe sin la chispa divina. Estas chispas están encerradas en cápsulas de oscuridad, en las ·”kelipot”, oprimidas por lo impuro y lo profano. Ninguna esfera de la realidad está libre de ellas que esperan ser liberadas de sus cápsulas a fin de poder volver a su divina esencia.

 

Es el hombre quien puede liberarlas al retornar a Dios, aceptando su carácter de “socio” en la interminable obra de la Creación y recreación del mundo. Pero el individuo solo puede hacer relativamente poco. Por lo tanto, los seres humanos deben unirse en comunidad donde la relación de los componentes se base en la ideología Yo y Tú, y no en la del Yo y Él. También debe guardar este carácter y cultivar la relación con Dios: Yo y Tú. Al no percibir esta ligazón directa, el vínculo puede interrumpirse.

 

Lo mismo pasará en las relaciones humanas entre sí y con la naturaleza. Si la relación se transforma en Yo y Él,  no podría mantener una relación de diálogo. Esta relación exige una entrega completa en lo material, en lo espiritual y sentimental, y no sólo en momentos especiales, sino en todos los momentos de la vida cotidiana. Dios habla a cada hombre por medio de la vida que le ha dado y en la cual lo sostiene, y la única manera por la que el hombre le debe responder, es con toda su vida,  con la manera que la vive. Dios requiere del ser humano una entrega completa: “Ama a tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, y con todas tus fuerzas.” – reza el judío piadoso tres veces por día.  

 

El hombre no puede tener una real participación en la santidad, sin la santificación de su vida personal. No debe olvidar la sociedad y la hermandad humanas, que no formamos parte de una mera asociación mecánica de individuos aislados  en busca de sí mismos, sino de una auténtica comunidad en la cual lo divino se materializa mediante las relaciones vivientes entre los congéneres.

 

El hombre es literalmente el compañero de Dios y de todos los seres humanos, puesto que por su acción puede liberar lo divino que hay en el mundo y elevarlo hacia su mayor perfección. Así encuentra la vida religiosa su consumación:  en la unión entre la creencia y la acción.

 

El conocimiento que el hombre  recibe por gracia divina, se transforma en su confirmación mediante la acción abnegada. Por lo tanto, no puede haber división entre la religión y la ética. La relación del hombre con Dios queda definida a través de su relación con  sus semejantes. En sus actos y en su conducta moral, cada individuo cumple con la responsabilidad correspondiente a la porción del mundo a él confiado.

 

Terminemos con la palabras de Martín Buber: “La vida real es un encuentro; hagamos de toda nuestra vida un permanente encuentro con el prójimo. ¡No malgastemos la vida!”

 

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