LA FE

 

 

Al hombre moderno le resulta difícil comprender qué es la fe, y le es aún más difícil, tener fe. La fe requiere aptitud para escuchar. Por esta razón, el lema,  la expresión de fe del judaísmo, comienza con la palabra: "Shemá  - Oye".

 

Sin embargo, el hombre moderno pocas veces se detiene para escuchar. Pocas veces está solo, aunque sufre de soledad. Está siempre ocupado, rodeado de multitudes de personas y cosas, sumergido en el bullicio, enfrascado en su trabajo y tenazmente absorto en actitudes incluso, en su tiempo libre. Carece de paz y tranquilidad que le permitan   escuchar  la vocecita tenue de la fe.

 

Muchos tropiezan con una dificultad intelectual cuando intentan explorar el significado y la importancia de la fe. El llamado a la fe, el llamado a creer,  parece contradecirse con los avances de la razón, y muchas personas consideran que no pueden aceptar la imposición de la fe, sin renunciar a su integridad intelectual. Este conflicto virtual entre la fe y la razón, es un tema bien conocido desde  tiempos remotos.

 

Dios está preocupado por el hombre en cuanto a hombre que es, no en cuanto a sus niveles de creencia en Dios.

 

Para poder comprender la verdadera naturaleza de la fe,  o por lo menos de la fe en el sentido tradicional, tenemos que desechar una afirmación errónea. Aquella, la  que asegura que la fe es una fuente especial de la verdad.

La fe no es ni fuente ni generadora de la verdad, ni tiene vinculación directa con la razón.

 

El término bíblico "emuná" no significa fe, sino designa una actitud de confianza entre el hombre y su Dios. Tener "emuná" no implica que cierta proposición fuera obligatoriamente, racionalmente cierta. Significa  "confiar en Dios y sentirse seguro  de esta confianza". El creyente "no cree en Dios, sino cree en Su Existencia."

 

Según Martín Buber, el hombre bíblico nunca ha tenido  dudas con respecto a la existencia de Dios.  Al confesar su fe, su "emuná", simplemente expresa  su creencia en que el Dios viviente se halla cerca de él, de la misma manera como estuvo cerca de Abraham, y se encomienda a Él.

 

La fe es una relación análoga a la que existe entre el "Yo" y el "Tú". El creyente sale al encuentro de Dios, y Lo encuentra. Sabe que la mano de Dios está extendida hacia él. Habla a Dios y recibe Su contestación. Ora a Él, tan seguro de  Su existencia como lo está de la suya propia  o la de su vecino. No requiere prueba alguna para esta suprema certidumbre. Sin embargo, si otros requirieran pruebas,  no podría proporcionarlas. No puede ofrecer evidencia objetiva para aquello  que reconoce en su ser íntimo como absolutamente cierto, indiscutible   y verdadero. La historia bíblica acerca del llamado divino al joven  Samuel brinda una descripción gráfica sobre la naturaleza y el significado de la fe. (I. Samuel 3. 1-21.)

 

La fe en la "Real Presencia ", parafraseando a Henri Bergson, no es capaz de dar pruebas objetivas, ni puede ser respaldada por evidencias verificadas y tangibles.      

 

Gandhi definió la fe - y yo estoy totalmente de acuerdo con él - como un encuentro. Encuentro al que se había preparado mediante ejercicios físicos y mentales a lo largo de su vida, al igual que para escuchar su vocecita interior.

 

El acto de fe está basado en la evidencia  de la experiencia subjetiva, en la certeza del creyente que es Dios Quién le había hablado, y seguirá haciéndolo.  Sin embargo, el creyente enfrenta dos dificultades. Los descreídos exigirían pruebas, manifestaciones  "objetivas" para la afirmación  de que la experiencia era real  y el encuentro se ha realizado. Y el creyente mismo podría llegar a dudar  en cierto momento de la realidad  del encuentro, porque la gracia  del instante sagrado no dura más allá de eso: un instante. La existencia de la fe es intermitente. Los momentos de la “kavana – devoción” son raros,  como lo destacó el famoso filósofo judío medieval Maimónides en la introducción de su obra "Guía de los Descarriados".

 

"A veces la luz resplandece con tanto brillo que la percibimos claramente como el día. Nuestra naturaleza y nuestros hábitos tienden luego un velo sobre nuestra  percepción y  retornamos a una oscuridad  casi tan densa como la anterior. Somos como aquellos que aun percibiendo frecuentes relámpagos,   se  encuentran   en  la  más  profunda  oscuridad   de  la noche. Para algunos, el relámpago chispea en rápida sucesión y parece como si estuvieran bajo una contínua claridad  y que la noche  fuera tan luminosa  como el día... Y hay algunos para quienes los  relámpagos aparecen  a intervalos variados,  sin dejar rasgos de haber sido iluminados."

 

Maimónides reconoció que el encuentro, la cercanía de Dios es efímera. Pero la fe no puede  descansar únicamente en las experiencias religiosas intermitentes. Debe haber  algo que dé validez  a la verdad de la fe  cuando las experiencias se hallen ausentes, algo menos subjetivo  y personal, en consecuencia, más objetivo y racional, que llene el vacío entre ambos.

 

Es  este el momento cuando la razón y el conocimiento tienden a  ocupar un lugar en el mundo de la fe del creyente. Consideremos, por ejemplo, cuál es el papel que tiene la Biblia en la vida religiosa. De por sí, la Biblia no es una fuente de fe. La lectura del texto bíblico no puede sustituir  esa experiencia personal en la cual se funda el acto de fe del individuo.

 

Admitamos que la Biblia nos relata sobre la fe de muchos seres humanos. Describe su encuentro con Dios,  nos coloca frente a la herencia de una fe no religiosa. Probablemente no podamos comprender la Biblia, tal cual está escrita, a menos  que hayamos tenido alguna clase  de experiencia religiosa, por débil o indefinida que haya sido.

 

Sin embargo, la Biblia ayuda a fortalecer nuestra fe exponiéndonos  ejemplos de otros; la crónica de sus luchas y experiencias, el ejemplo de sus descubrimientos y derrotas puede profundizar  nuestra comprensión sobre  la naturaleza y el significado  de la fe. El conocimiento de  lo que la fe  significó y significa para otros, puede esclarecer y fortalecer nuestra propia fe. Por supuesto, ésta no es la clase de conocimientos que comprueban que “los llamados de la fe son verdaderos" Es ésta una descripción de la fe de los demás, a la que nosotros mismos quizás podamos aspirar.

 

El judaísmo reconoce que creer en Dios  no siempre es fácil. Por lo tanto, el creyente puede esperar la llegada de la crisis de la fe. La admisión de esa crisis no es de modo alguno  un acto irreligioso, antirreligioso, o de debilidad para un judío religioso. La esencia del judaísmo es: más hechos que credo.

 

El Talmud atribuye a Dios una declaración  probablemente única entre los escritos religiosos: "Mejor es que los Hijos de Israel me abandonen, pero sigan Mis leyes morales."

 

De acuerdo a las enseñanzas del judaísmo, uno puede ser un buen judío, aunque  a veces, en ciertos momentos de su vida, dude de la existencia de Dios; en cuanto que cumpla las leyes morales que reglamentan la relación entre hombre y hombre, entre el hombre y la naturaleza, y espere con devoción la renovación y/o el fortalecimiento de su  fe..

 

No es mi intención deducir de lo antedicho que Dios no es el Centro del judaísmo, pero me gustaría subrayar que las leyes éticas básicas deben estar incorporadas en la vida cotidiana del individuo, independientemente del nivel actual de su creencia en Dios, o de su práctica litúrgica. No en vano enseña la teología judía moderna que en la Biblia no es Dios quien desempeña el papel principal sino el hombre, quien Lo busca.  

 

Surge la pregunta: ¿Por qué Dios no ayuda al hombre a tener certeza con respecto a Su existencia? La literatura tradicional ofrece diferentes repuestas. Citaré sólo dos:

 

  1. Para que el ser humano pueda actuar según las leyes de la moral, debe tener su libre albedrío. La libertad para elegir el bien, es decir, obediencia a la voluntad de Dios, o el mal, la desobediencia con respecto a Su voluntad, sería severamente cercenada si tuviéramos la seguridad absoluta de la existencia de Dios.

 

  1. La certeza absoluta conduce al fanatismo, por lo tanto el judaísmo estimula la duda, aun cuando conviva con la fe y el compromiso. Un judío no se atreve  a vivir  con la certeza absoluta, pues la certeza es la marca del fanático. El verdadero judaísmo aborrece el fanatismo, considera que la duda es sana para el alma humana, y fortalece su humildad. Al salir triunfante de la lucha contra la duda, el ser humano se ve a sí mismo más seguro para entender las dificultades de la vida cotidiana.

 

Dios habrá tenido Sus propias razones  para negarnos la seguridad con respecto a Su existencia y Su naturaleza. Una razón aparente es que la certeza del hombre con respecto a cualquier cosa es veneno para su alma. ¡Quien sabrá esto mejor  que nuestra propia generación, que ha tenido que hacer frente al fascismo dogmático, es decir al nazismo, y  al comunismo ateo!

 

El judaísmo considera que la creencia en la existencia de Dios es moralmente indispensable, pues la razón sola, en sí,  no conduce al hombre a una conducta moral y no lo obliga a la conducta ética humanista y humanitaria.

 

Este tema  es demasiado amplio, y por falta de tiempo no puedo hablar ahora de la problemática de los ateos que dicen no poder creer en Dios, sólo cito un dicho de Voltaire, un antagonista inexorable de la religión organizada:

 

"En la opinión de que existe Dios, hay dificultades; pero en la opinión contraria hay absurdos." 

 

Citemos la palabras de Jesús:

 

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los Cielos.”

“Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.”

“Bienventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.”

(Mateo 5.).

 

 

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