JUDAÍSMO EN LA ENSEÑANZA CATÓLICA

 

 

¿En qué época empezaron distintos pueblos con lemas antisemitas? No sabemos. Por fin, tampoco tiene importancia. Nuestro objetivo es ofrecer un vistazo histórico de lo qué pasó en la Era Común, sacar las consecuencias y proyectar un futuro mejor         .

 

Al comienzo, en el Nuevo Testamento la palabra "judío" significaba prácticamente israelita o hebreo, en sentido étnico, como pueblo.   En el Evangelio de San Pablo y San Juan, la palabra "judío" ya tiene un sentido teológico. Pablo sigue el camino de los profetas y divide la humanidad en dos grupos: judío o pueblo elegido, y griego.

 

Al principio, las relaciones judeo-cristianas fueron aceptables  bajo la dominación  de Roma; siguió el pluralismo religioso y, sólo después de la muerte de Herodes, empezó a cambiar la situación. En términos generales, los romanos fueron tolerantes respecto del separatismo religioso judío. Después de la destrucción del Segundo Templo, (en el año 70 e.c.), las circunstancias cambiaron y las relaciones entre cristianos y judíos fueron diferentes.  Respecto de Jesús,  también fueron cambiando las  opiniones. Primero lo consideraron como  profeta judío, famoso predicador, rabino, esenio o revolucionario al estilo celote. Luego lo creyeron muerto y resucitado, Señor de todo, hombre e Hijo de Dios. Y con eso se colocaron  las bases de la situación polémica. 

 

Con respecto a Jesús,  ya no aparece ni judío ni griego. (Gal.3.27.), pero el concepto  "judío" empezó a  tener una importancia especial. Algunos de los aspectos que destaca Pablo respecto de los judíos, son:

 

La palabra “judío” es un título de gloria (Rom. 2.17.).

 

  • Atribuye ventajas a la circuncisión y las Leyes de los judíos, siempre que se las  cumpla. (Rom. 2.25.).

 

  • Afirma que "nosotros somos judíos de nacimiento y no gentiles pecadores. (Gal.2.15.).

 

  • Pablo se declara israelita y defiende la idea  que Dios no ha rechazado o abandonado a Su pueblo. (Rom.11.11. Flp. 3.5.; Hech. 22.3.). Afirma que el verdadero judío lo es en su interior,  y la verdadera circuncisión es la del corazón, según el espíritu, no según la Ley. El que así vive, recibe la gloria de Dios  y no de los hombres. (Rom. 2.29.).

 

  • Sigue afirmando prioridad del judío frente a los griegos. La superioridad del pueblo existe, porque ellos son,  por haber sido  elegidos, amados, en reconocimiento hacia sus Padres.

 

  • Subraya que los dones y la vocación otorgados por Dios, son irrevocables. (Rom. 11.28-30).

 

  • Los judíos son el olivo cultivado en que fuimos injertados - dice San Pablo. (Rom. 11.24.)

 

Estos son algunos aspectos extraídos del pensamiento de San  Pablo. Es conveniente destacarlos, ya que no siempre los han tenido en cuenta a través de la historia. Sólo el Documento Nostra Aetate del Concilio Vaticano II, recoge gran parte de estas enseñanzas.

 

En general, los Evangelios no hablan de los judíos en la época  de Jesús, pues cuando San Juan escribió su Evangelio, la Iglesia y la Sinagoga ya estaban separadas y la Iglesia naciente enfrentó el problema de la incredulidad de los judíos frente a Jesús como Mesías. En este contexto, los judíos aparecen malditos, no desde el punto de vista  ético sino como incrédulos, aquellos  que crucificaron a Jesús. La palabra "judío" ya tenía un sentido teológico, y los judíos eran presentados como extranjeros (Juan. 5.1.; 5.4.; 10.34), y como adversarios de Jesús (Juan. 1.18; 5.15.). El amigo de Jesús debía ser  enemigo de los judíos. 

 

Sin entrar en detalles, se puede afirmar que la visión de San Juan con respecto a los judíos es negativa, y  fue utilizada durante los siglos posteriores como fuente del antisemitismo. Y como tal, fue un factor decisivo en la separación de los nuevos cristianos  del judaísmo. El cristianismo gentil se hizo antijudío, comenzando así la larga historia del odio hacia los judíos.

 

Se preguntó al Presbítero Luis Eugenio Silva acerca de las raíces del antisemitismo. El renombrado sacerdote, teólogo e historiador, contestó por intermedio de un artículo publicado en el diario "La Segunda", de esta forma:

 

La historia del antisemitismo es muy antigua, por desgracia. Sus raíces son variadas y sus causas diferentes: sociales, políticas y religiosas entre los  cristianos en el Occidente.

 

Poco a poco, el cristianismo olvidó su raíz judía y su origen, inserto en el pueblo escogido del Antiguo Testamento. Algunos escritores cristianos, como por ejemplo San Juan Crisóstomos y San Agustín, divulgaron que Israel había rechazado la Sabiduría Divina, es decir a Jesús; a la manera que Esau perdió su primogenitura en favor de Jacob, por un plato de lentejas; la Iglesia la suplantó en la primogenitura y en la elección. Éste fue el pensamiento de muchos cristianos durante los siglos del tardío mundo antiguo y a inicios del Medioevo.

 

Hasta fines del siglo primero,  aún se pensaba en rescatar a Israel para la nueva fe cristiana. Vicisitudes históricas, contiendas e intolerancias, amén de las diferencias  entre ambas religiones,  las llevaron a enfrentarse. El cristianismo, robustecido después de tres siglos  de persecución más o menos permanente de parte del Imperio Romano, encontrará en el pueblo hebreo un adversario sobre el cual ha caído la servidumbre espiritual.  Dicha servidumbre se interpretará, con el pasar del  tiempo, en términos físicos. Así surgirá en el mundo cristiano el sentimiento antijudío; el pueblo será considerado como deicida. La legislación romano-cristiana desde Constantino Magno hasta Justiniano (siglo VI e.c.), tendrá disposiciones antijudías.

 

Pasaron los siglos, y ya en el mundo medieval, cuando la Iglesia fue gobernada por el más grande Papa del Medioevo, Inocencio III (1198-1216),  se celebró una Magna Asamblea de la Cristiandad. Su objetivo era: la reforma de la Iglesia y el lanzamiento de las Cruzadas, el viejo ideal donde la guerra y la santidad se hermanaban para luchar por la conquista de los Santos Lugares.

 

Pero no se trataba sólo de eso. Así, el 30 de septiembre de 1215, los Padres del IV Concilio  Ecuménico de Letrán, emitieron, entre los 70 decretos, 4 respecto del pueblo judío. Ellos son los Nº 67, 68. 69 y 70. En esta época el pueblo hebreo ya vivía diseminado en varios países del Occidente, especialmente en España, como también en los países  del Oriente. En ellos, los judíos eran acusados de usura. Al respecto, el Concilio dice: "A medida que el cristianismo se esfuerza por extirpar y rechazar las prácticas usurarias, entre los pérfidos judíos se extiende más y más esta lacra. En breve se agotarán las riquezas de los cristianos." El texto es más extenso y abunda en consideraciones adversas a la usura. Curiosa disposición es la emanada, ya  que no era raro en aquellos mismos tiempos el préstamo a interés desarrollado por algunos monasterios y, además, en el número anterior al citado Decreto, se condena la codicia de algunos eclesiásticos. La avaricia no fue vicio ajeno al cristianismo,  pues era común a todo tipo de raza o cultura.

 

En el número 68, encontramos algo aún más fuerte y extraña a la conciencia actual. Se condenó a los judíos de cualquier sexo a usar un traje especial, para que sean reconocidos como tales siempre y en cualquier lugar.

 

Todavía el Concilio les exigió más. Los judíos no podían aparecer en público en determinados días, especialmente el Domingo de Pasión, pues se creía que, en esos días, se burlaban del pueblo cristiano o de Cristo.

 

Nos encontramos así, con que el más grande Concilio Medieval puso  la base para establecer lo que, con el tiempo, sería el ghetto judío en las ciudades cristianas. El espíritu antijudío, que desde la Primera Cruzada interpretó a los judíos como un pueblo deicida, irrumpió en Occidente. No podemos juzgar el pasado, pero sí podemos percibir el cambio de mentalidad con el transcurrir de los siglos.

 

La tolerancia que el Evangelio y San Pablo predican, el advenimiento libre de la conciencia no cristiana a la fe católica, había quedado atrás. La Guerra Santa contra el infiel musulmán, la guerra musulmana contra el cristianismo, el espíritu bélico germánico  y otras razones, motivaron y crearon un espíritu de enfrentamiento e intolerancia que no sólo se daba contra los judíos, sino en siglos posteriores, (XVI-XVII,) ensangrentaron a la  Europa cristiana ya dividida entre católicos, luteranos, calvinistas y anglicanos.

 

Así, poco a poco se cerraba el círculo en torno del Pueblo de Israel, marginándolo a no compartir la vida cotidiana con el mundo cristiano. A excepción de cuando se le exigía escuchar sermones, generalmente realizados por fanáticos predicadores misioneros que veían en el pueblo hebreo al responsable de todos los males del mundo.            

 

Pero aún hay más en el citado Concilio. El Decreto 69 proclamó la inhabilidad  de los judíos para ejercer oficios públicos. Esto no era nuevo en  Occidente, ya que en la época de los Visigodos, el Concilio celebrado en Toledo en el año 589, lo había prohibido, estableciendo una base de marginación.

 

Con el andar del tiempo, tampoco títulos universitarios podían conseguir los hijos de Israel. La universidad les fue vedada. Usura, peligro de confundir a los fieles de la fe católica y autoseparación, serán algunas de las acusaciones más frecuentes  que Occidente usará contra el Pueblo Elegido, a causa del  deicidio, olvidando que la muerte de  Jesús fue provocada por los pecados de toda la humanidad y ejecutada por los romanos. Estas actitudes  persecutorias llevaron a los judíos a segregarse cada vez más, provocando al mismo tiempo mayor odio.

 

En cambio, la historia económica del Occidente Medieval nos muestra que, durante ese periodo, el préstamo a interés no fue algo ajeno a cristianos. Pero, como la tradición de los grandes Padres lo había condenado, las disposiciones legales  también lo hacían. Ante la necesidad de dinero, se recurría al pueblo que no tenía prohibido el préstamo: el judío. Además, si el señor feudal o el rey lo requería, siempre estaba la posibilidad de requisar, no pagar a su debido tiempo o perseguir. Total, “era el pueblo judío que mató a Jesús”.

 

El estudio de nuestra historia  muestra que, en realidad, nada es nuevo y, a la vez, todo se da en situaciones diversas. Al menos así ha sido la   historia del pueblo judío. como hemos visto repetirse a través de los siglos, especialmente en el siglo pasado y en el presente cuando se desató la siniestra persecución de los rusos y de los nazis contra los hijos de Israel.

 

El catolicismo ha venido cambiando su actitud, especialmente desde el pontificado de Juan XXIII en adelante. No faltaron declaraciones de diversas Conferencias Episcopales, que parafraseando a la Declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticano II, trataron de superar el enorme trauma que han señalado las relaciones judeo-cristianas  por siglos. La Santa Sede, en varias instrucciones ha sugerido y reglamentado la actitud pública  y espiritual al respecto.  Respeto, tolerancia, perdón y la búsqueda de caminos a recorrer juntos, el auténtico humanismo, el anhelo de aproximarse hacia la trascendencia, al Único Dios Verdadero.

 

En la época moderna, fue el historiador judío Jules Isaac quien, en su libro "Jesús e Israel" (1943), llegó a la conclusión de que aunque Jesús sentía un gran amor hacia los judíos, sus seguidores muy pronto los despreciaban. Los primeros testimonios de este odio se encuentran en el mismo Nuevo Testamento.   

 

 Después de la Segunda Guerra Mundial, el libro de Jules ha tenido gran influencia sobre aquellos cristianos  que buscaban un nuevo comienzo a sus relaciones con los judíos. Admitían que la Iglesia, durante su historia, había cometido una gran injusticia para con los judíos, pero no podían aceptar que ya en el Nuevo Testamento se encontraran semillas  de este odio.

 

Ante todo, fue Gregory Baum  quien cuestionó este razonamiento judío,  Nacido y educado en Alemania, proveniente de una familia sin confesión religiosa, emigró a los Estados Unidos donde se convirtió al catolicismo, se hizo sacerdote  y entró en la orden de los Agustinos. En su libro "Los judíos y el Evangelio", se sintió profundamente consternado ante el reproche de que el Nuevo Testamento ya tenía referencias antijudías. Sin embargo, concedió que en el Nuevo Testamento "hay partes que suenan como si el autor tuviese la intención de representar a los judíos como un pueblo réprobo y despreciable", pero él considera que esto fue un error y dice: "sí se cree que el Evangelio es la revelación máxima de autor divino, es imposible admitir que una sola palabra del Nuevo Testamento estuviera designada a presentar el  desprecio a cualquier pueblo  y, de esta manera  acrecentar el odio entre los seres humanos."

 

Esta cita recela las inhibiciones extraordinarias que tiene un cristiano creyente al ver el documento principal de su fe, el Nuevo Testamento, manchado de odio. Me acuerdo que durante mis estudios teológicos, tuve el pensamiento penoso de que los horrores de las cámaras de gas podrían tener una de sus raíces ideológicas, aunque muy lejanamente, en el pensamiento cristiano del Nuevo Testamento mismo. Creo, al igual que muchos  teólogos, que un examen profundo, crítico e histórico de los hechos, nos permite encontrar ya en los Evangelios de Mateo y Juan las primeras referencias que, mucho más tarde, desatarían calamidades incontrolables.

 

Jesús estuvo completamente libre de cualquier prejuicio, y menos aún pudo odiar a su propio pueblo. Nunca nadie negó esto, Pero distintas partes del Nuevo Testamento se  escribieron mucho más tarde, muchas décadas después de la muerte de Jesús. Ellas ya reflejan las violentas disputas con el ambiente judío que tuvieron las jóvenes comunidades cristianas. El primer Evangelio, escrito por Marcos, es todavía libre de condena hacia los judíos. Pero cuando el Evangelista Mateo escribió su relato, las relaciones entre las comunidades cristianas y  judías ya se habían agravado peligrosamente. Relata una profecía que había hecho Jesús, en la que le hace decir: "Los entregarán a los tribunales y los azotarán en la sinagoga."

 

En debates con los integrantes de la religión judía llama a sus contrincantes hipócritas, les dice insultos como serpientes o crías de culebras, y  hace decir por boca de Jesús maldiciones contra ellos, olvidando la posición de Jesús frente a sus opositores, ya que Jesús había dicho: "Hagan el bien a los que les odian, bendigan a los que les maldicen".

 

La lucha entre las comunidades cristianas y las judías tardó todavía mucho tiempo. El último Evangelio, él de Juan, testimonia que fue de mal en peor. Históricamente es casi seguro que este Evangelio no fue escrito por el discípulo, sino por un cristiano posterior, que ya no conocía las circunstancias, el ambiente de los tiempos de Jesús.  Designa a sus opositores con la palabra “los judíos”; niega el origen judío de Jesús y de sus discípulos, y pone en boca de Jesús textos sobre el diablo

 

En el Apocalipsis, también escrito por Juan, la sinagoga está mencionada dos veces  como "la sinagoga de Satanás". Esta es la razón por la que varios autores judíos contemporáneos  consideran al Evangelista Juan como el "padre del antisemitismo."

 

Desafortunadamente, estas calumnias en contra del pueblo judío realmente se encuentran en el Nuevo Testamento, aunque no corresponden al espíritu de Jesús. En mi opinión, no son olvidables, aunque uno puede explicarlas a la luz de las luchas competitivas de aquellos tiempos. También los judíos de entonces usaron palabras duras contra los cristianos, e incluían en sus oraciones diarias imprecaciones a sus antagonistas. Pero tales imprecaciones fueron eliminadas después de la Edad Media, mientras que las expresiones antijudías quedan en el Nuevo Testamento hasta el día de hoy.

 

Aunque las marcas de un sentimiento antijudío en el Nuevo Testamento no sean muy numerosas, ganaron importancia por la manera en que el cristianismo las utilizó en siglos posteriores. Se divulgó la opinión según la cual los judíos fueron los asesinos de Dios en los Evangelios, así como la convicción de que todos los judíos eran réprobos y que pertenecían a los poderes de la oscuridad.

 

Citas del Nuevo Testamento se convirtieron en arsenal del odio hacia los judíos en tiempos posteriores. En nombre de Jesús, la Iglesia hizo inimaginable daño a los judíos a través de la historia. Me parece adecuado citar un ejemplo, aunque aparentemente  de poca importancia. En la ciudad francesa de Tolosa se hizo costumbre durante el siglo XI, abofetear a un conciudadano judío públicamente en la catedral, durante la Semana Santa. Esto ocurría durante el servicio religioso, recordando que también  Jesús fue abofeteado durante su Pasión. Esta escena, que se repetía anualmente, debe haber llenado a la congregación cristiana de gran satisfacción. Algunos podían pensar  que  esta humillación era todavía muy poco y que los "asesinos de Dios" se merecían mucho más. Es un hecho demostrado que, justamente en Semana Santa, era costumbre en muchas ciudades europeas que feligreses cristianos expresaran sus sentimientos de compasión para con su Señor a través de una persecución a los judíos.

 

Es imposible resumir las manifestaciones antisemitas cristianas, pero hago un gran salto en el tiempo. Llegamos exactamente a la fecha del  Concilio Vaticano  II que dice, entre muchas recomendaciones, lo siguiente:

 

"Como es tan grande el patrimonio espiritual común a cristianos y judíos, este Sagrado Concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio entre ellos, que se consigue, sobre todo, por medio de los estudios bíblicos y teológicos y con el diálogo fraterno.

 

"Aunque las autoridades judías y sus seguidores  reclamaron la muerte de Cristo,  sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado, ni indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, ni a los judíos de hoy, sino a los romanos de la época y especialmente a Poncio Pilato. Y si bien la Iglesia es el nuevo Pueblo de Dios, no se ha de señalar a los judíos como réprobos de Dios y malditos, como si esto se dedujera de las Sagradas Escrituras. Por consiguiente, procuren todos no enseñar cosas que no están conforme con la Verdad Evangélica y con el Espíritu de Cristo, tanto en la catequesis como en la predicación de la Palabra de Dios.

 

"Además, la Iglesia  reprueba cualquier persecución contra los hombres, consciente del patriotismo común con los judíos e impulsada no por razones políticas sino por la religiosa caridad evangélica, deplora los odios, persecuciones  y manifestaciones del antisemitismo de cualquier tipo y persona contra los judíos.

 

"Por lo demás, Cristo, como siempre lo ha profesado y profesa la Iglesia,  movido por inmensa caridad hacia todos los hombres, abrazó voluntariamente su Pasión y su Muerte,  para que todos consigan la salvación. Es, pues, deber de la Iglesia en su predicación, el anunciar la Cruz de Cristo como signo de amor universal de Dios y como fuente de toda gracia."

 

Quisiera terminar mis palabras con dos citas, en orden de fecha de su pronunciación y publicación. La primera es una Oración de arrepentimiento  de Su Santidad el Papa Beato Juan XXIII, de Bendita Memoria, redactada poco antes de su muerte, el 3 de junio de 1963:

 

“Reconocemos ahora que muchos, muchos siglos de ceguera han tapado nuestros ojos,  de manera que ya no vemos la hermosura de Tu pueblo elegido, ni reconocemos en su rostro los rasgos de nuestro hermano mayor. Reconocemos que llevamos sobre  nuestra frente la marca de Caín. Durante siglos, Abel ha estado abatido en sangre y lágrimas porque nosotros habíamos olvidado Tu amor. Perdónanos la maldición que injustamente pronunciamos contra el nombre de los judíos. Perdónanos que, en su carne, te crucificásemos por segunda vez. Pues no sabíamos lo que hacíamos....

S.S. PAPA JUAN XXIII.”

 

La otra cita es parte de la ponencia de mi querido Amigo y Colega, el Rabino León Klenicky, director de las Relaciones Interreligiosas de la B’nai B’rith Internacional, con sede en Nueva York. La ponencia ha sido pronunciada “a veinte años del Concilio Vaticano II”.

 

“Yo diría que para nosotros, el pueblo  judío, este siglo XX va a ser como el siglo IV antes de la Era Común, cuando salimos de Babilonia y fuimos con Esdras y Nehemías a la Tierra Prometida. Al leer a Nehemías 8, allí observamos que apunta a la necesidad de la interpretación y la reinterpretación del texto bíblico, para “vivir” diariamente la vida religiosa. Quizás, yo nunca lo vea; lo verán mis hijos, o los hijos de mis hijos. Pero dentro de una centuria habrá una vida judía, diferente de este tiempo, así como habrá un a vida religiosa cristiana distinta a la de ahora. Dios y la Historia nos están desafiando a ser religiosos, en este tiempo de total revolución industrial y de cambios sociales. Pienso que en esta apertura a la historia y a la reinterpretación, se da – yo lo creo muy profundamente – por mandato divino, por mandato de Dios, el encuentro entre judíos y cristianos.

 

“Creo que el encuentro es un “reencuentro”, es decir, que tenemos que volver a las raíces. Nosotros los judíos hemos de entender lo que significó la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial; lo que significó en la historia tal hecho; reconsiderar nuestra  vocación y nuestro testimonio en el mundo; proyectarnos en el nuevo camino, testimoniando a Dios.

 

“Y los cristianos también deben reconsiderar el hecho de que quizás Constantino fue un grave problema para la Iglesia y que, como uno lo ve  en la teología cristiana católica contemporánea, hay que sacudir a ese siglo I y comprender la historia; Jesús y el mensaje de Jesús; es de ese  momento preciso, cuando Jesús comenzó a proclamar su visión del mudo en ese siglo I. En cierta manera nosotros estamos en el siglo IV a.e.c. y los cristianos en el siglo I de la e.c., pero estamos en un momento de encuentro de religiones. Creo que este encuentro y reencuentro se hacen en el espíritu de la paz y que la paz, según el término hebreo, la palabra “Shalom”, no significa necesariamente lo contrario de la guerra. No es eso, sino que viene del verbo “Shalem", alcanzar la integridad, la totalidad.

 

“Y en eso estamos los judíos y los cristianos: estamos en el comienzo de la paz, en una totalidad, en una integridad de nuestros testimonios para mostrar al mundo, a pesar de la ideología del totalitarismo, que estamos pidiendo una vida religiosa, testimoniando a Dios. Lo haremos, como dice Martín Buber tan sabiamente: ‘porque cuando dos o tres personas están realmente juntas espiritualmente, lo están en nombre de Dios, con Dios.’

 

“Quizás hoy, nosotros también estamos juntos, en Dios y con Dios, hacia el futuro.”

 

 

Google