JESÚS EN EL JUDAÍSMO

 

Ponencia en el Foro de la Universidad Católica

Octubre 1997

 

 

Nuestro interés es que los oyentes conozcan nuestro punto de vista según el cual  este hombre, al que distorsiona por igual el mito cristiano y el mito judío, no fue en realidad ni el Cristo de la Iglesia, ni el apóstata ni el descarriado de la tradición popular judía.

 

Casi todos abordan los Evangelios con ideas preconcebidas. Los cristianos los leen a la luz de su fe. Los judíos con la carga de viejas suspicacias. Los agnósticos podrán sentirse escandalizados, y los especialistas profesionales del Nuevo Testamento, con los anteojos de su oficio.

 

Según los antecedentes familiares, el nombre del padre era José, y el  de la madre María. El lugar y la fecha exacta del nacimiento no son bien conocidos. Su domicilio era Nazaret, de Galilea. El estado civil no se menciona. Su profesión era carpintero, predicador itinerante y curador de enfermedades.

 

El certificado de defunción podría completarse en esta forma: lugar de defunción: Jerusalén. Fecha de defunción: bajo la gobernación del procurador romano Poncio Pilato, entre los años  26 y 36 de la era cristiana. Causa del fallecimiento: crucifixión por orden del procurador romano. Lugar del entierro: Jerusalén.

 

Su profesión secular no es segura. Según la tradición era carpintero, pero puede ser cualquier otro tipo de artesano. Según su nombre arameo, fue un sabio o erudito.

 

El Nuevo Testamento establece claramente que durante su ministerio, Jesús no practicó ninguna profesión secular, sino que se dedicó exclusivamente a actividades religiosas, como exorcista, curador y maestro. Además, se menciona la profunda impresión que Jesús  causaba entre sus contemporáneos,  su control sobre demonios y enfermedades, y el poder magnético de sus prédicas.

 

No siempre resulta fácil trazar una línea divisoria entre exorcismo y curación en los Evangelios;  quizás se podría hacer la diferenciación  por el tratamiento aplicado a los pacientes. Las curaciones físicas necesitan un cierto rito, sea que fuera  rudimentario o complejo, como por ejemplo la imposición de manos.

 

Desde el principio, los Evangelios retratan a Jesús como un predicador popular, y transmiten varios tipos de enseñanzas atribuidas a él. Contrariamente a la práctica de los esenios que guardaban sus enseñanzas sólo para los iniciados, Jesús dirigió sus prédicas en  Galilea  a todos los que  tenían oídos para oír, o más bien a todos los judíos con oídos para oír, pues jamás  proyectó una misión sistemática entre gentiles. Pero, incluso en el seno de los judíos, prefirió a los incultos, a los pobres, a los pecadores  y a los marginados de la sociedad.  A todos ellos, llamó al arrepentimiento y les dijo a todos, que el advenimiento del Reino de Dios al mundo era inminente. Su mensaje ético se dirigió a todos y a cada uno, así como también sus parábolas en forma de enseñanza homilía,  usual entre los predicadores rabínicos de la época. 

 

Aunque haya adoptado un estilo personal de enseñanza, su doctrina no era una novedad en sí misma. No rechazaba ni contradecía a creencia básica alguna del judaísmo. Quizás no estaba de acuerdo con algunas exigencias litúrgicas o ceremoniales de los fariseos, pero nunca las rechazó completamente. La polémica nace de las quejas de los fariseos contra los discípulos de Jesús, que no respetaba parte de las ceremonias litúrgicas.    

 

Curador y predicador itinerante, Jesús aparece retratado por los Sinópticos como una persona que nunca resultó ser indiferente a sus contemporáneos. Sus reacciones no siempre fueron favorables al criterio reinante, al “status quo”, pero,  por otra parte, tampoco eran hostiles. Los Sinópticos demuestran que la popularidad de Jesús en Judea y en Jerusalén era mucho menor  que en su propia región.

 

Era inevitable que Jesús,  como maestro religioso  -excepcional y polémico- haya encontrado crítica y hostilidad, y al mismo tiempo, respeto y cariño. Es interesante notar que, la primera oposición, vino de los más próximos a él, de sus familiares y de sus conciudadanos en Nazaret.

 

El conflicto entre Jesús y los representantes de la autoridad en los terrenos doctrinales y político-religiosos, es difícilmente detectable, porque la identidad de sus adversarios es a menudo imprecisa y las fuentes son contradictorias. Fariseos, saduceos, escribas y jueces se entremezclan.  De todos modos, los fariseos eran menos adversos, aunque el Nuevo Testamento los presente como enemigos.  En lo que se refiere a las creencias básicas, el único choque serio de que hablan los Evangelios  entre Jesús y las autoridades establecidas, es su oposición a los saduceos quienes negaban la resurrección de los muertos.

 

Sin embargo, no podemos decir que Jesús fuera un fariseo, aunque haya estado más cerca de ellos que de los otros grupos.  Muchas costumbres primordiales de los fariseos han sido secundarias  para Jesús, que las consideró   así frente a las obligaciones morales.

 

Jesús comía con los pecadores y no condenaba  a los que se sentaban al lado de  la mesa sin haberse lavado las manos,  o a los que trabajaron en sábado.  Los jueces, que lo acusaron de blasfemia por su promesa de perdonar los  pecados y  que sugirieron que su poder exorcizador procedía del demonio, no tenían por qué ser necesariamente fariseos. Cuando el sumo sacerdote saduceo lo acusó de blasfemo durante el interrogatorio, tampoco tuvo razón, pues las palabras de Jesús no podían ser  consideradas como  blasfemia respecto a ninguna ley judía, ni bíblica ni postbíblica.  Además, aunque pudiera alegarse que él hubiera afirmado ser el Mesías o el Hijo de Dios, tampoco es blasfemia, ni pecado que merecía la pena capital.

 

La curación de Jesús ha sido muy bien caracterizada por las palabras de Stefan Zweig: "Curación del espíritu, para curar también el cuerpo". Con esta forma de curación, Jesús se acercó al sistema más moderno de la medicina que reconoce la  relación innegable entre cuerpo y alma.

 

Jesús consideraba  la curación como una obligación moral y la practicaba siempre que fuera necesario, incluido el sábado, mientras la religión judía de aquella época la  permitía sólo en casos de peligro de muerte. De ahí surgió una  razón más por la cual algunos lo consideraron violador de la tradición referente al shabat.  Para Jesús, la curación era una obligación humanitaria, más importante  que la observancia rígida de las leyes; admitamos que tenía razón..

 

En principio, no encontramos ninguna brecha entre Jesús y los fariseos. El pueblo se congregaba y seguía al rabino fariseo por sus palabras muy atractivas,  y él no insistía en  la observancia minuciosa de todas las leyes ceremoniales. Era un rabino cuyas enseñanzas  eran más fáciles, y más ligera su carga. Lo seguían multitudes provenientes de las pequeñas ciudades y aldeas circundantes que pertenecían a la clase menos culta, los "am haaretz", pescadores y campesinos simples, y quizás  funcionarios, obreros, jornaleros, y también desocupados.

 

También había mujeres, jóvenes y viejas, de inclinaciones histéricas y de corazón bondadoso, sedientas tanto de milagros como de buenas obras.

 

Fuera de estos seguidores más íntimos, también lo rodeaba una multitud de Galilea, un grupo considerable por su número.

 

Según las palabras de la Biblia, los términos de los Pseudepigráficos,   los Manuscritos del Mar Muerto, y asimismo  las  primeras fuentes rabínicas, el Mesías será el futuro salvador o redentor. Sin duda alguna,  hay que considerar las diferencias entre la esperanza mesiánica general del judaísmo palestino, y las peculiares especulaciones mesiánicas características de ciertas minorías ilustradas y/o esotéricas de la época. El significado de la palabra “MESÍAS” en el cristianismo primitivo y luego a través de su desarrollo, ha sido diferente del concepto judío contemporáneo.

 

¿Cuál era la esperanza mesiánica de Israel en el periodo intertestamental? Los Salmos de Salomón, las 18 Bendiciones recitadas diariamente  y los textos del Mar Muerto confirman que esperaban a un Rey del linaje de David que triunfara sobre los gentiles, salvara y restaurara a Israel. Sin embargo, no se le consideraba como un simple rey guerrero, sino  una persona por cuyo intermedio se estableciera la justicia de Dios en la Tierra. Una persona que combinará el genio militar con la rectitud y la santidad.

 

Había conceptos antiguos sobre un Mesías sacerdotal y un Mesías profético separados y, en algunos casos,  una figura mesiánica que abarcase todas estas funciones.

 

Desde los finales del siglo primero a.e.c., hubo también mucha especulación mesiánica sobre el Mesías oculto y revelado. Según esta teoría, el Mesías debería permanecer desconocido y oculto en la Tierra, hasta que madurase el plan divino. Sin embargo,  en el pensamiento judío la preexistencia celestial del Mesías no afecta su carácter humano.

 

En la literatura rabínica, hay  especulaciones esporádicas relacionadas con un Mesías que debía morir en el campo de batalla escatológico.  Incluso se habla sobre dos Mesías, uno descendiente de José, y otro, descendiente de David.

 

Todos los estudiosos, incluso eruditos cristianos, admiten que Jesús nunca afirmó directa o espontáneamente que él fuese el Mesías. La afirmación tradicional se basa sólo en pruebas circunstanciales.  Según los Sinópticos, nadie acusó a Jesús de pretensiones mesiánicas antes de la Pasión. Su papel sería, según este contexto, un rey autoproclamado, rey de los judíos, como lo tituló Pilato. Este mismo  título en la Cruz demuestra que fue ejecutado como Rey de los Judíos.  El conflicto con respecto a la mesiandad de Jesús sólo se produjo en Jerusalén, y después de la Pasión. No hay antecedentes polémicos tampoco en los Evangelios Sinópticos.

 

 Cuando el portavoz de los discípulos, Pedro, declaró su mesiandad, Jesús le prohibió proclamarlo en público.  Durante el diálogo frente a los miembros del Sanedrín en la casa del Sumo Sacerdote, como  en la audiencia legal frente a Pilato, Jesús nunca dijo que él fuera el Mesías, sino sólo  confirmó lo que sus contrincantes le adjudicaron.   La gran mayoría de los especialistas en el Nuevo Testamento, incluyendo muchos no cristianos, defienden la teoría de que Jesús tuvo una conciencia mesiánica, pero, por diferir de la idea popular, prefirió no abordar la cuestión, no entrar en polémica.         

 

La creencia en la Resurrección de Jesús se convirtió en tema de creciente importancia sólo en la época post-sinóptica, y en especial post-marcosiana, de la evolución doctrinal. Este proceso resulta aun más asombroso si tenemos en cuenta que la idea de la resurrección de la carne no jugaba un papel significativo en las prédicas de Jesús, y sus discípulos tampoco esperaban que él resucitase. El pueblo contemporáneo tampoco esperaba a un Mesías resucitado. Lo que históricamente parece ser comprobado es, que eran las mujeres creyentes que fueron a honrar a Jesús por última vez. Para su consternación, no encontraron su cuerpo,  sino solamente una tumba vacía.

 

El problema de la resurrección es un problema de fe y de creencia. Los hermanos cristianos lo creen. Aunque  nosotros no compartimos esta fe,  la respetamos.

 

Conclusión

 

El Cardenal Bea, de bendita memoria, dijo: "La fe de Jesús nos une con los hermanos judíos, la fe en Jesús nos separa."

 

Para nosotros los judíos, la persona de Jesús  no es divina sino profundamente  humana. Fue un hombre lamentablemente muchas veces malentendido, un hombre judío quien nació como judío, vivió como judío y murió en  la Cruz como judío, y jamás dejó de querer y amar a Israel.

 

El día 11 de abril de este año, Su Santidad el Papa Juan Pablo II recordó -en uno de los discursos más enérgicos de su Pontificado- que "Cristo era judío", y volvió a condenar el antisemitismo.

 

Me permito citar las palabras de Su Santidad el Papa Juan Pablo II, pronunciadas en esa ocasión:

 

Si los cristianos fueran plenamente conscientes de que Cristo fue un auténtico hijo de Israel,  "ya  no podrían aceptar que los judíos como tales, fueran  despreciados o, peor aún, maltratados". El Papa habló acerca de las relaciones entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre cristianos y judíos, subrayando que, en los primeros siglos, la Iglesia tuvo la intención de separar y presentarlos como opuestos, y mencionó que la intención se manifiesta incluso en nuestra época, especialmente entre los feligreses.

 

"Muchas veces se comprueba una gran ignorancia acerca de la profunda relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y, de esta ignorancia, algunos extraen la impresión de que los cristianos no tienen nada en común con los judíos.

 

"Siglos de prejuicios y oposición recíprocas,  han excavado un foso que la Iglesia trata de rellenar ahora, alentada por el Concilio Vaticano Segundo."

 

Según Su Santidad el Papa, "se puede definir la identidad humana de Jesús a partir del vínculo con el Pueblo de Israel, de la Dinastía de David y de la descendencia de Abraham. Y no se trata sólo de una pertenencia física -insistió-, pues Cristo es un auténtico hijo de Israel, profundamente arraigado en la larga historia de su pueblo. Privar a Cristo de su relación con el Antiguo Testamento, sería arrancarle sus raíces y vaciar su misterio en todo sentido. En ese caso, sería un meteoro casualmente caído a la Tierra, desprovisto de toda conexión con la historia de la humanidad."

 

"La Iglesia -continuó el Santo Padre- acepta plenamente que Cristo estuvo insertado en la historia del pueblo de Israel y considera a las Escrituras Judías como Palabra de Dios, siempre válida y dirigida a la Iglesia misma, como  a los hijos de Israel". (Ciudad del Vaticano, 11 de abril).

 

Según San Juan (19.30), cuando Jesús tomó el vinagre, dijo: "Todo había terminado".  Pero eso no era cierto, pues todo estaba por empezar. Simplemente había  llegado el instante  que muera un gran hombre, cuya vida y muerte cambió el rumbo de la historia de la humanidad. Un judío, un hermano

de todos nosotros, sobre quien  escribió el gran filosofo judío contemporáneo Martín  Buber: "Yo encontré a Jesús desde mi juventud, como mi hermano mayor."

 

Estoy convencido de que muchos de nosotros sentimos lo mismo..

 

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