JESÚS SE REVELA A SUS DISCÍPULOS

 

 

El  Hijo  del  Hombre era un caminante sin hogar  en  tierra extranjera. Ya no lo rodeaban, como en la Galilea,  multitudes  de creyentes  y  admiradores entusiastas,  ya no había más  milagros obrados  por  Él o para Él,  no podía vencer ni convencer  a  sus enemigos de   qué  poder  le quedaba, y cómo  podían  sus  discípulos seguir creyendo en Él. La desesperación comenzaba a introducirse furtivamente en su corazón;  había perdido su antigua alegría.

 

Pensamientos sombríos lo oprimían cuando volvió hacia los discípulos y les preguntó:   ¿Qué dicen los hombres de mí? ¿Quién  soy?  Los  discípulos replicaron:  Juan  el  Bautista, algunos dicen que Elías, otros dicen que uno de los profetas.

 

La  doctrina  y el modo de vivir de Jesús se asemejaban,  en gran  medida, a las de Juan Bautista, a las del Profeta  Elías y  a  las  de los antiguos profetas .

 

Cuando Jesús preguntó, Pero para vosotros, ¿Quién soy?  El pescador Simón, el primero de los discípulos, contestó: Tú eres el Mesías.  Al principio, Jesús  quedó sorprendido y luego, les prohibió mencionarlo a los otros.  Pero pensando en las descripciones de los Profetas antiguos sobre el Mesías sufriente, él también empezó a hablar de los sufrimientos que debía padecer .

 

Eso nos parece un poco raro,  pues la idea de un Mesías ajusticiado en la época de Jesús, todavía era incomprensible, tanto para los judíos como probablemente para el  mismo Jesús.

 

De todos modos, Jesús vio que el lugar donde estaba, no era adecuado para la Revelación de su mesianidad. Por lo tanto, dijo que iría a Jerusalén, a la Ciudad Santa, donde tendría  mayor difusión.

 

Jesús y sus discípulos comenzaron, entonces, el viaje a Jerusalén. Durante el viaje fueron también a Capernaum donde, como un buen judío, Jesús pagó su medio siclo para el fondo del Templo. Era  ese el mes Adar, cuando los judíos pagaban este impuesto para el mantenimiento del culto.

 

De la conversación que tuvo con sus discípulos sobre los honores que ellos recibirían, se ve que el ideal de Jesús no era exclusivamente espiritual; se trataba de un verdadero Ideal Mesiánico judío, es decir, material y terrenal.

 

Después de Capernaum, Jesús intentó llegar a Jerusalén a través de Samaria, donde no tenía que temer de Herodes Antipas. Samaria no estaba en posesión de Herodes, sino del procurador romano, y allí no había peligro. Muchos de los habitantes aprovecharon su presencia y  fueron a verlo con hijos, y lo saludaron como obrador de prodigios. Jesús, siguiendo la idea del Talmud, trató con mucho cariño a los niños.

 

Aparentemente,  Jesús quería entrar a Jerusalén como el Mesías, pero el rabino galileo, pobre y perseguido, no podía presentarse en la Ciudad Santa gobernada por extranjeros y visitada por muchos judíos en esta época, como un conquistador. Eligió, en consecuencia, hacerlo manso y sentado sobre un asno. Además, esta forma coincidió con la descripción del profeta Zacarías en el capítulo noveno. A medida que avanzaba, las gentes tendieron sus mantos ante sus asnos, muchos  cortaron ramas de árbol y las esparcieron sobre la ruta, gritando "Hoshana".

 

Es interesante notar que, aunque haya atraído la atención de mucha gente, nadie lo veía como el Mesías. Lo saludaron como el profeta galileo, de gran prestigio.

 

Jesús en Jerusalén

 Jesús, en el curso de su vida, seguramente muchas veces visitó Jerusalén, pero nunca con algún despliegue que atrajera la atención del público, o rodeado por discípulos y seguidores.  Tenía que hacer algo muy vistoso que, además,  guste al público, para que haya suficiente ambiente para declararse  Mesías. Jesús pasó la noche en Betania, la víspera del tercer día de la semana, y al tercer día  fue a Jerusalén, donde consumó un hecho muy importante, el mayor de los actos públicos que realizó durante su vida .

 

No quiso suscitar una revuelta contra el poder de Roma, sino algo grandioso para el público. No nos parece evidente que Jesús fuese deliberadamente a Jerusalén para morir, y no es lógico decir que su muerte premeditada fuera su mayor obra.  Nuestra opinión en este sentido parece ser apoyada por su oración en Getsemaní, y por la conducta de sus discípulos ante su arresto y crucifixión.

 

Jesús fue firme en su decisión de llevar a los hombres al arrepentimiento y a traerles el Mesías y el Reino de los Cielos. Pero antes debía consumar algún importante acto público que le procurara un mayor renombre. Tendría que ser de naturaleza religiosa y no política; no deseaba ni podía declararle la guerra a Roma, por lo tanto, resolvió purificar el Templo y expulsar a los vendedores de sacrificios y a los cambistas de monedas con  la efigie del César por otras más pequeñas que no lo llevaban. Cabe subrayar que estos cambistas y vendedores de  palomas cumplían un papel necesario dentro del sistema del Santuario de aquel entonces y, en verdad, no estaban propiamente allí, sino en los atrios que llevaban hacia el Templo .

 

Jesús actuó francamente por la fuerza, queriendo demostrar que el Templo había sido profanado por la presencia de comerciantes y de cambistas. La acción de Jesús atrajo la atención del pueblo, y también la de los escribas y sacerdotes. Entonces salió de la ciudad después de los hechos, presumiblemente para colocarse fuera del alcance de las autoridades.

 

Al día siguiente, Jesús y sus discípulos volvieron a Jerusalén y entraron en el Templo. Los funcionarios, escribas y ancianos le preguntaron, en virtud de qué autoridad había obrado el día anterior. Jesús les contestó con altivez. Sin embargo, no lo apresaron sino buscaron dañar su popularidad, o alejarlo por conspirador y rebelde. El pueblo anhelaba la redención y liberarse del emperador romano. Si Jesús era el Mesías, debía ser enemigo del Emperador. Hasta el momento,  había demostrado  no temer a nadie, ni a las autoridades del Templo ni a los hombres más honrados de la nación. Le pedían, entonces,  que declarase sin miedo ni respeto de personas si se debía pagar el tributo al César, a lo cual él replicó:  “Dad a César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

 

Era una réplica de mucho peligro, demostrando que no se oponía al pago del tributo ni se rebelaba contra el gobierno. La respuesta convenció al pueblo de que Jesús no era su Redentor, y que no había llegado para liberarlos del yugo romano edomita. Perdió algo de su popularidad, lo que se ve también en el hecho de que el pueblo, que lo apoyaba cuando entró en Jerusalén, no movió un dedo para salvarlo cuando tres días más tarde fue juzgado y condenado. Parece que la respuesta respecto del tributo  convenció a la gente que no podían esperar de ese Mesías galileo la redención política y la libertad nacional y, aparentemente, el pueblo no  mostró gran interés por la redención espiritual.

 

Así  que también en Jerusalén empeoró su situación. Tuvo en contra la mayoría del pueblo; los fariseos se oponían a él desde el punto de vista religioso; los herodianos eran sus enemigos; y los saduceos, entre ellos los más importantes dependientes o amigos del Imperio Romano, tampoco lo querían. Quedaban solamente los esenios, eventualmente, y tal vez los celotes quienes, en ese momento, todavía no tenían poder y no representaban la voluntad del pueblo.

 

A pesar de todo, nos parece que Jesús era un fariseo y aunque haya tenido discusiones con ellos, estaba más cerca  que de cualquier otro grupo de la nación de aquel entonces.

 

En ese mismo día, el cuarto de la semana, ocurrió algo que aceleró su fin. La deserción de Judas Iscariote.

 

 Se habló y se escribió mucho sobre él, presentándolo como traidor. No es fácil saber qué pasó, pues según la tradición fue el mejor y más devoto de los discípulos de Jesús, y uno de los apóstoles que predicarían el Reino del Cielo. Unos dicen que gradualmente su entusiasmo se enfrío y comenzó a reaccionar con desdén a las palabras y hechos de su Maestro, llegando a la convicción, que Jesús no siempre lograba éxito en la curación de enfermedades;  que temía a sus enemigos y perseguidores; que trataba de escapar de ellos; que en su doctrina y conducta había contradicciones notables.  Poco a poco se convenció de que se trataba de un falso Mesías o de un falso profeta que erraba y hacia errar. Un seductor que llevaba por un mal camino. Uno a quien la Ley ordenaba matar y para quien se prohibió toda piedad, compasión o perdón.

 

Hay otro concepto, para mi más creíble. Siendo Judas el más adicto de los discípulos de Jesús, ya no pudo soportar la lentitud que manifestaba en la revelación de su mesianidad. Quiso apresurarlo. obligarlo a que se manifestase para todos. Consideraba que el mejor modo para ser reconocido como Mesías por todos, era que se demostrara que puede salvarse de sus enemigos, o por su propia fuerza, o  Dios vendría en ayuda de su Ungido y Elegido. Estaba convencido que si apresaban a Jesús y sus enemigos quisiesen matarlo, él podría salvarse.

 

De ninguna manera es aceptable que Judas Iscariote fuera un traidor y, aun menos, que hubiese hecho  por dinero lo que hacía.

 

La Noche de Pascua en Jerusalén

 

No hay duda al respecto: Jesús y sus discípulos celebraron el tradicional Seder en Jerusalén, en la quinta noche de la semana. Jamás pensaron que esta sería "La Última Cena". Lo celebraron en la forma tradicional: presentaron el sacrificio, el cordero pascual, y luego se sentaron para comerlo acompañado por pan ázimo, vino y seguramente también con hierbas amargas.  Según la tradición, el objetivo de esta celebración es recordar la salida de Egipto de los antepasados, y la esperanza en la futura liberación, en la realización de la época mesiánica, anunciada por los profetas.

 

El nombre tradicional de esta noche es  “La noche de la vigilia", cuando los presentes recuerdan y, teniendo fe en Dios, aumentan su esperanza en un mejor futuro.

 

Cuando la celebración ritual terminó, Jesús tomó el pan ázimo, el último pedazo de pan ázimo guardado, y también la copa de vino que estaba preparada para el profeta Elías cuya llegada, antes o más tarde, se realizará. Dijo las bendiciones correspondientes y, según los Evangelios, dijo: "Tomad y comed, que éste es mi cuerpo y luego bebed de ello, porque esta es la sangre de la Alianza que es derramada por muchos para perdón de los pecados".  Nosotros los judíos no entendemos el significado de estas palabras. Hay muchos teólogos no judíos que tampoco lo entienden. Se lo considera un misterio, que más tarde se transformó en la base de Eucaristía.

 

Este es el origen del rito de la Última Cena y de la teoría mística de la transubstanciación. Aunque es difícil admitir que Jesús haya dicho a sus discípulos que debían comer de su cuerpo y beber de su sangre. El comer del cuerpo y beber sangre, aunque no fuera más que simbólicamente, podía haber suscitado horror en las mentes de esos simples judíos galileos, y de haber esperado Jesús una muerte a breve plazo, la inminencia real de la misma no los habría perturbado tanto posteriormente.  Jesús no sabía que su muerte era inminente, pero la temía. Desde su primera jornada en Jerusalén, temió ser arrestado por las autoridades. Sólo esto explica que todas las noches marchara a Betania. Pero después del Seder, no le era posible porque, según la tradición, era obligatorio pasar la noche en Jerusalén, aunque no en el mismo lugar donde se comía.

 

Después de haber cantado los Salmos de Alabanza (Halel), Jesús y sus discípulos fueron al Monte de los Olivos, el distrito más apartado dentro de los límites de Jerusalén. Jesús estaba deprimido, sentía que había fracasado. En la ciudad  había hecho muchos enemigos poderosos, pero no muchos amigos. Ni siquiera confiaba en sus discípulos. Eran de mentalidad estrecha, los encontraba demasiado simples, no llegaban al espíritu de sus enseñanza y de sus ideas, no mostraban más que una veneración ciega. Presentía que sus enemigos se preparaban para quitarle la vida.

 

La tragedia comenzaba. Jesús se apartó en un Huerto llamado Getsemaní, se separó de los discípulos, diciendo que iba a orar. Llevó consigo solamente  a Pedro, Santiago y Juan; esa noche temía quedar solo en la ciudad llena de enemigos Todo esto es muy humano y trágico y no comprueba que Jesús, a sabiendas, fuera a Jerusalén a morir. No tuvo ningún conocimiento de su muerte inminente, no sabía que pronto sería arrestado y ajusticiado. Pero sabía que sus enemigos eran muchos y poderosos, mientras que sus seguidores eran pocos y sus discípulos débiles. De allí que el miedo a la muerte comenzaba a deslizarse sobre él.

 

Comenzó a orar: "Padre, todas las cosas son posible para Ti, aparta de mí esta copa". Esta oración tiene una brevedad maravillosa y es profundidad humana.

 

Aunque Jesús ordenó a sus discípulos mantener la vigilia y  rezar, ellos dormían y así, Jesús quedó solo. La pena y el sufrimiento del solitario Hijo del Hombre, profundos como lo son, dejan en todo corazón sensible, creyente o no, una impresión imposible de borrar.

 

El Juicio y la Crucifixión de Jesús

 

Aquí señalamos sólo que en aquella época, el Templo y el gobierno local estaban en manos de los sacerdotes saduceos, Betocianos. De allí que los jefes de los sacerdotes, escribas y ancianos mencionados en los Evangelios eran casi todos saduceos. Los fariseos, aparentemente principales  oponentes a Jesús, ya no desempeñaron un papel importante en la vida política, su lugar fue ocupado por los saduceos, ligados al gobierno romano cuyo objetivo era deshacerse de todos aquellos que podrían transformarse en  iniciador o foco de rebelión contra los romanos. Jesús, a sus ojos, fue un rebelde, un revolucionario, un eventual Mesías, o el futuro Rey de los judíos.

 

Los saduceos no sentían simpatía alguna por las ideas mesiánicas, debido al efecto perturbador de las mismas sobre las condiciones políticas.

 

Jesús, en estos momentos, ya estaba convencido de su Mesianidad.

 

Jesús ha sido arrestado, llevado a la casa del Sacerdote y al otro día,  entregado a Poncio Pilato, el procurador plenipotenciario del Imperio Romano. Éste lo juzgó por ser considerado “Rey de los Judíos”.

 

Con la muerte y sepelio de Jesús, termina su vida terrestre  y comienza la historia del cristianismo.

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