JESÚS - HIJO DEL HOMBRE

 

 

 En los Evangelios Sinópticos, el titulo Hijo del Hombre se utiliza  con frecuencia  y continúa apareciendo con relativa frecuencia en el IV. Evangelio. La base de esta expresión la podemos encontrar en  el Libro del profeta Ezequiel, donde Dios se dirige normalmente al profeta como" hijo del hombre", pero nunca cumple esta función en el Nuevo Testamento.

 

Julius Wellhausen escribe: "Jesús utiliza la expresión sin ningún sentido esotérico no sólo frente a sus discípulos. Sin embargo, nadie encontró la frase extraña, ni pidieron  una explicación. Todos dejan pasar el hecho sin sorprenderse, ni siquiera los fariseos, que no estaban acostumbrados a aceptar algo ininteligible.

 

La expresión "hijo del hombre" figura también en el Libro de Daniel 7.13, donde el héroe es un ser humano, elevado por encima de las malignas bestias, representante simbólico del triunfo escatológico del Israel histórico. Algunos de los rabinos posteriores lo identifican con el Mesías, cuya llegada dependería de las  virtudes o de los pecados de Israel, en los últimos tiempos.

 

El Libro Etíope  de Henoj también utiliza esta expresión, con referencia al  Mesías que ha sido nombrado antes de que se hicieran las estrellas y el cielo.

 

Rudolf Bultmann clasifica las referencias evangélicas al Hijo del Hombre en tres grupos, los que tratan: 

 

  • la actividad terrenal,
  • su muerte y resurrección y
  • su futuro regreso.

 

Jesús, Hijo de Dios

 

Jesús se llama a menudo como Hijo de Dios en el Nuevo Testamento. Eso  se basa en la tendencia de identificarlo con toda naturalidad con la idea de la divinidad. Lo que se interpreta es que está reconocido como igual a Dios.

 

Jesús jamás se refirió a si mismo como Hijo de Dios. La doctrina de la filiación no jugó ningún papel en la proclamación publica de Jesús, y nunca figura en una narración, siempre en confesiones. Incluso, según los textos que tenemos, Jesús nunca utilizó el título. Esta expresión apareció solamente en la predicación de la Iglesia helenística gentil.

 

El Antiguo Testamento, donde también es conocida la expresión "Hijo de Dios", se refiere a tres casos:

 

  • seres celestiales o angélicos,
  • israelitas o pueblo de Israel en cuanto tal,
  • reyes de Israel.

 

El Salmo 2 jugó un papel básico y decisivo en la formación del pensamiento mesiánico judío post-bíblico, puede ser que de aquí surgió esta denominación.

 

En el Libro del Eclesiástico, Jeshua ben Siraj aplica la expresión a la responsabilidad  social, mientras la Sabiduría de Salomón al hombre justo. El Libro de los Jubileos  se refiere así a los hombres de integridad y de justicia, amados por Dios. Mientras en el Talmud figura así: cuando los israelitas hacen la voluntad del Santo, son llamados hijos, pero cuando no lo hacen, no son llamados  hijos.

 

En los documentos de Qumrán, "Hijo de Dios"  corresponde a la nomenclatura mesiánica. Sin embargo, nos parece que el epíteto Hijo de Dios puede acompañar al título Mesías,  pero no hay pruebas que apoyen la igualdad o intercambiabilidad de ambos.

 

Dentro del uso común de la expresión "Hijo de Dios" en el pensamiento judío posterior, todos los seres humanos son hijos de Dios, porque llevan una parte de la divinidad, la chispa divina, dentro de su  ser. La expresión "Avinu", nuestro Padre, o "abba", padre, es muy frecuente en la literatura judía, sin pensar  en la descendencia natural, sino más bien la conciencia filial y enfática.

 

La identificación de una figura histórica contemporánea con Dios  habría sido inconcebible para un judío palestino del siglo I. e.c., pero sí podía parecer aceptable para los pueblos helenizados del Imperio Romano.

 

Jesús, Hijo de una Virgen

 

En el lenguaje tanto de los judíos griegos como de los hebreos, el término "virgen" se utilizaba de forma muy elástica. No se limitaba de modo alguno a indicar hombre o mujer sin experiencia sexual. En la versión griega de Génesis, la palabra "parthenos" está traducida con  tres palabras hebreas distintas: “betulah – virgen”, “naarah – muchacha, alma” - mujer joven. En el hebreo bíblico y rabínico, el termino betulah puede indicar virgen intacta, aunque  otro uso bien establecido de betulah no asocia virginidad con ausencia de experiencia sexual, sino con incapacidad de concebir. Virgen es la muchacha que no ha  alcanzado aun la pubertad. Este tipo de virginidad no termina con la relación sexual, sino con la menstruación. Según el contexto rabínico, puede ser virgen una madre de varios hijos. Por supuesto, se lo considera como intervención particularmente milagrosa de parte del Cielo.

 

La única conclusión razonable que aparentemente surge es que si los primitivos intérpretes de la tradición original hubiesen deseado hacerlo, podrían haber interpretado la historia de Jesús y de su madre virgen remitiendo  su origen a los  nacimientos legendarios de héroes como Isaac, Jacob  y Samuel, cuyos padres, aunque titulares de la responsabilidad de la concepción, tuvieron hijos gracias a una intervención divina que superó la incapacidad de sus mujeres.

 

Que el cristianismo primitivo pasase de esta alternativa  de fe en la mediación divina, a la creencia totalmente nueva, es decir un acto de fecundación divina, con la consecuencia del nacimiento de un hombre-Dios, pertenece a la sicología de la religión, más que a la historia.

 

Conclusiones

 

Jesús no perteneció ni los fariseos, ni a los esenios, ni a los zelotes o a los  gnósticos, sino era uno de los taumaturgos consagrados de Galilea.    Con eso no queremos decir que fuese sólo uno de ellos, y nada más. En su mensaje ético hay un  factor sublime, distinto y original, sin paralelo en ningún otro código ético hebreo. Tampoco tienen paralelo sus maravillosas parábolas, como escribe Joseph Klausner en su libro: Jesús de Nazaret.

 

Sin rival en la profundidad de su pensamiento y en la grandeza de su carácter, es un particular maestro, incomparable en el arte de descubrir lo más intimo de la verdad espiritual y de remitir todo tema a la esencia de la religión, a la relación existencial del hombre con el hombre y del hombre con Dios.

 

Debería añadirse que hay un aspecto en que difiere más que en cualquier otro de sus contemporáneos e incluso de su predecesores proféticos.  Los profetas hablaban en favor de los pobres honrados, y defendían a las viudas y a los huérfanos, a los oprimidos y a los explotados por los malvados,  por los ricos y los poderosos. Jesús fue más allá. Además de bendecir a éstos, se situó entre los parias de su mundo, entre aquellos que los respetables despreciaban. Los pecadores eran sus compañeros de mesa, y los despreciados recaudadores de impuestos y las prostitutas, sus amigos.

 

El descubrimiento de los auténticos antecedentes de Jesús y de su auténtica judeidad pretende ser, ni más ni menos,  un intento de eliminar malentendidos que han sido responsables durante mucho tiempo de una imagen irreal de Jesús y es un paso hacia  lo que podría ser el descubrimiento del hombre  que fue. Es verdad que sus seguidores tuvieron, desde el principio, grandes dificultades para aceptar las opiniones que él expresaba sobre sí mismo.  Aunque explícitamente eludió el título de Mesías, muy pronto le invistieron con él, haciéndose desde entonces inseparable de su imagen en el pensamiento cristiano.

 

Por contraste, aunque aprobó la designación "profeta", fue éste uno de los primeros apelativos que la Iglesia desechó y  que nunca ha vuelto a adoptar. El resultado ha sido que, incapaz de determinar y admitir el significado histórico de las palabras registradas por los Evangelistas o no deseando hacerlo, el cristianismo ortodoxo ha edificado una estructura doctrinal basada en una interpretación arbitraria de sentencias evangélicas, una estructura que tiene que ser por su propia naturaleza muy vulnerable a la critica racional. Los eruditos neotestamentarios cristianos de hoy muestran una tendencia agnóstica respecto a la autenticidad histórica de la mayoría de estas palabras. Y a veces niegan que sea posible determinar algo históricamente sobre el propio Jesús. 

 

Desde luego, a menos que alguna posibilidad afortunada nos proporcione nuevas pruebas en el futuro, poco puede decirse de él, desde esta distancia temporal, que pueda autentificarse históricamente .El positivo y constante testimonio de la tradición evangélica más temprana, estudiado en su medio   natural, la religión carismática galilea del siglo I, no nos lleva a un Jesús tan irreconciliable con la estructura del "judaísmo", como parece indicarnos la generalidad de sus propias palabras e intenciones verificables, sino a otra figura, al Jesús hombre justo, al tzadik, al Jesús que ayuda y cura, al Jesús maestro, venerable por sus fieles más íntimos y, en este sentido, menos comprometidos como Señor o Hijo de Dios.

 

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