TREINTA AÑOS DE LA PUBLICACION DE LA DECLARACION

"NOSTRA AETATE"

1995

 

 

Estamos celebrando el trigésimo aniversario de la Declaración Nostra Aetate que pone sobre nuevas bases la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas, entre ellas con el judaísmo. La enorme mayoría de los señores cardenales y obispos que han asistido  al Concilio Vaticano Segundo, han aprobado el documento que marcó el comienzo de una nueva era en las relaciones entre judíos y católicos en el mundo entero.

 

Ante todo, quisiera rendir homenaje respetuoso a dos personalidades,  sin cuya colaboración  este documento y sus consecuencias no habrían podido llegar a su publicación y difusión.

 

La gran personalidad carismática del Papa Juan XXIII, de Bendita Memoria, fue el padre y el primer forjador de este Documento que  marcó, y sigue marcando, historia. Los años que sirvió como Nuncio Apostólico en Sofía y en Ancara, desde donde  pudo observar de cerca la tragedia del judaísmo europeo, lo prepararon muy enfáticamente para esta acción. Sus famosas palabras dirigidas a un grupo de dirigentes judíos: "Yo soy José, vuestro hermano", no han sido y nunca serán olvidadas. Fue él quien  poco después de haber sido elegido Papa, tomó la iniciativa de pedirle al cardenal Bea que preparara un Documento acerca de los judíos. Fue, en efecto, el Cardenal Bea el gran arquitecto de este cambio histórico entre las dos religiones, y fue él quién lo condujo  a su final feliz. 

 

"Veyanuju  beshalom vezijronam livraja" - estas palabras hebreas significan "que descansen en paz, y su recuerdo traiga bendición para los sobrevivientes quienes  guardarán su memoria con devoción piadosa. Que descansen en paz todos aquellos que han preparado y realizado la promulgación de la Declaración Nostra Aetate, que define las futuras relaciones entre  la Iglesia y el Judaísmo. Después de largos siglos de   falta de entendimiento, de   desprecio, de odio y persecuciones, una nueva relación había nacido: "La época del diálogo amistoso y fraternal."

 

Este documento no contiene ninguna referencia a los textos constituidos en la enseñanza de la Iglesia, sean patrísticas, conciliares o pontifícales, casi todos llenos de desprecio, hostilidad y muchas veces de odio contra los judíos, y que  crearon una época de desconfianza y dolor, de resquemor e ignorancia mutuas.

 

Basándose en la Declaración Nostra Aetate y los otros Documentos posteriormente emitidos por el Vaticano, y una serie de  Declaraciones de su Santidad el Papa Juan Pablo II y de otras altas autoridades de la Iglesia, hemos llegado al momento en que tenemos la posibilidad de conocernos mejor mutuamente, cumpliendo lo que señala la Declaración Nuestra Aetate. Todos estos textos, y también todos los textos posteriores, son igualmente de gran importancia para el desarrollo de una nueva teología; subrayan el estrecho vínculo entre la Iglesia y el judaísmo, y hacen hincapié especial en las raíces judías del Cristianismo.

 

El documento señala que es importante e indispensable, tener en cuenta que el patrimonio espiritual común de judíos y cristianos es de tanta envergadura, que vale la pena estudiarlo, y los diálogos fraternales recomendados al respecto, contribuyen a la  comprensión mutua de las respetivas religiones.

 

Uno de los documentos, "Las Orientaciones", dan una definición referente al diálogo judeocristiano que lo considera muy importante para poder comprender la relación entre ambas confesiones. Dice el documento: "El diálogo presupone que cada parte desea conocer a la otra y desea aumentar y profundizar su respectivo conocimiento sobre la otra parte. Constituye un medio particularmente eficaz para favorecer el mejoramiento del conocimiento mutuo, y especialmente en el caso del diálogo entre judíos y cristianos, comprender los alcances de la tradición de cada uno."

 

El diálogo exige respeto mutuo y toma al otro tal como es. Pero, por sobre todas las cosas, es indispensable el respeto mutuo por la fe y por las convicciones religiosas del otro.

 

Esta definición del diálogo debería ser el eje de las relaciones entre católicos y judíos. Según mi opinión, en nuestro diálogo debemos sobreponernos a las dos formas de triunfalismo. Uno es el triunfalismo espiritual cristiano que niega  al judaísmo y al pueblo judío el derecho de tener un papel en los designios de Dios. Y también existe lo que podría denominarse: "con el triunfalismo del dolor",  el peso que ejercen los recuerdos entre el pueblo  judío. Recuerdos que son actuales, presentes también en nuestros días, recordando  las persecuciones cristianas en las diferentes épocas de la historia,   las enseñanzas cristianas de desprecio, y también el silencio de la Iglesia durante el Holocausto.

 

Tenemos que vencer estos triunfalismos, para poder encontrar, en cada semejante, a otra criatura de Dios. Eso se sobreentiende. Pero todavía es difícil acostumbrarnos al cambio en las intenciones de la Iglesia, porque los recuerdos aún lastiman  mucho. La enseñanza del desprecio se enraizó en forma muy profunda durante tantos siglos,  se introdujo en la educación y en los materiales que dicho sistema utilizaba, y en  algunos lados sigue utilizándolos, aunque cada vez en menor grado. Son éstos los grandes desafíos que tenemos que descubrir y solucionar en nuestras relaciones como necesidad indiscutible, antes de entrar en el Tercer Milenio. Sería muy conveniente que mutuamente busquemos  conocer con atención, qué  piensa cada  uno sobre lo suyo; pues, ante todo,  tenemos  que aprender y conocer mejor lo  propio, para que pueda transmitirlo al otro. Esa es la base de un futuro diálogo fructífero y fraternal.

 

Me gustaría citar a Martín Buber, cuando dice que fuera de Israel, “nadie conoce el misterio y los problemas del judaísmo, y fuera de la cristiandad, nadie conoce el misterio y los problemas del cristianismo. Pero, en su respectiva ignorancia, pueden conocerse los unos a los otros, en el misterio mismo. Sin duda, éste es un misterio teológico de gran importancia que requiere estudio y comprensión”, pero también exige una límpida clasificación de los documentos y de las declaraciones que podrían reiterar, de alguna forma la vieja enseñanza del desprecio.

 

Durante las reuniones del Comité Internacional de Enlace, que es la máxima autoridad orientadora de las relaciones judeo-cristianas, se decidió dar prioridad al problema de la educación, que nosotros saludamos de todo corazón.

 

Es evidente que si se desea que la nueva teología de la Iglesia acerca de los judíos sea conocida por vastos sectores de la población, hay que asegurar  que los conocimientos elementales acerca del judaísmo sean impartidos en los seminarios teológicos. La nueva teología debería ser conocida no sólo por una élite intelectual en el seno de la misma Iglesia, círculos hasta cierto punto limitados, sino deberían ser conocidos por todos los sacerdotes, evangelizadores y catequistas que tienen la tarea de educar y formar a las generaciones futuras y, hasta cierto punto, también a las generaciones adultas  del presente. Los cristianos deberían conocer mejor los rasgos esenciales por los cuales los judíos se definen a sí mismos a la luz de su experiencia religiosa. Y un esfuerzo similar debe, a la larga, ser emprendido en las instituciones judías de enseñanza superior, en dirección al cristianismo.

 

Se han definido tres etapas en el diálogo:

 

  • La primera etapa debería ofrecer las bases para la toma de conciencia del otro como criatura de Dios, creado a la imagen y semejanza de Dios, que lleva una chispa de la divinidad dentro de sí, como yo, por lo tanto él es mi hermano.

 

  • La segunda etapa debería servir para llegar al conocimiento y al reconocimiento del  otro como ser humano, en su compromiso espiritual-religioso.

 

  • La tercera etapa es la dimensión profética de la relación  entre las dos religiones.

 

Por centurias nos hemos visto los unos a los otros catalogados como "el judío" o "el cristiano", revestidos de sentimientos  proyectados por prejuicios teológicos, históricos, culturales, o por imágenes de experiencias dolorosas.

 

La eliminación de  prejuicios  y recuerdos necesitan la elaboración dialogal por medio de la educación, y  una relación directa, para ahondar este primer nivel del reconocimiento del otro ser. Es la preparación para superar la etapa del monólogo, realidad milenaria de nuestras comunidades.  

 

Para el interlocutor cristiano, esta toma de conciencia significa el encuentro con el ser judío en su variada presentación religiosa, espiritual y comunitaria. El ser judío de hoy no es el hombre bíblico  o el contemporáneo de Jesús;   está   transformado y se transforma  por la constante evolución de su relación actual con Dios y con el impacto de la historia. El judaísmo no es una iglesia o un magisterio. Es una realidad pluralista, una comunidad con sentido de destino, que incluye al judío comprometido en su fe  y en su comunidad étnica-religiosa. Durante los siglos pasados, especialmente en los siglos XIX y XX, la palabra "judaísmo" ganó un nuevo contenido espiritual: el judaísmo es una cultura, una civilización religiosa y dinámica del pueblo judío, desarrolladas en el curso de toda su historia. Es un complejo orgánico  que incluye su visión de Dios, del hombre, del mundo, aspectos religiosos y éticos, ciencia, literatura, idioma, tradición, folklore, costumbres, esperanza colectiva, valores éticos y estéticos.

 

El principiante judío, al estudiar el cristianismo, comenzará a sentir una consideración profunda, encarando la figura de Jesús, su significado y su mensaje.

 

Un aspecto crucial de esta segunda etapa, es la relación humana y comunitaria. La relación entre judíos y cristianos es una situación histórica concreta, enfrentando similares problemas sociales y culturales. Es un esfuerzo pionero en América Latina con grandes posibilidades de creatividad espiritual y comunitaria, en pro de toda la sociedad centralizada en la solución de los problemas más humanos (democracia, progreso económico, cultural, etc.) 

 

Estamos en camino hacia la tercera etapa:  la dimensión profética de nuestra relación.  En muchos aspectos, aún no hemos  llegado a sus umbrales. Este momento es sólo un tiempo de diálogo y de relación total de plenitud de las promesas  proféticas, a fin de abolir prejuicios o imágenes prefabricadas. Es el tiempo de la esperanza del testimonio conjunto de reflexión, cada uno en su vocación y en su llamado, pero juntos frente a Dios, con Dios y en Dios.  

 

Para llegar a este momento, se necesitan voluntad, dedicación,  paciencia y estudios mutuos del contenido espiritual de la propia religión y de la otra. Con intención no usamos la palabra "teología", que es de resonancia incómoda para el judaísmo. a raíz de confrontaciones medievales  y de interrogatorios inquisitoriales. Es una reflexión conjunta basada en las particularidades de cada compromiso  religioso como camino hacia las  necesidades de la vivencia actual, a fin de construir una respuesta a los problemas que judíos y cristianos enfrentamos juntos, hoy, en un mundo secular y materialista..

 

Es la Declaración Nostra Aetate el primer documento que no contiene referencia alguna a los textos constituidos en las enseñanzas anteriores  de la Iglesia, sean patrísticos, conciliares o pontifícales; casi todos llenos de desprecio, hostilidad y muchas veces de odio contra los judíos, y que habían creado  una larga  época de desconfianza,  dolor,  resquemor e ignorancia mutua.

 

Tomando como base la Declaración Nostra Aetate, y los otros Documentos posteriores emitidos por el Vaticano, una serie de las Declaraciones de su Santidad el Papa Juan Pablo II  y de otras altas autoridades de la Iglesia; hemos llegado al momento en que  tenemos la posibilidad de conocernos mejor mutuamente, cumpliendo lo que señala la Declaración Nuestra Aetate. Todos estos textos, y también todos los textos posteriores, son igualmente de gran importancia para el desarrollo de una nueva teología, que subraya el estrecho vínculo entre la Iglesia y el judaísmo, y hacen hincapié especial en las raíces judías del Cristianismo.

 

El Documento señala que es indispensable tener en cuenta, que el patrimonio espiritual común de judíos y cristianos es de tanta envergadura, que vale la pena estudiarlo juntos. Y los diálogos fraternales recomendados al respecto, contribuyen a la  comprensión mutua de las respectivas religiones.

 

Citemos la Declaración del  Sínodo  Pastoral de Santiago de Chile (1967), con la intención de revisar juntos, cristianos y judíos, qué es  lo que había sido realizado de sus ideas y  proposiciones, y qué es lo que tenemos que llevar a cabo juntos, pronto,  porque no ha perdido su importancia en nuestra época, al contrario.

 

Hay que tener en nuestra mente  las sabias palabras del Cardenal Willebrands: "Han sido necesarios dos mil años para llegar a Nostra Aetate. No se puede esperar que  todo rastro del pasado desaparezca milagrosamente en pocos decenios."

 

Los documentos posteriores,  ellos mismos frutos de la Declaración Nostra Aetate, dilucidan la Declaración Conciliar, extienden  considerablemente sus perspectivas y ensanchan sus vías recientemente abiertas. Son testimonios elocuentes para los nuevos horizontes, que el Concilio Vaticano Segundo logró introducir dentro de la Perspectiva Católica.

 

Los treinta años  pasados aclararon que la Nostra Aetate inicia una nueva era en  las relaciones entre católicos y judíos,  llamando a un fraternal diálogo entre la Iglesia y la Sinagoga. Comenzó una  era de diálogo. Las conversaciones entre católicos y judíos prosperaron rápidamente y en muchas y nuevas  formas. Encuentros productivos tuvieron lugar en varios niveles, desde los más altos  intercambios intelectuales, hasta las formas más populares  de reuniones en diferentes estratos sociales.

 

La Declaración del Sínodo Pastoral de Santiago de Chile (1967).

 

 

El día 16 de septiembre de 1967 el Sínodo Pastoral de la Iglesia Católica de la Provincia de Santiago de Chile aprobó, por 3398 votos SI, 1 en  contra, y 41 condicionados, un texto que define las relaciones  de la Iglesia con los judíos, para seguir mejor las directivas del Concilio.

 

  • La Iglesia Católica de Santiago reconoce que hasta ahora no ha tomado conciencia suficiente acerca de la presencia de una importante comunidad judía, a la que está unida por lazos históricos y religiosos, que el Concilio Vaticano Segundo ha recordado en forma subrayada para la Iglesia Universal, pidiendo revisar su actitud anterior. En suma, es necesario  lograr una fraternal reconciliación  total, volver a encontrar unas acciones comunes al servicio de los seres humanos, y establecer un verdadero diálogo, en profundidad, sobre los temas religiosos y teológicos.

 

  • El Sínodo estima que conviene formar la conciencia de los católicos para seguir la verdad de las Escrituras en aquello que se refiere al rol del pueblo judío en la historia de la salvación,  y también en lo que concierne a la presencia de los judíos en el mundo de hoy.    

 

  • Para  servir este propósito,  es importante la predicación y la catequesis, empleando cada vez los medios de la información pública  apropiados, según las circunstancias, y promover el mejoramiento de las relaciones judeo-cristianas en todos los niveles. En la predicación, es necesario permanecer  fieles a las enseñanzas de la Escritura, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, evitando lugares comunes que podrían ser interpretados tendenciosamente para propagar una actitud hostil hacia el pueblo judío. 

 

  • Por lo que respecta a la catequesis, es necesario, como ya se ha hecho en otros países, hacer revisar los textos por una comisión, con la participación de expertos de la comunidad judía, según el espíritu  de la Declaración Conciliar acerca de los judíos, y hacer resaltar el rol positivo del pueblo de  Israel en la historia de la Salvación. Asimismo conviene volver a revisar las fórmulas usuales de la oración  desde el punto de vista del espíritu del Concilio.

 

  • En lo que concierne a las relaciones judeo-cristianas, se trate de encontrar sacerdotes, maestros  y laicos, para promoverlos y llamarlos a consagrarse a ello. Así pueden prestar un gran servicio en los seminarios,  facultades de teología y movimientos apostólicos.

 

  • Este diálogo no será fecundo sino en la medida en que esté basado en un sólido fundamento teológico. En los Centros de Ecumenismo debiera haber algunos teólogos y exégetas especialistas en estas cuestiones.

 

 

Extracto de las Orientaciones Pastorales del Comité Episcopal de Francia.

 

  • El Pueblo Judío está consciente de haber recibido, a través de su vocación particular,   una misión universal hacia todas las naciones. La Iglesia, por su lado, considera que su propia misión tampoco puede situarse sino sólo con el mismo propósito, por y  para la salvación universal.

 

  • Israel y la Iglesia no son instituciones complementarias. La permanencia de Israel en posición diferente a la Iglesia es un signo de que el plan de Dios aún no está cumplido. El pueblo judío  y el pueblo cristiano están, por lo tanto, en miras hacia la unidad mesiánica, pero por el momento todavía en la discrepancia, -  como dice San Pablo: "en celos". (Rom. 11.14.; c.f. Deut. 32.21.)

 

  • Las palabras del mismo  Jesús y las enseñanzas de San Pablo, dan testimonio acerca del rol del Pueblo Judío en la realización de la verdadera unidad de toda la humanidad y de todas las naciones. Por lo tanto, la  búsqueda del judaísmo por mantenerse separado, no puede ser ajena al Plan Salvífico de Dios.

 

 

Tampoco pueden estar desconectados de los esfuerzos de los cristianos, a fin de encontrar su propia unidad, pues estas dos intenciones pueden estar complementadas en formas muy diferentes.

 

Aunque  los judíos y los cristianos cumplieran con su vocación de diferentes maneras, la historia demuestra que sus caminos siempre se cruzan. ¿Es que ambas no están preocupadas por la Era Mesiánica? ¡No! ¡De ninguna manera! Por eso, es necesario decidir,  reconocer y entender el uno al otro; renunciar a las hostilidades de la antigüedad,  y  volver hacia el Padre Celestial de todos nosotros en una esperanza común, la que será una expectativa positiva para toda la humanidad."

 

Uno de los documentos posteriores, Las Orientaciones, da una definición referente al diálogo judeo-cristiano, que lo considera muy importante para poder comprender la relación entre ambas confesiones. Dice el documento: "El diálogo presupone que cada parte desea conocer a la otra, y desea aumentar y profundizar sus respectivos conocimientos sobre la otra parte. El diálogo constituye un medio particularmente eficaz para favorecer el mejoramiento del conocimiento mutuo,  especialmente en el caso del diálogo entre judíos y cristianos, a fin de comprender los alcances de la tradición religiosa y cultural de cada uno."

 

"El diálogo exige respeto mutuo y tomar al otro tal como es, pero, por sobre todas las cosas, considera  indispensable el respeto mutuo por la fe y por las convicciones religiosas del otro."

 

El esclarecimiento debe servir también para la formación que permita combatir todas las formas del racismo, intolerancia religiosa y fundamentalismo, y para luchar por el respeto a la vida humana, por su dignidad y, por supuesto, por los derechos de todos los seres humanos en el mundo.

 

Confirmamos nuestra fe en que el Dios de Abraham, Isaac y Jacob, y de los Profetas, Dios de María, de Jesús y de los Apóstoles y de los Santos, nos ayudará en nuestro empeño sagrado.        

 

 


Primera Etapa: Conocimiento y Reconocimiento del Otro.

 

La primera etapa es el conocimiento del otro en su compromiso espiritual. Por centurias, nos hemos visto los unos a los otros codificados, "el judío" o "el cristiano", como dos entidades, dos grupos de gente revestidas de sentimientos proyectados por prejuicios teológicos, históricos y culturales, o por imágenes basadas en experiencias dolorosas.

 

El conocimiento del otro incluye un recuento del alma, un recuento temporal de dos mil años de vida paralela. Ello no implica el examen de dos milenios de prejuicios en los escritos de los Evangelios y dominantes en la teología de los Padres de la Iglesia y de los pensadores medievales. Este antijudaísmo, que se ha transformado en antisemitismo, es la negación de la vocación de Israel  y de su misión en el mundo como designio de Dios.

 

El pueblo judío, por su parte, debe superar dos milenios de recuerdos e imágenes. Los recuerdos se entremezclan, se van heredando de generación en generación, desde Constantino y sus medidas antijudías, las Cruzadas, la Inquisición hasta el silencio  por Auschwitz y, en el presente, el antisionismo de algunas corrientes teológicas de raíz ideológica.

 

Prejuicios y recuerdos necesitan la elaboración dialogal por medio de la educación y de la relación directa, para ahondar este primer nivel de reconocimiento del otro. Es la preparación para superar la etapa del monólogo, realidad milenaria de nuestras comunidades.

 

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