BREVE HISTORIA DE LAS RELACIONES JUDEO-CRISTIANAS

 

Diferentes etapas del antisemitismo

 

 

En el año  1965, el Concilio Vaticano II. promulgó la declaración NOSTRA AETATE sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas y, entre ellas, con la judía. Con esto se cerró una larga época de desentendimientos entre  católicos y judíos y comenzó una nueva era, la del diálogo positivo, el conocimiento y el re-conocimiento mutuo  entre las dos grandes religiones monoteístas de origen común, cuya influencia es notable en todas las religiones cristianas.

 

Durante  los primeros casi dos mil años de la historia, desde la formación del cristianismo, la relación entre el judaísmo y el cristianismo fue hostil, aunque todos aquellos que estaban dispuestos a reconocerlo, sabían  que Jesús era judío y que las raíces de la Iglesia se encuentran en el judaísmo. Varios rasgos característicos del judaísmo presentes en el cristianismo,  fueron eliminados poco a poco durante los siglos, cuando cada vez más gentiles se fueron incorporando a la Iglesia y el centro del cristianismo se desarraigó de su tierra natal.

 

Ya San Pablo debió advertir a los cristianos gentiles contra las actividades negativas y arrogantes hacia los judíos.  (Romanos 11.20-21.).

 

Las advertencias de San Pablo no fueron escuchadas por todos. En aquella misma época, como en los tiempos posteriores y hasta la Edad Media, se desarrollaron y sobrevivieron sentimientos antijudíos. Insistieron en considerar a los judíos como rechazados por Dios, seres sin valor y sin fe, como un pueblo "deicida", o sea, asesino de Cristo y enemigo de la Cristiandad.

 

De estos puntos de vista surgió lo que solemos llamar  "el antisemitismo cristiano". Los judíos se convirtieron en parias civiles y sociales en la sociedad cristiana a formarse. A lo largo de la Edad Media, fueron frecuentemente humillados, obligados a vivir en ghettos, hostigados, forzados a convertirse, expulsados y hasta asesinados.

 

Erasmo, el gran humanista cristiano del siglo XVI, dijo lo siguiente acerca de su época: "si es un rasgo característico cristiano odiar a los judíos, entonces todos somos muy buenos cristianos".

 

Este antisemitismo cristiano, en que participaban no sólo los católicos sino la gran mayoría de las otras denominaciones cristianas, preparó el camino y sirvió como base al antisemitismo económico, social y racial, teóricamente secular e irreligioso, más controvertido y más peligroso. Varios millones de judíos fueron eliminados mucho antes de que los nazis exterminaran  a seis millones, en nuestro siglo.

 

Mirando la historia de las relaciones entre ambas religiones, se distinguen seis períodos:

 

1.         Desde el comienzo del ministerio de Jesús hasta la destrucción del Santuario por los romanos en 70 e.c. Durante este tiempo el cristianismo era  considerado como parte del judaísmo, con pequeñas diferencias en la liturgia.

 

2.         La separación, acontecida en forma gradual hasta el siglo IV e.c. Es la época de la diferenciación doctrinal, de la confrontación y de la rivalidad.

 

3.         Desde la transformación del cristianismo en la religión oficial del Imperio Romano, hasta las Cruzadas. Es la época del odio institucionalizado y hasta cierto punto triunfal, caracterizado por la teología de la responsabilidad colectiva del pueblo judío por la muerte de Jesús (deicidio), y por las consideraciones de que los sufrimientos de los judíos son el castigo por no haber aceptado a Jesús como el Mesías, transformándose así en los proscritos de la sociedad cristiana.

 

4.         Desde las Cruzadas hasta la Reforma. Es la  época más oscura, la del odio popular y emocional, caracterizada por las acusaciones del crimen ritual, por  la profanación de la Santa Ostia y por las epidemias, ampliada por acusaciones económicas y sociales (judío prestamista y usurero), cuando la Iglesia divulgó que los altos intereses cobrados por los judíos eran su venganza por el antijudaísmo de la Iglesia y del Estado. Es la época de los ghettos, de insignias humillantes, restricciones, saqueos, expulsiones, bautismos forzados y masacres en masa.

 

Hablemos con más detalles de la Edad Media, época de las polémicas interreligiosas.

 

La polémica interreligiosa fue uno de los fenómenos más importantes en el mundo de la Edad Media. La sociedad creada en la Europa latina durante casi un milenio, la que denominamos “Edad Media”, era monolítica en su carácter y en su comportamiento, y no estaba dispuesta a tolerar ningún tipo de pluralismo. La religión era una sola: el cristianismo, en su versión católico-romana. El idioma de la cultura era uno: el latín. El libro sagrado era la Biblia, y especialmente el Nuevo Testamento. Las leyes discriminatorias, cuyas fuentes se encontraban en los escritos de los Padres de la Iglesia, en las decisiones adoptadas por los Concilios Eclesiásticos y en los decretos papales, fueron reunidos en  el conjunto de la legislación canónica. Todo esto formaba un cuerpo de doctrinas, creencias y disposiciones religiosas, perfectamente definido y clasificado en las comunidades cristianas.     

 

La sociedad cristiana, dominante en la Europa Occidental de aquella época, estaba convencida de que toda entidad que se hallara  fuera de dicho cuerpo de creencias y opiniones, debería aceptar estas verdades. Parecía necesario incorporar, en el seno de la sociedad, a los grupos que eran diferentes en sus creencias. Ya fuera mediante la evangelización –y de aquí la actividad misionera cristiana– o mediante la polémica interreligiosa, el objetivo era lograr la conversión de los no-cristianos, y,  en primer lugar, la de los judíos. Cuando no se lograba el objetivo de la conversión, la Iglesia optaba por separarlos de la sociedad y/o expulsarlos del país.

 

Es necesario destacar que la actitud del cristianismo respecto a los judíos bebió también de otra fuente, según la mentalidad reinante: su conversión estaba relacionada con la Segunda Venida  de Jesús, que acarrearía la Redención definitiva y el Juicio Final. Los repetidos intentos de cristianizar al judaísmo no fueron sólo por el afán de homogeneizar una sociedad monolítica y de  alejar  a  los  grupos  extranjeros  anexos  a  la  sociedad  cristiana. También existía la voluntad de acercar el Final de los Tiempos  y el anhelo de la Redención, tal como la entendían los teólogos cristianos. Quien no se integraba a la sociedad cristiana, debía  ser eliminado del seno de la misma; de ahí las persecuciones a los herejes, la expulsión de los judíos y las Cruzadas entabladas contra los enemigos externos de la cristiandad.

 

La polémica cristiana "adversus judaeus"  fue el primer eslabón  en la lucha por cristianizar a los judíos y consolidar una sociedad monolítica basada en el espíritu de la fe cristiana. Para la sociedad cristiana, la controversia constituía  una guerra  por la supervivencia, no menos que las Cruzadas. Pero mientras éstas últimas se realizaron con la espada, la polémica usaba como arma la palabra dicha y escrita. La polémica precedió a las Cruzadas y continuó realizándose después de que se extinguiera la esperanza de la Europa latina, de conquistar y convertir al Islam por la fuerza en el campo de la batalla.     

 

La voluntad de lograr una sociedad homogénea y monolítica  bajo la impronta de una única fe, posee singular importancia en la historia de la España  cristiana. En la Península Ibérica coexistieron en la Alta Edad Media, unos junto a los otros, cristianos, musulmanes y judíos. No se trató, precisamente, de una convivencia pacífica; por el contrario, en esa época se hallaba en su apogeo la Reconquista cristiana de la península. Pese a ello, la mayor parte del tiempo existió un libre tránsito de personas y mercancías, contactos políticos y económicos, e influencias mutuas en el campo de la ciencia, en  las tradiciones culturales y en los estilos de vida. Pero, al prevalecer el brazo cristiano  en las guerras de la Reconquista, a lo largo del siglo XIII, llegó a su fin la existencia de la sociedad pluralista en la Península Ibérica. El cristianismo triunfante se adueñaba de los bastiones musulmanes y salía a convertir a los judíos.  

 

Los caminos que utilizó la sociedad cristiana para conseguir este objetivo fueron cambiando según las circunstancias, en distintas épocas. En la polémica interreligiosa  y las disputas públicas, teóricamente, todas las partes gozaban del derecho a la palabra y a la réplica. Sin embargo, no es posible hablar de igualdad de oportunidades, pues los judíos carecían del derecho de preguntar. Asimismo, vemos desarrollarse un extremismo creciente, junto con discursos exaltados en el elogio de la fe cristiana y en la degradación de la fe judía. Los judíos estaban obligados a asistir a esos sermones, que más de una vez provocaron motines contra ellos. Ejemplo de ello fueron el de Fernando Martínez, el arcediano de Ecija, desde  1378. Esas persecuciones de judíos alcanzaron su culminación en las revueltas de 1391, acarreando la ruina y la desaparición de muchas comunidades judías del mapa de España. 

 

La primera disputa se desarrolló en Barcelona en el año 1263. Se trató  de un acontecimiento fastuoso, realizado ante un público muy numeroso. Los  participantes fueron convocados por un Decreto Real del Rey Jaime I. de Aragón. La disputa era breve; duró sólo cuatro días. Dos grandes sabios participaron en ésta: Pablo Christiani - un judío converso, de parte cristiana, y Rabí Moshe ben Najman, Rabino de Gerona, de parte judía. El tema a discutir fue  la llegada, o la no-llegada del Mesías, y la naturaleza divina o humana del Mesías. Además, se discutió la legitimidad de la religión judía como religión verdadera y auténtica.

 

La  segunda disputa tuvo lugar en Tortosa, en los años 1413-1414. La atmósfera contra los judíos era mucho más hostil y se tornó claro el objetivo: procurar, aun con la fuerza, la conversión del mayor número posible de judíos. El polemista cristiano era  Jerónimo de Santa María -un nuevo converso- y de parte judía, Rabí Josef Albo, Rabí Astrua ha-Levy y Porfeit Durán. Los derechos de los participantes judíos  en la disputa fueron restringidos, y la presión cristiana era fuerte. El tema de la discusión era la persona de Jesús como Mesías  en quien -según los cristianos- se realizaron todas las profecías mesiánicas escritas en las Sagradas Escrituras, en el Talmud y en los Midrashim; la literatura judía postbíblica, explicaciones de la Biblia e interpretaciones legislativas y novelísticas.

 

La posición de los judíos en la España cristiana a fines de la Edad Media  debe considerarse en el contexto de una serie de diversas crisis: demográfica, social, económica, cultural y política. Los mismos afectaron a la  Europa  latina entera y dentro de ella, a España, a lo largo del siglo XIV. Las crisis de dicho siglo fragmentaron el tejido social de la Europa latina y fueron acompañadas de explosiones de violencia en que, reyes y nobles, comerciantes y artesanos, señores y campesinos  combatían entre sí. En los reinos ibéricos los judíos y los musulmanes, - que se diferenciaban de la sociedad cristiana dominante por sus creencias religiosas y por sus estilos de vida, - se convirtieron en el objetivo principal de los ataques y de la violencia. 

 

El proceso de conversión adquirió nuevo ímpetu en el siglo XV. Sin embargo, por más que los conversos aumentaran en número, muchos judíos permanecieron firmes en su fe. Esta lealtad fue interpretada como expresión de la terquedad y la obstinación que formaban parte del estereotipo del judío entre los polemistas cristianos; pero su consecuencia fue el fracaso de la disputa interreligiosa para lograr la solución del "problema judío". Cada vez más frecuentemente se sospechaba que los judeo-conversos sólo fingían sus creencias, y que la fe cristiana no era en ellos sino un ardid. Por ello optaron los Reyes Católicos por un instrumento diferente, ya  ensayado  por los reyes visigodos de España: el último y decisivo recurso  para solucionar el "problema judío", adoptado por Fernando e Isabel - su expulsión de España en 1492.

 

  • Desde la Reforma hasta la Segunda Guerra Mundial: es la época de la acusación a los judíos por ser instigadores de la Reforma. Sin embargo, en el Estado Papal y en Italia se dictaron ciertas normas para salvaguardar la vida de los judíos. Luego, durante  la emancipación política, los judíos comenzaron vivir y trabajar fuera de los ghettos y contribuyeron en forma muy significativa al desarrollo económico y cultural de los países europeos. Sin embargo, hasta la Iglesia los consideró  como intrusos que desplazaban a los cristianos. Comenzó también la ideología pseudo-científica del racismo que  declaró inferiores a los judíos y sirvió como base para  el Holocausto, durante la Segunda Guerra Mundial

 

6.         La sexta época comienza con la liberación de los Campos de Exterminio y con el impacto  moral, espiritual y sentimental que causó el descubrimiento de la barbarie nazi. Pocos años más tarde, en 1948,  renació el Estado de Israel, demostrando la vitalidad del pueblo judío y la necesidad de la incorporación de su cultura en la civilización  occidental. Todo eso trajo consigo que la Iglesia Católica, y también las otras religiones cristianas, se embarcaran en un profundo examen de conciencia y en la búsqueda de caminos para mejorar sus relaciones con el pueblo judío.

 

La Conferencia de Seelisburg (Suiza) en 1947, convocada para luchar contra la persistencia del antisemitismo en Europa y para repudiarlo, colocó las bases de un futuro diálogo judeo - cristiano que  reconoció la validez del judaísmo, propuso la eliminación de la acusación perniciosa de deicidio y la revisión de los textos de la enseñanza católica  para eliminar todo lo que es antijudío.

 

El Papa Juan XXIII, de bendita memoria, estaba muy de acuerdo con el mejoramiento de las relaciones judeo - cristianas y encargó al Cardenal Agustín Bea  la preparación de un documento al respecto. El Cardenal Bea aceptó el encargo y con mucho entusiasmo y muy buena voluntad, hizo todo lo que estuvo a su alcance para preparar el documento, aunque hubiese tenido muchas dificultades en vencer la resistencia de muchos dignatarios eclesiásticos conservadores.

 

Pasaron más de cuatro años, con largas discusiones dentro y fuera  del Concilio Vaticano II, hasta que por fin, el 28 de Octubre de 1965, se promulgó la Declaración  NOSTRA AETATE, preparada y redactada por expertos católicos y dirigida hacia la comunidad católica entera. Su objetivo era y sigue siendo, promover la reconciliación entre judíos y católicos. Durante la votación final en el Concilio, hubo 2221 votos a favor y 88 en contra.

 

Después de su publicación y divulgación, los diferentes Consejos Nacionales de Obispos editaron declaraciones muy favorables en pro de la realización de las ideas vertidas en la Declaración, entre ellos el Sínodo Pastoral de la Iglesia Católica de la Provincia de    Santiago en Chile, Nº 2/70 del año  1970), con 339 votos SI, 41  votos SI con reparos y 1 voto NO.

 

El mismo Vaticano editó otros documentos más, para ampliar e implantar las ideas básicas:

 

  • Orientaciones y sugerencias para la aplicación de la Declaración Nostra Aetate (1975);
  • La presentación de los judíos y del judaísmo en la predicación y catequesis de la Iglesia  Católica Romana (1985);
  • La Iglesia y el Racismo; hacia una sociedad más fraternal  (1989).
  • Encíclica sobre la Reconciliación  (1994).

 

La Declaración Nostra Aetate reconoce el lugar de los judíos y  del judaísmo en el designio de Dios en esta forma:

 

"Al investigar el misterio de la Iglesia, este Sagrado Concilio recuerda el vínculo con el cual el pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido a la raza de Abraham.

 

Pues la Iglesia de Cristo reconoce que los comienzos de su fe y de su elección se encuentran ya en el legado de los Patriarcas, en las enseñanzas de Moisés y de los profetas, conforme al misterio salvífico de Dios. Reconoce que todos los cristianos, hijos de Abraham según la fe, están incluidos en la vocación del mismo patriarca, y que la salvación de la Iglesia está místicamente prefigurada en la salida del pueblo elegido de la Tierra de la Esclavitud. Por lo cual, la Iglesia no puede olvidar que ha recibido la Revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo con quien Dios, por su inefable misericordia, se dignó establecer  la Antigua Alianza; ni puede olvidar que se nutre de la raíz del buen olivo, en que se han injertado las ramas del olivo silvestre que son los gentiles. Cree, pues,  que Cristo, nuestra Paz por la Cruz, reconcilió a judíos y gentiles y que de ambos hizo una sola cosa en Sí mismo."

 

Para ampliar esta idea, las Orientaciones subrayan la importancia del Antiguo Testamento, diciendo: "El mismo Dios, Inspirador y Autor de los Libros de ambos Testamentos es, quien habla tanto en la Antigua como en la Nueva Alianza. El Antiguo Testamento conserva su valor propio y perenne, porque este valor no ha sido anulado por la interpretación posterior del Nuevo Testamento que, al contrario, le da su pleno significado”.

 

La acusación de deicidio, que durante muchos siglos plagaba al pueblo judío creando un clima de odio popular, ha sido levantada en la Declaración: "Aunque algunas autoridades de los judíos, con sus seguidores, reclamaron la muerte de Cristo, sin embargo, lo que en su Pasión se hizo, no puede ser imputado indistintamente a todos los judíos que entonces vivían, y aún menos a los judíos de hoy."

 

Con referencia al antisemitismo, la Declaración NOSTRA AETATE lo desacredita y lo declara contrario al espíritu de los Evangelios, mientras las Orientaciones condenan la persecución y el exterminio de los judíos en Europa durante la Segunda Guerra Mundial. El último documento del Vaticano, "La Iglesia y el Racismo" (1989), levanta su voz contra todo tipo de discriminación racial, entre ellos también contra los judíos en la Edad Media, y en especial la persecución por los nazis. Cabe mencionar que el Papa Juan Pablo II subrayó el carácter particularmente judío del Holocausto en varias de sus manifestaciones. Esta idea está presente también en el Documento arriba mencionado, donde se denuncian  el antisemitismo contemporáneo y la violencia contra los judíos.

 

La promulgación de la Declaración Nostra Aetate, los otros Documentos del Vaticano y los Episcopales que han posibilitado el comienzo del diálogo fraternal entre judíos y cristianos,  son señales de la búsqueda del entendimiento, de la convivencia en paz y el comienzo de una época de colaboración fructífera en pro del mejoramiento del mundo.

 

Durante los últimos treinta años ha habido un cambio notorio en las relaciones judeo-cristianas, cuyo comienzo fue la Declaración Nostra Aetate, emitido por el Concilio de Vaticano II., a la cual se adhirieron más adelante casi todas las  iglesias cristianas más importantes, manifestando su decisión de cambiar su actitud para con los judíos y el judaísmo. El documento expresa: "La Iglesia tiene siempre ante sus ojos las palabras del Apóstol Pablo sobre sus hermanos de sangre, la Ley, el culto y las promesas,  y también a los Patriarcas quienes precedieron al Hijo de la Virgen María judía,  Cristo, según la carne,  (Romanos 9,4-5). Recuerda también que los Apóstoles, fundamentos y columnas de la Iglesia, nacieron del pueblo judío".

 

La Iglesia deplora el odio, las persecuciones y las manifestaciones de toda persona contra los judíos. La mayoría de las Iglesias ha emitido documentos favorables que, cuando fueran plenamente puestos en práctica, revolucionarán las relaciones judeo-cristianas. La enseñanza del menosprecio ha dado paso a la enseñanza del respeto y de la estima.

 

Pero, para lograr un cambio en las relaciones judeo-cristianas, es necesario que también nosotros, los judíos, cambiemos nuestras relaciones con los cristianos. Tenemos que enfrentar el desafío que ofrecen los nuevos tiempos y lo aceptemos con confianza. Enseñan nuestros sabios que cuando alguien nos extiende su mano con  intención  amistosa, tenemos que aceptarla con los mismos sentimientos. Después de tantos siglos de sufrimientos, y con el silencio de las Iglesias durante el Holocausto, no es fácil. Sin embargo, tenemos que hacerlo,  si no por nosotros mismos, pero por nuestros hijos, nietos y bisnietos. Hasta cierto punto depende también de nosotros, cuáles serán las relaciones judeo-cristianas en los tiempos venideros, y debemos  tomar conciencia de que los hermanos cristianos, como criaturas  de nuestro Dios, son iguales a nosotros y juntos tendremos que llegar a las dimensiones proféticas en las relaciones judeo-cristianas. No olvidamos el pasado, pero aceptamos  de buena fe los cambios y tenemos esperanza en el futuro.

 

Registramos con satisfacción que todos los documentos eclesiásticos, emitidos después de la Declaración "Nostra Aetate", condenan el antisemitismo como pecaminoso y no cristiano, exhortando el cese de cualquier enseñanza que represente a los judíos como asesinos de Jesús o como rechazados por Dios, enfatizando los orígenes judíos del cristianismo y la riqueza de la herencia judía dentro del cristianismo. Lo importante es que los conceptos de los documentos cristianos con buenas intenciones lleguen en forma masiva y convincente a todo el pueblo cristiano y se transformen en su convicción  y en parte de la vida cotidiana.  

 

Los documentos nos llaman a un diálogo fraternal entre cristianos y judíos, para promover la comprensión y la cooperación mutuas en pro del reconocimiento del carácter sagrado del hombre y de la familia, su derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Este  camino debe conducirnos a todos hacia la justicia social  y  la defensa de los derechos humanos, hacia el mejoramiento de la vida para todos, hacia  la paz y a todos los objetivos en común, y contra las fallas de nuestro mundo actual.

 

Hay muchos objetivos centrales para una relación fecunda que nos ayudarán a progresar en nuestras relaciones, que se puede denominar como la "época del diálogo" y llevarla hacia la dimensión profética, que es la hermandad universal de todos los seres humanos de buena voluntad.

 

A Dios gracias, ya estamos en esta nueva época, la  del diálogo que  proclama como fases primordiales:

 

  1. el conocimiento y reconocimiento del otro como tal;
  2. la toma de conciencia del otro como criatura de Dios.

 

Esperamos juntos la llegada de una nueva época; la dimensión profética de la relación  en pro de toda la humanidad.

Apéndice

 

A 25 años de Nostra Aetate

 

Racismo: Conde de Gobineau

imitar escritores, poetas e historiadores romanos (muchos de ellos fueron antijudíos)

desconfianza mutua y rivalización

 

1. Escuela Teológica Alexandrina

 

divergencias en la percepción del monoteísmo

nacimiento de las confrontaciones teológicas

San Jerónimo, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo, San Augustín

la acusación no era el deicidio sino el rechazo de la sabiduría espiritual

inmoralidad, rituales terribles

soberbia de parte de los judíos

religión oficial del cristianismo, legislación imperial

despojaron de los derechos civiles a los judíos; vejaciones,  legislación antijudía.

los juristas utilizan la teología antijudía

el doctorado era una dignidad, y ¿el judío era incapaz de la dignidad?

prohibición absoluta al judío para poder entrar en la carrera académica

el judío, sólo por ser judío, estaba ausente de la comunidad cristiana

en la imaginación cristiana respecto de la sociedad, el judío era un elemento extravagante.

 

1215 - IV Concilio de Letrán

            la segregación del pueblo judío de las comunidades cristianas

            vestimenta especial

exclusión de todos los oficios practicados por el cristiano

            fanatismo religioso

            peste negra

            expulsiones

            desde el siglo XVI, los judíos tuvieron un papel importante en el despertar económico – comercio (prestamistas, financistas), comercio internacional

            la Iglesia divulgó que los altos intereses cobrados por los judíos eran su venganza por el antijudaísmo de la Iglesia y del Estado

 

Siglo XVI - XVII Los Papas acusaron a los judíos por apoyar y divulgar la Reforma

 

Antisemitismo contemporáneo

 

Bossuet: deicidio

los Papas tenían una posición un poco ambivalente y ambigua

dieron ciertas normas para salvaguardar la vida de los judíos

protección del Papado, pero manteniendo la vieja bandera de que Israel ha rechazado a Cristo

Revolución Francesa:  emancipación política

 

 

Siglo XIX - XX:

El catolicismo oficial no miró el nazismo con simpatía,  pero, por su horror al comunismo y por intereses económicos, los toleraba y, a veces, los apoyaba.

Pío XI condenó el fascismo en Italia - valiente

Pío XII ¿antisemita?

¿Estaba convencido de que su intención en pro de los judíos habría podido originar males mayores?

 

 

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