125 AÑOS EN EL ESTUDIO COMPARADO

DE LAS RELIGIONES

 

Publicado en la Revista de la Universidad  El Salvador

“STROMATA”, Año XXIX

Buenos Aires, 1974

 

 

Hace 125 años (en el año 1849), Max Müller  editó por primera vez en Occidente, la traducción en idioma inglés del primer tomo  de la Rig Veda (obra religiosa de la Antigua India,  escrita en sánscrito). Tanto él como otros científicos consideraron esta fecha como el punto de partida del estudio comparado y sistemático de las religiones. La edición de  Rig Veda,  abrió el  camino para las futuras ediciones traducida de otros libros sagrados de  India,  Persia, China,  Arabia y  otros países más. Y al tomar estos libros sagrados de religiones orientales como base, se pudo investigar y compa­rar tanto las semejanzas como las divergencias. De este modo, el mundo de la Antigüedad y sus creen­cias se tornaron accesibles y más entendibles para el hombre de nuestra época. 

 

El estudio comparado de las religiones y de los mitos po­pulares era conocido desde  la Antigüedad. Heródoto relató todo lo que conocía acerca de la religión de los egipcios, babilonios y persas, y sus informes  tienen aún hoy día, un gran valor científico. Beroso, el sacerdote babilonio, y Maneto, el sacerdote egipcio, dieron a conocer la religión de sus respectivos pueblos. Basándose en sus viajes, Estrabón y Pausanias recogieron y completaron datos acerca de la religión de los antiguos griegos.

 

Terencio Varron, en su obra "Antiquitatis rerum divi­narum", cuenta acerca de la religión de los  romanos; Cicerone y Salustio escribieron sobre la naturaleza de la religión de los celtas y de los germanos. También Tácito se refirió a la de los germa­nos.

 

Ya por aquel entonces, había escritores llamados mytografoi, que recogían los mitos populares y religiosos de los antiguos pueblos. Mientras, los filósofos contemporáneos de esa época buscaban el contenido espiritual de ciertas creencias y ritos y los explicaban,   a veces, incluso, con sentido crítico. Plutarco estudió y divulgó el mito de Isis y de Osiris. Luciano escribió sobre los paganos de Siria. Según la teoría de  Euhemero, los dioses eran héroes célebres de épocas pasadas que vivían en la Tierra como seres humanos, y sólo  el respeto de las generaciones posteriores los convirtió en dioses.

 

El hombre de la época helénica recibía una educación demostrativa y práctica en esta materia, ya que podía ver y observar, día tras día, los más variados cultos, desde el Este hasta el Oeste del mundo conocido de aquel entonces. Así, pudo percibir que los dioses y las diosas, aunque tenían nombres diferentes  y su culto mostraba gran variedad, eran siempre la manifestación de la misma divini­dad. La esencia del culto era la misma, sólo los nombres eran distintos.

 

La posición del cristianismo frente al judaísmo fue la  primera lección en materia de teología comparada. Fue Arístides, el apologista cristiano quien explicó por primera vez la relación entre el paganismo, el judaísmo y el cristianismo. Clemente de Alejandría, doctor de la Iglesia del siglo III e.c.,  mostró luego cierto conocimiento sobre el budismo y trazó algunos paralelos entre la religiosidad de Grecia, India y China.

 

Los gnósticos alcanzaron cierto nivel en el estudio de las religiones, ya que no  limitaban la investigación a las religiones más próximas y bien conocidas, sino a todas aquellas que les era posible conocer, estableciendo semejanzas significativas entre ellas,  para lo cual era indispensable una amplia perspec­tiva, basada en la comparación.

 

Consideraban las aproximaciones entre las religiones como muy útiles y provechosas. Por ejemplo, San Basilio, Padre de la Iglesia, al hablar de  los escritores griegos, dijo lo siguiente:

 

"Si sus doctrinas ofrecen alguna conformidad con las nuestras, tal vez nos sea ventajoso conocerlas. Si no la tienen, el mejor medio de fortalecer la más perfecta de las doctrinas es, sin  duda, compararlas con aquellas y saber cuál es la diferen­cia."

 

Debemos, en este sentido, mucha información a los misioneros cristianos. Por intermedio de sus relatos llegamos a conocer importantes rasgos característicos de las diferentes religiones paga­nas, aunque  no podemos considerarlos muy objetivos sino más bien tendenciosos. Adam de Bremen (1042) y Saxo Gramático (1150-1220) son, entre estos misioneros. los más interesantes.

 

En la Edad Media, Marco Polo y luego otros grandes viaje­ros, recopilaron valiosas noticias acerca de las religiones del mundo recientemente descubierto.

 

Ya en el siglo XVII, Lord Herbert de Cherburry dio unos pasos más en el estudio comparado de las religiones. Luego John Locke, Anthony Collins, Montesquieu, Lowes Dickenson, los profesores Mukerjee y Radhakrishnan, Kwajah y Kamaludin, escribieron, directa o indirectamente, sobre el tema. Los primeros fenomenologuistas sistemáticos en esta disciplina fueron Benjamin Constant en Francia y Kristof Meiners en Alemania.

 

Hasta fines de siglo XVIII, no hubo un caudal informativo suficiente como para poder comenzar, con criterio sistemático, el estudio comparado de las religiones. No se había realizado aún la interpretación  de los jeroglíficos egipcios, ni de la escritura cuneiforme  de los babilonios. El primer ejemplar del Avesta, Escritura Sagrada de los persas en idioma zend, fue llevado a Europa por Anquetil Duperon en 1765; William Jones (1746-1794) editó el libro de la Ley de Manú con las doctrinas del brahmanis­mo; y H.J. Colebrooke (1765-1837) dio a conocer el mundo de los Vedas.

 

La célebre piedra jeroglífica bilingüe,  Roseta, fue descubierta en 1799. Sirvió de base al famoso egiptólogo francés Jean-François Champollion (1790-1832) que llegó  a descifrar la escritura egipcia jeroglífica.

 

Las escrituras sagradas del budismo, redactadas en idioma pali, fueron encontradas e interpretadas en los años  1819-1823.

 

El surgimiento del estudio sistemático de las religiones se debe a tres factores:

 

A raíz de los esfuerzos colonizadores de las grandes poten­cias, la atención general se dirigió hacia los pueblos lejanos. Entre los conquistadores viajaban también científicos, quienes relataban sus impresiones sobre ellos, su religión,  idioma, escritura y literatura. Los pueblos antiguos se investigaron con más frecuencia y con métodos científicos.

 

Así, mientras Champollion logró descifrar la escritura de los jeroglíficos de Egipto, Grotefend y Hinks  hicieron lo mismo con las escrituras cuneiforme de los babilonios antiguos.

 

El concepto de la evolución que llegó  a triunfar durante la Revolución Francesa, prevaleció también en la investigación de la historia de las religiones.

 

Max Müller (1823-1900) es considerado  el fundador de la ciencia que estudia y compa­ra las religiones. El dijo lo siguiente:

 

"Hemos visto a­cumularse, de manera extraordinaria,  materiales nuevos y auténticos para el estudio de las religiones del mundo, dándonos cuenta, en base a los Libros Sagrados, que se han formado ocho religiones: la veda, el taoísmo, el budismo, el judaísmo, el zoroastrismo, el cristianismo, el confucianismo y el mahometanis­mo. El conocimiento de los textos  antiguos es indispensable para el estudio comparado, sabiendo que es la Escritura la que da autoridad a las religiones."

 

Müller no sólo editó los textos, sino también dictó confe­rencias y escribió libros  muy importantes sobre el tema. Sus ideas básicas fueron las siguientes:

 

"El origen de todas las religiones es la concepción del Infinito. Esa concepción de lo Desco­nocido o Infinito es más antigua que la de lo Conocido y el Finito; sin embargo, ambas son inseparables.”

 

La religión es tan antigua  como el lenguaje de cada pueblo o grupo. Lleva la huella de los primeros pensamientos del hombre y, mientras se investiga el desarrollo de su idioma, se averiguan también las raíces del pensamiento humano. La continuidad en el desenvolvimiento del lenguaje no es otra cosa sino la continui­dad en el desarrollo de la religión.

 

El progreso  de todas las religiones es similar. Comienza con la tradición popular y sigue con las costumbres ceremoniales, con las oraciones y otras formas de la confesión de la fe.  Los rasgos que presentan las distintas religiones a lo largo de su desarrollo, evidencian que hubo contacto e interacción entre los diferentes pueblos que las practicaban. 

 

Ninguna religión es enteramente original. La historia de las religiones nos muestra, permanentemente, que se suceden nuevas presentaciones de los mismos elementos básicos; la noción intui­tiva de Dios, el sentimiento de la debilidad y de la dependencia del hombre, la creencia en una Providencia Divina que ampara al Universo, la distinción entre el Bien y el Mal, la esperanza en una vida mejor,  son elementos básicos comunes a todas las religiones, aunque ocultos algunas veces, pero que reaparecen constantemente. Distorsionados a menudo, tienden  a resurgir en una forma cada vez más  perfecta.  

 

Siempre que podemos remontarnos a  la cuna de una religión, la encontramos libre de las deformaciones que enturbian su contenido como resultado del paso del tiempo. Los fundadores de las antiguas religiones del mundo eran, según lo que podemos juzgar, hombres con inteligencia, con conocimientos superiores, o tal vez con una chispa divina, movidos por nobles aspiraciones y con sed de Verdad (con mayúscula), entregados al bien del prójimo, modelos de  virtud y de abnegación. Rara vez vieron cumplido su anhelo, y sus palabras, cuando nos llegan en su versión original, a menudo evidencian un singular contraste con las acciones de quienes se autodesignaron como sus discípulos. A partir del momento en que una religión queda establecida como culto oficial de un estado poderoso, factores ajenos y mundanos tienden a invadirla y distorsio­narla cada vez más. Intereses mezquinos contaminan la sencillez  y la pureza del plan que el Fundador concibió en su corazón y  maduró en sus meditaciones, en sus coloquios con Dios. 

 

En general, la base de cualquier religión contiene alguna verdad, suficiente para que aquellos que buscan a  Dios con corazón recto, puedan encontrarse con Él  cuando hay angustia o necesidad. Todas las religiones invocan, consciente o inconscientemente,. al verdadero Dios, aunque difieran los caminos de acercamiento a Él.

 

El estudio comparado de las religiones ayuda a disipar los prejuicios con que algunos acostumbran a mirar las convicciones de otros grupos religiosos. Y sólo un hombre de poca fe puede temer que se apliquen, al estudio de su propia religión, las reglas de crítica que sigue el historiador cuando quiere es­tudiar otros sistemas religiosos que no sean el suyo propio.

 

"¿Cuál es la tarea exacta  de esta ciencia?" - pregunta Müller, y luego contesta: "Antes de comparar, debemos conocer cabalmente lo que comparamos. El estudio de las religiones  comparadas se fundamenta en el postulado de que es posible  comprender una religión diferente de la propia. Sólo a partir de este postulado puede alcanzarse la imparcialidad necesaria. Por lo tanto, son tres los requisitos que fundamentan esta disciplina:

 

  1. Una comprensión cordial de aquellas religiones que son distintas de la nuestra;

 

  1. Una actitud autocrítica e incluso escéptica acerca de los propios presupuestos religiosos;  

 

  1. Poseer ecuanimidad científica. El criterio seguido por el  investigador debe ser objetivo, y su labor debe dirigirse al descubrimiento puro y simple de la verdad.”

 

La auténtica historia del hombre es -para Müller- la historia de la religión, la búsqueda de los maravillosos caminos que siguieron las diferentes tribus de la raza humana, para avanzar hacia el conocimiento más acabado y el profundo amor a Dios. Sin la búsqueda de este amor Divino por parte del hombre, la historia sería totalmente profana, sin luz y sin  alma. Todas las religiones renacen cada mañana, pues ellas no están en un lugar lejano, o en el cielo, definitivamente elaboradas y estáticas. Los artículos de fe, las confesiones, dan el cuerpo o  armazón de las religiones; pero nunca el alma y la sustancia de las creencias religiosas de la humanidad, que existen en los corazones de los seres humanos y necesitan ser reelaboradas cada día..    

 

Muchos conceptos religiosos pueden ser   incomprensibles e inexplicables para el presente. Para acceder a su comprensión, Müller sugiere buscar y comparar  los orígenes, los antecedentes, las circunstancias históricas en que surgieron. Es indispensable formarse una idea clara y exacta de la forma primitiva de cada religión,  antes de intentar determinar su propio valor o compararla con otras creencias religiosas.

 

Según Müller, “la lingüística es un auxiliar muy poderoso para la investigación de las religiones. Esta ciencia nos ha enseñado que el orden y la inteligencia reinan en todos los idiomas. Yo espero -dice- que la ciencia comparada de las religiones produzca un cambio análogo en nuestra manera de considerar las creencias y los cultos de los ‘bárbaros’ - entre comillas. Así, llegará el día en que, en vez de buscar únicamente las diferencias, se procurará descubrir algunos puntos de concordancia, alguna chispa de verdadera Luz, algún nuevo altar que pueda ser consagrado a Dios. Los gran­des problemas de las religiones, las controversias y las discusiones, son muy antiguas. Mientras investigamos el pasado, aprendemos a conocer los escollos con que tropieza toda religión en nuestro mundo inconstante y cambiante. Después de haber observado  muchas y tempestuosas controversias religiosas, y no pocos naufragios, aprendemos a adquirir más serenidad de espíritu y mayor prudencia para sortear las tormentosas olas que se alzan en nuestra propia travesía.”   

 

Müller tuvo muchos alumnos,  cuya colaboración sentó las bases de esta ciencia. Desarrollaron, juntos, la primera fase de ésta:  la recopilación, la organización y el análisis de datos, comen­zando desde los orígenes de la humanidad, y continuando con la formación de la cultura occidental, abarcando gran parte del mundo conocido. Al  extender la investigación, han llegado a  la gradual toma de concien­cia y conocimiento de  pueblos y lugares que se encontraban mucho más allá de su horizonte temático inicial. El siglo XIX  presenció el nacimiento de este gran intento de sistematización seria y disciplinada de la ciencia religiosa comparada, mediante  el descubrimiento, el registro cuidadoso, el estudio metódico y la interpretación  del material recopilado.

 

En esta etapa de la investigación,  se llegó a afirmar que la religión evoluciona junto con la cultura, tanto en su aspecto teológico como en el culto. Desde el punto de vista del progreso, se clasifican las religiones de la siguiente manera: religiones de evolución completa, es decir, donde el camino de la evolución es visible, gradual, desde el grado primitivo hasta el punto culminante; o de evolución eruptiva, donde, por medio de personalidades sobresalientes, se incorporan conceptos o formas ya conocidos de otras religiones y, de este modo,  se vuelve innecesario atravesar todas las etapas de la formación; y moribundas, que no teniendo suficiente vitalidad, son absorbidas por otras. La transformación constante es imprescindible y la rigidez es el presagio de la desaparición.

 

Las religiones de diversas partes del mundo se ajustan en su estructura al mismo sistema. Todas las religiones del mundo están emparentadas entre sí.

 

Las funciones de la vida espiritual del hombre se aseme­jan en  todas las latitudes, y son los factores exteriores (económico-sociales) o internos (proféticos, espirituales), los que influyen en la formación de cada religión, determinando la mayor o menor rapidez de su desarrollo. 

 

En los sistemas de creencias primitivas, se encuentran las mismas ideas de culto que han sido incorporadas por las religiones más desarrolladas. El proceso de desenvolvimiento está estrechamente unido al grado de madurez en cierta época  de cada pueblo y/o a la intervención de un hombre inspirado o profético, como por ejemplo  Moisés en Judea, o  Zaratustra en Persia.

 

Existen en las religiones algunas constantes sobresalientes: el intento de explicar e interpretar los fenómenos naturales e históricos; dogmas o sistemas simbólicos que rei­vindican la posición de verdades absolutas; el culto o rito, consi­derados como propiciatorios de protección  o expiación.

 

Los estudios comparados evidenciaron, entre otros, los siguientes resultados: en todas las religiones se encuentra, como motivo principal, la creencia en un Poder Supre­mo, que supera en alguna forma los  poderes físicos o intelec­tuales comunes. Este poder supremo puede ser;

 

  • Terrenal o humano, dotado de capacidad sobrenatural. Esta capacidad proviene de otros seres, sean dioses o espíritus. Los dioses viven en el cielo y no se preocupan mucho por la suerte de los hombres; por eso envían a la Tierra sus representantes. Sus figuras, representaciones y acciones están rodeadas de leyendas.

 

  • Sideral, es decir el sol, la luna o las estrellas están personificados y reconocidos como benéficos o nocivos para la suerte del hombre.

 

  • Fenómenos inconcebibles de la naturaleza, con poderes extraordinarios.

 

Son también generales algunas ideas respecto a la muerte, o a la vida después de la muerte. Cuando la energía vital, la capacidad actuante y pensan­te del hombre se agotan, es decir, cuando muere el ser humano, los sobrevivientes buscan el lugar donde se encuentra y tratan de establecer contacto y la forma de vincu­larse con él. Así nace el culto a los muertos, combinado con la idea  de la resurrección, y a veces con la del cambio regular de las estaciones.

 

En casi todas las religiones encontramos la creencia de que es peligroso, entrar en relación con poderes sobrenaturales, sin una cierta  iniciación en el culto. Esta preparación puede ser la oración, el sacrificio, los baños rituales, el ayuno, el ascetismo, etc. Pueden ser relacionados con un lugar y una hora especiales, con el uso de expresiones propias del culto y con la presencia de "mediadores". La preparación en el orden del culto coincide con la aceptación del concepto "puro" e "im­puro", o "sagrado y profano". Y este mismo concepto forma más tarde la idea de "tabú " en la vida cotidiana.

 

Procesos para aumentar la fecundidad, son parte importante de casi todas las religiones.

 

La alimentación y los alimentos mismos han sido conside­rados como manifestación de un poder supremo. Todas las reli­giones tienen prescripciones y prohibiciones alimentarias con carácter de culto.

 

La capacidad de prender fuego está relacionada con ideas míticas. El mismo fuego ocupa su lugar en el culto, ya sea como "fuego sagrado" o como factor importante en el sacrificio o en la iluminación de sitios sagrados.

 

El efecto extraño de las bebidas alcohólicas ha sido revestido de creencias míticas, y el uso de estas bebidas es parte de casi todos los cultos.

 

El don del canto, la ejecución instrumental, la habilidad artesanal, eran venerados en la práctica de las religiones primi­tivas; quizás esos atributos hayan sido los gérmenes de las culturas posteriormente desarrolladas.

 

Determinados fenómenos de la naturaleza, como  montañas, colinas, cerros, planicies, bosques, arboledas, fuentes, arroyos, ríos, etc., figuran en las religiones antiguas como lugares sagrados para el culto. Ciertos hechos de la cosmogonía bíblica, por ejemplo el diluvio, el arco iris, el sacrificio de Isaac, la prohibición de volverse después de haber sido salvado, hijos expuestos al río, amansar animales feroces, etc., son conocidos  en casi todas las religiones antiguas. 

 

En una segunda etapa del desarrollo  de esta disciplina se verifica el encuentro vivo, la confrontación di­recta de personas de diversas creencias, y con eso no nos referi­mos sólo a estudiosos profesionales sino a intelectuales en general, quienes descubren que tienen vecinos, colegas o rivales de otras creencias. El siglo XX es el siglo de la unión de los pueblos, época en la cual toda la humanidad debería convertirse en una comunidad con conciencia multirreligiosa. "¿No se nos ha dicho, acaso, que todos los hombres son hermanos? ¿Que ante los ojos de Dios la comunidad humana es la única comunidad que existe? ¿Y que las dos cuestiones de suprema importancia son las relaciones interpersonales entre los integrantes de esa comunidad total, y las relaciones entre los hombres y Dios?" (Wilfred Cantwell Smith). 

 

Por todas estas razones, -y hay muchas más-, los estudios de la comparación de religiones se hacen más realistas, más verdaderos y auténticos.

 

Al comienzo de esta nueva ciencia de comparaciones, las grandes religiones fueron tratadas  basándose en sus escritos y sus orígenes primitivos. Hoy en día, la atención se dirige hacia lo contemporáneo, hacia la vida religiosa del hombre de hoy. Ha sido aceptada la tesis de Thornton, según la cual la religión está comprometida con el hombre, con el hombre total, y con la totalidad de la vida humana. Admitimos que en el estudio de las religiones comparadas el hombre está estudiándose  a sí mismo. La diversidad religiosa es un problema humano, común a todos nosotros. El hecho de que algunos hombres, inteligentes y justos, sean musulmanes, hindúes  o budistas, es razón suficiente para que cristianos o judíos los consideren como semejantes. Incluso, el hombre no religioso se ve obligado a vivir en un mundo donde sus congéneres pertenecen a distintos credos. Cada hombre está comprometido personalmente con toda la humanidad. En esta disciplina, el hombre estudia uno de los aspectos más profundos, más sorprendentes y potencialmente más explosivos, de su propia situación moderna. Corresponde, pues, reconocer un hecho capital: nuestra comunidad humana está divi­dida internamente en religiones (W.C.Smith). 

 

Se ha aceptado también que es imposible conocer diferentes reli­giones, si el estudio de éstas se limitara tan sólo a sus aspec­tos externos. Como las manifestaciones externas de la religión (símbolos, doctrinas, prácticas) pueden ser examinadas por sepa­rado, es lo que se ha hecho en la  mayoría de los casos hasta hace muy poco tiempo. Pero las manifestaciones externas  no reflejan la esencia misma de una religión. La religión, en su esencia, se encuentra en el ámbito de las significaciones que tiene para sus adeptos. El estudioso efectúa un progreso cuando reconoce que no se ocupa  básicamente de sistemas religiosos, sino de personas religiosas, es decir, de la vivencia profunda que en los individuos suscita la fe religiosa. 

 

Los estudios actuales  no tratan de demostrar la superioridad de ninguna de las religiones sobre otras. Ninguna de las religiones es la única y la verdadera, en  el   sentido de  considerar  a  las  otras  como  equivocadas. Para juzgarlas, primero habría que establecer qué es verdadero y qué es falso, y quién tiene el poder de evaluarlas.

 

J. Wach sostenía que según este nuevo concepto, hay que sentar el estudio de las religiones sobre las tres bases siguien­tes: 

 

  1. Debe ser reconocida la existencia de un elemento apologético en cada religión, pero la disciplina misma no debe ser influida por ese interés.

 

  1. Todas las relaciones deben ser consideradas como opciones universales, y no sujetas al determinismo cultural.

 

  1. Aunque se reconozca que todas las religiones vivientes desempeñan una función importante en la educación espiritual, no se puede negar las diferencias cualitativas entre las diferentes religiones.

 

El nuevo cariz tomado por las investigaciones, exige una actitud más humilde de los investigadores. Cuando hayamos aprendido a ser generosos en la interpretación de las religiones que difieren de la nuestra, aprenderemos más fácilmente a serlo en la interpretación literal de las palabras  de nuestros propios libros sagrados.

 

Tradicionalmente, en Occidente, el estudio de las religiones de otras culturas se hacía mediante la presentación impersonal de un "ello". La primera innovación importante de los últimos tiempos fue la personalización de las creencias observa­das, modificación que indujo al análisis a presentar un "ellos". En la actualidad, el observador se compromete como perso­na, y la situación correspondiente es la de un "nosotros", que hablamos sobre un "ellos". El siguiente paso es un diálogo, en el cual "nosotros" hablamos con "vosotros". La culminación de este desarrollo será, cuando "todos" dialoguemos acerca de un "nosotros" común. (W.J.Smith).  

 

Hablar acerca de las personas, no es lo mismo que hablar­les a ellas. Tampoco es igual hablar con ellas. Eso nos puede y debe servir, además, para promover la comprensión mutua y las buenas relaciones entre las distintas co­munidades religiosas. En este campo, no es suficiente y  adecuada la palabra "tolerancia", sino que se requiere el  "entendimiento" y la "comprensión". El consciente estudio de las religiones en nuestra época nos llevará a la necesidad de reconstruir una verdadera unidad de Dios. 

 

El actual especialista en religiones comparadas puede participar fácilmente en cualquier diálogo cuyo propósito es la comprensión, la amistad y la colaboración entre los interlo­cutores, y entre aquellos que anhelan una convivencia pací­fica. El diálogo fecundo prolifera donde no reine un espíritu empeñado en la improvisación doctrinaria; donde  miembros de grupos de distintas creencias se reunirán, simplemente, para apren­der, y donde las religiones comparadas   se convierten en auto­conciencia disciplinada de la vida religiosa del hombre. Esta labor científica será lo que Wach califica como "Das ewig Menschliche", es decir, "lo eternamente humano". En esa etapa, todos actuaremos,  no para crear una unidad uniformada y monolítica, sino para colocar las bases del  "Zusammenleben", de una "conviven­cia pacífica" entre todos los miembros de la comunidad humana.

 

El verdadero valor de estos estudios demostrará su evi­dencia cuando el hombre, al haber reconocido los conceptos educacionales de cada credo, aprenda a respetar la religión de su prójimo y comprenda, que las distintas concepciones que expresan la fe en Dios, lo llevará hacia el Amor y hacia la Paz.

 

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