EL SIGLO DE ORO DE LAS RELIGIONES ORIENTALES

Siglo VI a. e. c.

 

Compendio de un seminario en la Universidad El Salvador, Buenos Aires, publicado en su edición "STROMATA"

 

La devoción por alguna religión es una característica que distingue al hombre, y marca diferencia entre ellos. La historia de la humanidad nos demuestra que todos los grupos humanos, desde  las tribus primitivas, practicaron alguna forma de  religión.

 

La religión colma el alma del ser humano en su anhelo de establecer una relación vital con aquello que considera mayor o supremo poder, bajo cuya protección vive y sobrevive.

 

El siglo VI a.e.c. tuvo una gran importancia histórica. El imperio neo-babilónico que, aparentemente, habría colocado una base sólida sobre las ruinas de la Asiria imperial, se transformó en presa fácil de Ciro, conquistador de Persia, quien subyugó también a Media y a Libia. Muy pronto, las fronteras del Imperio Persa se extendieron desde la India y Asia central hasta Egipto y la Península de los Balcanes. De ese modo, las culturas indo-persa se enfrentaron, dentro de un mismo imperio, con las antiguas civilizaciones de la Media Luna Fértil, de Egipto y de Fenicia,  y también con la cultura griega y de Asia Menor.

 

Es interesante notar que durante el siglo VI a.e.c., hubo un período de extraordinaria creación religiosa. Cinco de las grandes religiones orientales, todavía hoy vivas, nacieron en ese siglo, teniendo también una enorme importancia para la transformación de nuevos conceptos religiosos y filosóficos de la Grecia antigua.

 

Mahavira, Buda, Confucio, Lao Tse y Zoroastro vivieron durante esa época, que coincidió con el memorable período babilónico del pueblo judío y con la actuación de los grandes profetas del destierro: Jeremías, Ezequiel y Deutero-Isaías. Fue también el período del auge de la filosofía griega presocrática, representada por Tales, Anaximandro, Xenófonos, Pitágoras y Heráclito.

 

No es difícil imaginar el impacto abrumador producido por estas súbitas y turbulentas conmociones sobre los hombres lúcidos del mundo asiático. La expansión casi simultánea del zoroastrismo y del judaísmo, desde Egipto hasta Persia, provocó en los pueblos asiáticos occidentales una sacudida espiritual tan intensa que causaron en la esfera política los triunfos militares del Imperio Persa.

 

Surge una pregunta interesante, ¿si el desenvolvimiento religioso y filosófico del siglo VI a.e.c. es una mera coincidencia temporaria, o tiene antecedentes explicables? Al pronunciarme por esta última posibilidad, trataré de fundamentarla.

 

La expansión territorial de algunos pueblos conquistadores, como los asiros y luego los babilonios, produjo varios choques de culturas en Asia Occidental y Oriental. Chocaron pueblos politeístas con otros de tradición monoteísta –como los habitantes de Israel y Judá, o los medos y los persas- que no adoraban figuras de dioses de forma humana. Fue necesario un gran esfuerzo para esclarecer el caos y enfrentarse  con la nueva experiencia.

 

De la nada, sólo Dios puede crear. El nacimiento y el desarrollo de la filosofía religiosa, especialmente la de Asia, es consecuencia de antiguas raíces comunes. Nos referimos ahora sólo a algunas.

 

Cuando el pueblo judío bailó alrededor del becerro de oro bajo el Monte Sinaí, en la India el becerro se consideraba sagrado,  y el toro era  el animal sagrado de Shiva. Las tradiciones de China presentaron al primer hombre, Pan Ku, con cabeza de toro, y los persas relacionaron el culto del toro con Mitra, la manifestación de la luz divina. El árbol de la  vida, como  motivo  decorativo, figuraba en el arte de todos los pueblos orientales. Ka, serpiente, conocida en las religiones semitas, no era ajena ni a la religión china, ni a la hindú.

 

Kakuzo Okakura, conocido historiador de las culturas orientales señaló por vez primera la unidad espiritual de Asia, en sus orígenes. Muchos argumentos apoyaron este concepto, aún cuando todavía varias  circunstancias y fenómenos no han sido bien aclarados. Si señalamos las similitudes quizás difícilmente explicables de la  vida espiritual de los pueblos asiáticos, no  nos sorprenderá tanto su parejo despertar religioso-filosófico en el siglo VI a.e.c. Al nutrirse todos de la misma fuente asiática primitiva, resulta indiferente para el investigador si el  rito antiguo sublimara en la ética de Zoroastro, de  Lao-Tse, o directamente  en las enseñanzas de los profetas judíos.

 

Todos los pensadores consideraron al hombre como parte de la naturaleza, transmitiendo así no sólo una ética teórica, sino que la colocan al servicio de la sociedad. El individuo es parte de la naturaleza, como lo son los pueblos, las razas, las grandes masas en el tiempo y en el espacio. El surgimiento del razonamiento religioso o el de ciertas ideas en un momento dado, responde a una necesidad  natural, y se los puede considerar como  fenómenos cósmicos, tales como el movimiento de las estrellas o una nevada. Si no apareciera otra  explicación, bastaría con ésta, sin recurrir a argumentos arqueológicos ya descubiertos. El que no  cree en la providencia divina, puede sentirse perplejo ante este hecho. Y el que cree, no lo considera milagroso.

 

Nuestra tarea es, conocer las diferentes religiones y ver, qué tienen en común entre sí. Pero antes, creo importante delinear y fijar, cómo podemos y debemos mirar las religiones que no son occidentales.

 

Ante todo hay que subrayar, que las religiones no están en algún lado del cielo o en la tierra ya elaboradas, terminadas y practicadas. Existen en los corazones de los seres humanos. La verdadera religión no es un credo, ni un código ceremonial, sino una intuición de la realidad. Es un hecho que las religiones del mundo constituyen elementos afincados en comunidades históricas, y expresan decisiones humanas en situaciones históricas y culturales específicas.  La diversidad religiosa es un problema humano, común a todos nosotros.

 

Desde ya queremos subrayar que las manifestaciones externas de las religiones, es decir, símbolos, instituciones, doctrinas, prácticas, pueden ser examinadas por separado, sin su propio contexto histórico o social. Pero, todas estas manifestaciones todavía no significan “religión”.

 

Se sabe que el pensamiento religioso occidental se caracteriza por una relación personalizada con Dios, aunque se establezcan diferencias en las  relaciones esenciales y básicas entre la Creación y el Creador. Nos sorprendemos al encontrar en Asia la brujería y la magia primitivas, conviviendo con las más altas formas espirituales y éticas del monoteísmo, junto  al estilo más elevado del ascetismo y de la meditación.

 

Nos cuesta aceptar que éstos no sean conceptos opuestos o excluyentes, sino que representen etapas en el desarrollo de una cultura religiosa. En el Oriente adoran  lo divino según la forma imponente en que éste se manifiesta en la vida propia individual, como auxiliador, como fuente de la suerte de cada uno, como protector, como salvador; o como un poder que despierta e infunde temor. El mito y la magia son parte intrínseca de la divinidad. No se puede olvidar que hay evolución permanente en la cultura religiosa,  conocer las etapas anteriores es importante para llegar a la comprensión del actual concepto occidental  cristiano.

 

Creemos y afirmamos que las etapas del desarrollo de la religiosidad, por las cuales pasó la humanidad, tienen una influencia significativa y positiva sobre la historia. Nos orientan hacia la culminación de los tiempos, pudiendo llegar a una verdadera comprensión y entendimiento entre los diferentes credos.

 

Si queremos comprender otras creencias, no las juzguemos con criterios propios y occidentales, y no olvidemos que las religiones orientales representan un tesoro de más de dos milenios de existencia, imbuidas de la misma buena fe, sinceridad, amor ardiente y disposición al sacrificio, que los adeptos al monoteísmo puro.

 

Ahora presentamos un corto resumen de cada una de las principales religiones orientales, y luego veremos cuáles son sus rasgos comunes. El conocimiento de éstas nos ayudará también a comprender la historia de aquel siglo VI a.e.c.   Las presentamos en orden alfabético.

 

El  Budismo

 

El budismo fue la primera religión del mundo que alcanzó una dimensión internacional. Su fundador, Gautama Buda,  no tuvo el propósito de formar una nueva religión. Su idea era salvar al hombre de un mundo oprimido por la miseria.

 

Según su concepto, “toda existencia implica sufrimientos; todo sufrimiento proviene de ceder a deseos insaciables. Por lo tanto, el sufrimiento cesará con la supresión de todo deseo mundano. De cualquier modo, toda persona debe vivir moderadamente, de acuerdo al noble camino óctuple: la verdadera fe, la aspiración, la palabra,  la acción,  la vida, el esfuerzo, el pensamiento y  la concentración.1 (SBE  10:1.52; 11:148-152; 17:104-105).

 

No se conformó con fijar y promulgar lo que es malo, sino que divulgó su Evangelio de Salvación. Mediante el cultivo ético-psicológico autodisciplinado, sostuvo que a una persona sincera le basta con ejercitar adecuadamente su propio estado de conciencia, prescindiendo de todos los recursos convencionales de las religiones (divinidades, culto, ceremonias, dogmas, sacerdocio, relaciones sobrenaturales).

 

Para la propia salvación, se necesitan conceptos morales. “Es bueno domar el espíritu, lo que es volátil y es difícil de refrenar. La dominación del espíritu trae la felicidad”. (SBE 10:1-12). “Ni un Dios mismo, ni un Gandharva, ni Mara con Brama podrían cambiar y derrotar la victoria de un hombre que se ha conquistado a sí  mismo, y que siempre vive refrenado.” (SBE 10: 1-31-32).

 

La gente debe ser juzgada según su carácter moral,  y no conforme  a su herencia o status social. Tampoco según los formalismos de la religión convencional. “Un hombre  no se convierte en brahman por su familia o por nacimiento.” (SBE 10:1.91). “El hombre airado y lleno de odio, que daña a los seres vivientes, que habla falsamente, que alaba a sí mismo y desprecia a los demás, ese es un verdadero paria.” (SBE 10:2:21).

 

Las bases de la moral individual son las cinco prohibiciones: no matar, no robar, no cometer adulterio, no mentir, no beber alcohol.(SBE 10:2.63-64.).

 

Sin embargo, la tendencia principal de la ética de Buda es represiva, quietista, individualista y antisocial, a pesar de que representa un alto nivel moral. Según él, la suprema perfección es,  “haber dejado de pensar en el bien o en el mal” (SBE 10:1-13), ó  “cuando uno se ha levantado por encima del bien o del mal”  (SBE 10: 1.94.).

 

El budismo  no  reconoce  la existencia de uno o varios seres supremos; por lo tanto, no es una religion. Tampoco es sólo un sistema moral. Como consecuencia de esta ambigüedad, no es completamente coherente  en sus doctrinas. Como máximo poder del universo y sobre el hombre, reconoce al Karma, es decir, la Ley de los Hechos,  que es ineludible, inexorable, impersonal, pero justa y de retribución moral. “Ni en el cielo ni en los mares, ni en las profundas grietas de las montañas, ni un lugar donde el hombre se escape a las malas acciones”(SBE 10:1.35).  La responsabilidad por los malos actos cometidos debe atribuirse a la persona que los acomete, y no a sus ascendientes, a la sociedad, al destino, dioses o demonios. La mayor parte de sus males cae sobre los hombres por su propia culpa. “Si las criaturas vivientes viesen las consecuencias de sus malas acciones que recaen sobre ellas mismas, retrocederían con enojo y las abandonarían.” (SBE 19:158). Según la leyenda, Yama, el rey del infierno, habla así: “Tus malos actos  no son obra de tu madre  ni de tu padre, ni de tus parientes, amigos o consejeros. Tú sólo los has cometido, y sólo tú debes recibir las consecuencias.”      

 

El mayor peligro es el egoísmo. Hay que extirparlo. “Primeramente, destierra todo cimiento del yo. Este pensamiento del yo ensombrece toda aspiración elevada  y buena.” (SBE 19:261). “Arranca el amor a ti, como un loto de otoño, con la mano” (SBE 10. 1:69).

 

La existencia por sí, no existe. Buda mira el universo con ojos pesimistas y para él, existir significa ser efímero, miserable e inmoral. Para los budistas, la más alta felicidad es elevarse al Nirvana, que no es la desaparición completa sino un estado negativo, la quietud sin pasiones.

 

A pesar de las doctrinas aparentemente individualistas y antisociales, se organizó dentro del budismo una orden monástica para los fieles, cuya fórmula de iniciación era: “Yo me refugio en  Buda que es La Ley y El Orden” (SBE 10:2.37-40). Este orden se estableció a base del “Tripitaka - Los Tres Cestos”, que son los libros sagrados de los budistas.

 

El  budismo conquistó a más de 150 millones de personas orientales y algunos de sus conceptos penetró en la sociedad occidental, a pesar de demostrar pesimismo general en lo concerniente al valor de la vida humana en el mundo material y social. Además, resta valor específico al cuerpo humano, a la mujer, a la familia, a la actividad humana y al individuo como tal. Aparentemente carece de programa de mejorar la sociedad y repudia el progreso. La salvación  se alcanzará por medios negativos o represivos, y fuera de la sociedad. Se sobreestima los sufrimientos soportados y se tiene  una firme creencia en el Karma.

 

El éxito del budismo se debe a que muchos de sus conceptos concuerdan con la mentalidad y carácter oriental siendo, además, algunos muy loables. Por ejemplo, la valoración de la vida interior de la persona, la sinceridad de su ética, la renuncia al yo como requisito de la salvación, la enseñanza de una ley moral, el repudio del régimen de las castas y, para los occidentales, las altas formas de la meditación.

 

El Confucianismo

 

Mientras el budismo se ocupa del individuo y no presta atención a su función en la sociedad, la religión de Confucio subraya la importancia primordial del comportamiento del individuo frente a los recíprocos deberes sociales, con invencible perseverancia, sin pretender alcanzar el éxito inmediato.

 

Según Confucio, el servicio a la humanidad es la señal de una extraordinaria y perfecta virtud.

 

Los cinco “Clásicos”  canónicos, adjudicados a Confucio, y los cuatro “Libros” compuestos por sus discípulos inmediatos, contienen las bases morales de esta religión, que enseña no sólo la existencia del Ser Supremo sino también la forma en que servirlo. No se lo venera con plegarias o culto, sino con el cumplimiento de la urbanidad social, acatando  la Regla de Plata: “Lo que tú no quieres para ti mismo, no lo harás a los otros.” (15.23).

 

En una sociedad organizada, hay cinco clases de relaciones bien definidas: “Las relaciones del  gobernante y su súbdito; padre e hijo; marido y mujer; hermano mayor y menor; amigo y amigo. Nadie, que sea inteligente o torpe, puede excusarse de éstas, ni un solo día.”

 

El ideal principal  moral de Confucio es que  “cada persona cumpla su debido papel en sus inmediatas relaciones  sociales.”

 

“Hay virtudes recomendadas, como la “urbanidad, sinceridad, fidelidad, estudio, justicia, benevolencia, reverencia, moderación, serenidad y búsqueda de la verdad. A veces es necesario limitar las virtudes. No tengas amigos que no sean tus iguales.” (1.8.3.). “Paga injurias con justicia, y bondad con bondad” (14.36.3.). Dentro de este conjunto de virtudes se enfatizan los deberes de los gobernantes en pro del bienestar del pueblo.

 

Por intermedio de su sistema ético, el confucionismo llega a algunos postulados religiosos, partiendo de la premisa que la bondad inherente a la naturaleza humana es obra divina. “El gran Dios ha conferido aún a la gente inferior un sentido moral, cuya obediencia haría a aquellos seres invariablemente  rectos” (SBE 3:89-90). “El hombre ha nacido para la rectitud” (6:17). “La tendencia de la naturaleza humana es hacia el bien. No hay ninguno que no tenga esta tendencia al bien.”

 

La palabra “Tien”, que se traduce como Dios, significa literalmente el cielo, y se refiere a la suprema Ley moral u orden del mundo, en términos impersonales. “Sin aceptar las órdenes del Cielo, es imposible ser un hombre superior. A menos de estar familiarizado con las reglas de la urbanidad, es imposible cimentar el carácter.” (20:3.1-2).

 

El sistema ético-religioso, creado por Confucio, incluyó la fe y la adoración de una deidad suprema, pero su propia influencia iba a despersonalizar esa fe  y secularizar su ética.

 

La forma más arraigada del culto confuciano era el culto de los antepasados. “La piedad filial es la raíz de toda virtud, y el tallo del cual crece toda doctrina moral.” (SBE 3:66). “Los actos de amor y reverencia con los padres, cuando vivos, y aflicción y tristeza cuando muertos, llenan completamente el deber fundamental de los hombres.” (SBE 3:4,88).

 

Como religión práctica y no de teoría, el confucianismo acentúa con gran énfasis la moralidad obligatoria para todos; la fe en la estricta vigilancia moral del mundo; la fe en la inherente bondad de la naturaleza humana; la doctrina de la invencible voluntad humana; la de los deberes sociales ineludibles; la doctrina de las responsabilidades sociales recíprocas; el valor de la familia; el valor religioso del estado; la necesidad y el valor de la educación; la importancia del buen ejemplo de los superiores y el máximo respeto por la sabiduría del pasado. Insiste además en cumplir las reglas de la debida conducta entre los miembros superiores e inferiores de la sociedad humana.

 

El Jainismo

 

Es la religión inmerecidamente menos conocida de todas las religiones del Oriente, aunque contiene la idea de una religión universal activa, de supremo beneficio para todo el mundo. “Propaga la religión que será una bendición para todas las criaturas del mundo.” (SBE 22:195). “Establece la religión de la ley, que beneficia a los seres vivientes del universo entero. Ella traerá beneficio a los seres vivientes de todo el mundo.” (SBE 22:265).

 

Su fundador, Verdhamama Mahavira, niega la existencia de un ser supremo, rechaza las creencias politeístas hindúes en las distintas potencias naturales y sobrenaturales,  considerándolas superfluas. Condena la práctica de orar a cualquier deidad o hablar de ella, y enseña la doctrina de la retribución moral, brindada en una vida futura.

 

El perfecto jainista es un asceta humilde, inofensivo, y nunca vengativo. “El hombre sabio se abstiene de la mentira, de la avaricia, de la ira y del orgullo.” (SBE 45:301-305). No ama, tampoco odia. “El hombre que no ama ni aún a quienes lo aman, estará libre del pecado y del odio.” (SBE 45:32). “Venciendo el amor, el odio y las creencias erróneas, se romperán las cadenas del Karma.” (SBE 45:172.). Enseñando la verdadera sabiduría, evitando la ignorancia y el engaño, y destruyendo el amor y el odio, se  llega a la liberación  final.” (SBE 45:184.).

 

Exige la práctica de las principales virtudes, a saber: ascetismo medicante y el no-agravio. Intenta cumplir con los cinco grandes votos: prohibición de matar, de mentir, de robar, de los placeres sexuales y de los lazos del afecto.

 

Respecto al hombre, es dualista (materia y espíritu), y la destrucción del  cuerpo significa, liberar el espíritu y llegar al Nirvana. Los métodos de la liberación son: sabiduría, fe y conducta recta.” (SBE 45:123).

 

  Brega por la igualdad de todos los hombres que practiquen el ascetismo religioso; divulga el concepto de la salvación por sí mismo y no por intermedio de plegarias y ceremonias. Exige la subordinación de todas las cosas materiales del mundo frente a los valores religiosos del alma. Acepta la existencia del Karma, la ley moral de la retribución de las acciones.

 

Invita a formar congregaciones religiosas donde se ingresa voluntariamente y se vive conforme a los “Angas” (Preceptos), y “Siddhartas” (Tratados). Se permitió el ingreso a las mujeres, quienes afuera eran consideradas  inferiores y condenadas.  

 

Deja de creer en la ayuda divina  y se centraliza completamente en el individuo, sin estimarlo mucho. Carece de principios constructivos para la organización y el progreso sociales. Predica un severo ascetismo en sentido corporal, es decir ayuno, y una vida sin comodidades. En lo espiritual, significa obediencia incondicional, humillación, meditación y la confesión de los pecados. Muestra indiferencia hacia la belleza y las alegrías del mundo.

 

El Judaísmo

 

El judaísmo es mucho más antiguo que las religiones ya tratadas en este artículo. 800 años antes Moisés, su fundador, expresó la fe en un Único Ser Supremo, Creador del mundo entero,  Dios de los seres humanos. Luego, sus libros sagrados proclamaron un orden ideal a realizarse en la Tierra, bajo el reinado de Dios, e invitaron a sus seguidores y adeptos a una activa cooperación con Dios. Para contribuir al advenimiento de ese mundo ideal, establecieron el  monoteísmo ético y bregaron por una sociedad justa y honesta. Los profetas anteriores a la época que estamos estudiando, orientaron el interés  manifestado en el formalismo de sacrificios hacia una obediencia moral. Expresaron la necesidad de la sumisión personal, nacional y social  a un Dios justiciero,  proclamando que Dios ama a todos los seres humanos. A la Regla de Oro mosaica se  agregó otra regla más: “Hacer justicia, amar la misericordia y andar humildemente con Dios.”  Predicaron la fe en un Juicio Final retributivo y válido  para toda la humanidad.

 

En este mismo siglo VI a.e.c. surgieron grandes e importantes personalidades, especialmente entre los profetas, como Jeremías, Deutero-Isaías y Ezequiel. Sus actividades dieron un nuevo rumbo al judaísmo y abrieron los caminos para que se transformara en una religión universal.

 

Jeremías adquirió y luego divulgó el noble concepto del compañerismo con Dios. Predicó también la responsabilidad religiosa y la influencia renovadora de Dios en el corazón. “He aquí que vienen días –dice Dios- en que haré con la Casa de Israel y con la Casa de Judá un nuevo Pacto. Pondré  mi Ley en sus entrañas y en su corazón”  (Jer. 31.31-33). El profeta consideró que el individuo recto, más que el grupo al que pertenece, es el inmediato agente que Dios emplea para impulsar Su propósito en el mundo.  Llegó a la conclusión, de que el  monoteísmo realizador es mucho más que una religión de satisfacción personal. Es para toda la comunidad, integrada por los individuos.

 

Ezequiel enseñó la soberanía de Dios, la gracia y el perdón divinos. Divulgó que el castigo es un medio de purificación y disciplina. Y, tal vez lo más importante, trajo un mensaje de esperanza al señalar la responsabilidad propia y personal y el perdón divino individual, independiente de los predecesores. “El alma que pecare es la que morirá, el hijo no llevará la inequidad del padre, ni el padre llevará la inequidad del hijo. La justicia del justo estará sobre él, y la maldad del malo sobre él estará.” (Ez. 18.20).  Mantuvo la fe y la esperanza en el regreso a la tierra natal, y en el resurgimiento de la gloria de Jerusalén.

 

El profeta llamado “Desconocido”, a quien se identifica como Deutero-Isaías, muestra que la historia de Israel es un curso de enseñanza divina, y que Dios es Único y para todos, es Dios del Universo. “Quien ha hecho saber esto, desde la Antigüedad. Quien desde tiempos remotos lo ha declarado. Acaso no fui Yo, Dios y fuera de Mi  no hay Dios alguno, Dios justo y salvador, no hay ninguno sino Yo solo.” (Is. 45.21.). Proclama que Israel es el pueblo elegido para ayudar a Dios a redimir el mundo y ser testigo ante toda la humanidad. “Pues Yo te pondré por luz de las naciones para que alcance Mi salvación hasta los confines de la Tierra. “ (Is. 49.6).

 

En este mismo siglo comienzan las tentativas para reducir todas las prácticas religiosas del pasado a un esquema sintético. Y en lugar del culto, presentar lealtad activa hacia Dios.

 

¿Cuál es la diferencia entre la religión profética anterior y la del siglo VI a.e.c.?

 

Ante todo, en este siglo nació el verdadero concepto monoteísta: Un solo Dios universal. Mientras Amos y Oseas,  Miqueas e Isaías presentaron a Dios con términos claramente morales (justiciero, santo, amante, razonable y no meramente poderoso Quien ordena sumisión), Deutero-Isaías lo presenta como superior a toda barrera de raza, espacio o tiempo: omnipotente, omnividente, justiciero, creador, gobernador y salvador del mundo. Jeremías y Ezequiel también subrayan el universalismo, enfatizando que también los no-judíos pueden participar en la veneración de Dios. Además, los profetas acentúan la responsabilidad moral de todo individuo frente a Dios. Consideran que las ceremonias sirven como cáscara protectora, y el servicio del corazón vale más que el culto frío, sin sentimientos. Ellos fueron los que difundieron el concepto del Juicio Final, llamando la atención sobre la responsabilidad individual ante un Juez Supremo. No obstante, tuvieron fe  en la misericordia de Dios. Aparentemente la idea de un glorioso futuro material y espiritual se concretaría en un orden social ideal y universal. Su finalidad sería extender la rectitud, la honestidad  la hermandad entre los seres humanos. Ellos crearon la figura de un verdadero devoto, ávido de una relación personalizada con Dios.

 

El Pitagorismo

 

Hacia el año 530 a.e.c. estableció Pitágoras su sistema filosófico-religioso que predicaba moderado ascetismo, un culto religioso de misterios y, lo más importante, una moral elevada.

 

El fundador de la orden protestó contra el  modo de vivir de los comerciantes ricos y de la aristocracia financiera, y exigió la observancia de severas reglas de conducta. La creencia en la mística de los números, donde el “uno” simboliza el origen de todo ser viviente, junto con la creencia en la trasmigración y en la inmortalidad del alma, constituían el núcleo de la doctrina religiosa. Cada nacimiento se interpretó como recompensa por una vida anterior. Los sucesos naturales obedecen a las leyes materiales, y el número es la piedra angular  del mundo. La misión de sus seguidores en el mundo es universal,  siendo ellos los sostenedores de la creencia en  la existencia de un solo “cosmos”.

 

El Taoísmo

 

Según Lao-Tse, su fundador, consiste en el seguimiento del Divino Sendero (Tao) del Universo. “Las Trescientas Reglas de la vida ceremonial” (culto),  no pueden refrenar la naturaleza humana. Las “Tres Mil Reglas de los Castigos” no fueron suficientes para acabar con sus traidoras villanías. Pero el que sabe  cómo se limpia el lecho y el cauce del río, empieza por purificar su procedencia; y quien quiere enderezar el final de un proceso, debe empezar por rectificar sus comienzos. “¿No es el gran Tao, la gran Fuente y el gran Origen de todas las  cosas?” (SBE 40:313).

 

Pero esta secuencia exige una moral muy elevada, sin esperar retribución o recompensa. “Pagues agravio con bondad” (TTK 63.2). “Para aquellos quienes son buenos conmigo, soy bueno. Y para quienes no lo son, también soy bueno. Y así todos concluyen siendo buenos. Para quienes son sinceros conmigo, y para quienes  no lo son, también soy sincero, y así todos concluyen siendo sinceros.” (TTK 49.2).

 

Lao Tse profesó el principio de la lucha contra el mal, y conociendo los problemas sociales, lamenta “la pobreza del pueblo, el desorden inconmensurable, la astuta habilidad de algunos funcionarios, la plaga de ladrones y salteadores” (TTK 75:1.), las bravatas destructoras, la prodigalidad del tiempo para fines egoístas (TTK 67:3), pero  no lucha contra ellos.

 

No enseña la creencia en un Ser  Supremo personal, sino que presta más atención a la conducta, formulando una Regla de Oro, “El Sendero (Tao):  lo que no quieres que te hagan, no lo hagas al otro. El camino al  Cielo es bendecir lo  bueno y hacer lo malo ínfimo” (SBE 3:90). Para él, el Supremo Ser es eterno, impersonal y místico, y al mismo tiempo inalterable e indescriptible. Sus actividades y atributos son:  “original, primitivo, anterior al cielo y  a la tierra, último, inmóvil, sin forma, sin cambio, sin nombre  (25.1-4), sin ostentación, productor y sustentador de todas las cosas (51:3-4), omnipenetrante, libre de presunción, creador (34:1-2),  perceptible sólo por intuición, (47:1-2), inexplicable, innombrable e indescriptiblemente grande (1:1), omnipaternal (4:1), pacífico e inactivo.” (37:1).

 

Las doctrinas éticas codificadas en el Tao-Teh-King idealizan una simplicidad quieta  y tranquila: “Aspirad al extremo, al desinterés y mantened la mayor calma posible.” (16:1). “El sabio mantiene indiferente su espíritu a todos.” (49:3). “No hay culpa más grande que el ceder a la ambición, ni calamidad mayor que el estar descontento con el destino, ni falta más grande que el desear atesorar. Por eso, la suficiencia del contento es la suficiencia permanente e inmutable”  (46:2.). 

 

Por lo tanto, aconseja a Wu-Wai: “No hacer nada, no esforzarse, quedar inactivo, volver al estado de natural simplicidad significa estar contento, sin guerras, ni gobierno, sin viajes, ni miedo a la muerte.” (80:1-5.).

 

Lao-Tse establece una íntima relación personal con el Ser Supremo, e invita a todos a seguir el Divino sendero, que es la existencia infinita de las cosas y fenómenos en el tiempo y en el espacio, donde se devuelve bien por mal, y donde uno se mantiene firme hasta las máximas dificultades de la vida.  Se tiene la convicción de que hay un orden prefijado y perfecto en el mundo, y abandonarlo significa perder la vida. Invita a  no obrar conforme a las intenciones y finalidades, sino según la voz interior. No atribuirse méritos y privilegios y rechazar todo proceder violento. Condena al hombre a una incivilizada simplicidad, donde no hay esfuerzo humano y donde sobresale la indiferencia hacia la sociedad, y por lo tanto, no hay progresos.

 

El Zoroastrismo

 

El fundador, Zoroastro, vivió 258 años antes de la llegada de Alejandro Magno a Persia (330). Vivía en una sociedad pastoral, sólo en parte asentada. Era un hombre fervoroso y humilde que escuchó un poderoso llamado de Dios, para predicar la religión del “Señor único de la Sabiduría”, creador del bien y del mal, de la luz y de las tinieblas, para proveer la salvación de su propio pueblo y también del universo. Cediendo al llamado, fundó una religión que se acepta voluntariamente y que se adapta al universo. Una religión progresiva, capaz de convertir hasta a los malos.

 

Hay un solo Dios, a Quien se debe adorar sobre todas las cosas. Suyo es el poder de la luz, de la vida, de la verdad, de la bondad. El es Ahura Mazda. Los atributos de este único Dios son: creador (Jasna 31:7,11), omnividente (Jasna 31.13), omnisciente (Jasna 31.13.), poderosísimo (Jasna 28.5.9, amistoso (Jasna 31..25), benefactor (Jasna 45:6), bondadoso (Jasna 43:4.). Su libro sagrado, “Jasna”, es parte de la “Avesta”. Habla así sobre este Dios:

 

¿Quién fue al nacer el primer Padre de la Justicia?

¿Quién indicó su camino al Sol y a las estrellas?

¿Para quien, si no a ti, crece y decrece la luna?

¿Quién establece la tierra en lo bajo, y el cielo en nubes que no caen?

¿Quién estableció el agua y las plantas?

¿Quién inició los dos corceles al viento y a las nubes?

¿Quién es, oh sabio, el creador del buen pensamiento?

¿Qué artista hizo la luz y las tinieblas?

¿Qué artista, el sueño y la vigilia?

¿Quién hizo la mañana, el mediodía y la noche, para señalar el correr del tiempo para el inteligente, a fin de cumplir con  su tarea? (Jasna 44).

 

Reconoce la existencia del mal (Arriman), pero éste está subordinado al único Dios. Zoroastro imprime a su  sistema un sello monoteísta y dualista, subordinando todas las entidades a Ahura Mazda, convirtiéndolas en instrumentos de este Dios en su lucha contra el mal.

 

Hay una lucha eterna entre lo bueno y lo malo, y en el centro de esta lucha está el hombre que tiene libre albedrío. Puede unirse a Dios, sumándose a Su justicia, y de esta manera fortalecer, con su actividad, el reino de Ahura Mazda.

 

Zoroastro anuncia el próximo advenimiento de un mundo nuevo, que sigue al gran juicio que separará a los partidarios del bien y del mal. Sólo los primeros participarán de la segunda existencia. Subsiste la creencia en el más allá, donde hay justa recompensa, la que significa juicio individual de las almas, la resurrección de los cuerpos, juicio final del mundo y el definitivo triunfo del bien.    

 

Este concepto está explicado en la Jasna de la siguiente manera: “Se asigna un salario para la acción y la palabra. Una retribución mala al malo, y  buena al bueno.” (Jasna 43, la Gatha de las Conversaciones). “Las propias acciones enfrentarán a cada alma después de la muerte, en forma de una buena o mala conciencia.” (Jasna  31.20).

 

Su moral es muy elevada y mundana. Pensar, hablar y actuar correctamente, dice la Regla de Oro. Ten deseos  nobles  y trata de alcanzarlos, no te retires del mundo, goza de él. “La voluntad del Señor es la ley de la justicia.” (SBE 4:100).  “La santidad es el mejor de todos los bienes.” (SBE 4.216). El que alivia la vida de los pobres, hace rey a Ahura.” (SBE 4:210). “Ya sea alguien dueño de poco o mucho, debe mostrar siempre amor al justo, y ser malo con el mentiroso.” (Jasna 47.4). “La verdad es el máximo bien; bienaventurado es el que es correcto.”

 

La vida familiar, la procreación y la educación de los hijos, es obligación religiosa. Como tal se entiende la agricultura. “El que siembra más trigo, pasto y frutas, siembra justicia y felicidad; hace que la religión de Mazda avance... El que no come, no tiene fuerzas para hacer los trabajos penosos hacia la santidad” (SBE 4:29).

 

Presta mucha atención a la pureza corporal, pero aún más a la pureza espiritual. Pretende que el código de la pureza ceremonial es el más completo, más antiguo y hasta más eficaz programa de armonía de la religión con la higiene, en pro de la salud y de la vida. “Después de la vida, la pureza es para el hombre el mayor bien.” (SBE 4: 56-141). “Es necesario mantener el hogar debidamente y cuidar que el fuego no se apague y que nada sucio o impuro lo toque” (SBE  24:270). “Hazte puro, oh hombre justo, cualquiera en el mundo terrenal puede ganar pureza para así, especialmente cuando purifica su persona con buenos pensamientos, palabras y obras” (SBE 4:141).

 

Si uno  cuida a su pureza en todo sentido, puede esperar una merecida recompensa. “Dos ángeles registran los buenos y malos actos de cada persona“ (SBE 24:258). El cielo es la recompensa por los buenos pensamientos, donde se nota la ausencia completa de rasgos sensuales. Los creyentes aguardan la llegada de un futuro salvador, Soshyant, él traerá la recompensa. Al final de los tiempos, vendrá una consumación apocalíptica definitiva, purificadora y ceremonial.

 

El culto dentro de esta religión estaba muy desarrollado, especialmente el culto del fuego. Había templos, servicios religiosos con plegarias, se conocían fórmulas de exorcismo y también de confesión de fe.

 

Sus enseñanzas se asemejan a las de la Biblia, porque reconocen a un Dios Único, protector moral y espiritual. Tiene una temprana visión de una religión universal, y una clara estima del antagonismo entre el bien y el mal. Enseña el libre albedrío con responsabilidad personal. Da una alta calificación al desarrollo de la propia personalidad, muestra interés en la acción y no en el ascetismo o en la indiferencia. Además, brega por una vida religiosa socialmente eficaz, donde hay cooperación entre el hombre y su Dios para el bien común. Presenta un ideal  ético del Juicio Final y la esperanza en el triunfo de la bondad.

 

Todas estas religiones son producto directo o indirecto del siglo VI a.e.c. Veamos ahora, qué hay de común en ellas.

 

Con la excepción del budismo y del jainismo,  todas creen en un Supremo Ser. El confucianismo lo considera impersonal, el zoroastrismo lo proclama como una potencia cósmica, el taoísmo cree en un Supremo Ser cósmico e impersonal, mientras el judaísmo es el portavoz del  monoteísmo ético.

 

Con respecto a la revelación divina, cada una se considera poseedora de la Divina Verdad salvadora, la que, por supuesto, se expresa en forma distinta.

 

Para el budismo, la verdad revelada es la siguiente: El egoísmo es la raíz de la miseria, y la salvación vendrá por medio de la pureza interior y por la autodisciplina.

 

Para el confucionismo, la esencial bondad de la naturaleza humana se considera como un don divino, y la religión que se debe practicar, es la de una urbanidad social.

 

Para el jainismo, la renuncia de sí mismo es la condición de la salvación, y el ideal de la liberación del espíritu es alcanzable por la subyugación de la  carne.

 

Para el judaísmo la satisfacción superlativa se obtendrá por la obediencia a Dios, fuente de toda justicia.

 

El zoroastrismo supone una activa cooperación con una potencia cósmica de la bondad en la lucha contra el mal.

 

Todos consideran que la Revelación les llegó por intermedio de libros inspirados.

 

Para los  budistas por la “Tripitaka – Los Tres Cestos”.

Para el confucionismo por los “Cinco Clásicos” y los “Cuatro Libros”.

Para el jainismo por los “Angas – Cuerpos de la Sabiduría”.

Para el judaísmo por la “Torá”:  los Cinco Libros de Moisés, los Neviim (Libros Proféticos), y “Ketubim” (los Hagiógrafos).

Para el taoísmo por el “Tao Te King, - el Canon de la Razón y de la Virtud”. Y para el zoroastrismo, por la “Avesta – la Sabiduría”.

 

Cada una establece una “Regla de Oro” a seguir.

 

El budismo afirma que “de cinco modos deberá un miembro del clan servir a sus amigos y familiares.... tratándoles como se trata a sí mismo.”

 

Según el confucionismo: “lo que tú no quieres que se haga a ti mismo, no lo hagas a otros”.

 

El judaísmo profesa: “ama a  tu prójimo como a ti mismo”.

 

Dice la filosofía griega: “no hagas a otros lo que no desearas sufrir tu mismo”. El taoísmo proclama: “paga la injuria con bondad”.

 

Y el zoroastrismo: “lo que no apruebes a ti mismo, no lo apruebes para nadie”.

 

El confucionismo y el taoísmo no pretenden ser religión universal, mientras el  budismo, el jainismo, el judaísmo y el zoroastrismo, sí. Todas estas religiones enseñan que la  vida espiritual del ser humano continúa más allá de la muerte física, pero se diferencian mucho cómo pintan la vida futura y hasta lo concerniente a la inhabilidad de esa vida.      

 

De donde vino este repentino despertar en el siglo VI a.e.c.? No sabemos. Pero se supone que la influencia del monoteísmo judío pudo ser sensible en todo Oriente. Las circunstancias políticas también ejercieron su influencia. La destrucción de naciones y reinos, la formación rápida pero insegura de otros nuevos, la profanación de santuarios por causa de luchas sangrientas o discusiones nutridas de envidia o celos; la dispersión de religiones y órdenes sacerdotales abrieron los ojos y la mente del hombre común, lo obligaron a mirar un poco más adelante y más hacia arriba.

 

Para un vasto segmento de los hombres, no hubo nadie en que hubiesen podido tener fe y esperanza. Dentro de este ambiente la prédica en un Dios invisible y omnipotente, con la promesa  que vendría un día cuando el mundo podría vivir en paz y felicidad, encontró oídos abiertos. Este nuevo Dios no puede vivir en santuarios construidos por hombres, Su templo es el universo y su grey, la humanidad. Según H.G. Wells, esta idea se divulgó en Babilonia, Egipto, luego entre los semitas, y muy rápidamente en todo el Oriente  y, por intermedio de Pitágoras, irrumpió al Occidente.

 

Hay conceptos análogos en las religiones arriba mencionadas. Es posible establecer algunas leyes generales que nos permiten pensar en términos de una unidad ordenada y, por supuesto, al mismo tiempo distinguir la diversidad  religiosa en su función  histórica. Todas estas religiones enseñan el camino hacia el prójimo, siendo este prójimo no meramente todo hombre, sino todo ser viviente. Las culturas orientales llegaron a la idea de la humanidad por medio de sus religiones. No en vano dijo Lessing: El cristianismo existió antes de que los Evangelistas y los Apóstoles lo escribiesen, haciendo referencia a las religiones antiguas que lo precedieron.

 

Todas estas religiones buscan el camino hacia la salvación y consideran que este sendero comienza con la dolorosa renuncia. La resignación, la autodisciplina ética y el ascetismo señalan el camino que continúa con la meditación, la contemplación y con la oración, y termina en el encuentro con el prójimo. Encontrar el camino para la salvación es encontrar el camino hacia la más elevada verdad, justicia, bondad y belleza. La fe en que Dios es amor y el precepto de que los hombres deben imitar este amor de Dios, incluyendo a los enemigos, constituyen una base para una comunidad  en armonía.

 

Los pueblos y las naciones del siglo VI a.e.c. no supieron llegar a esta unidad, como tampoco los del siglo XX. Pero esto no excluye la verdad del concepto de Schleiermacher: Cuanto más se profundiza la religión, más aparece el mundo religioso como un todo indivisible. Es necesario que  la creencia en un Ser Supremo despierte entre los creyentes de todas las religiones la conciencia de pertenecer, todos, a una gran familia, y la obligación de permanecer fraternalmente unidos.

 

 

 


 

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