LA “IMITACIÓN DE DIOS”

 

 

En este ensayo quisiéramos señalar cómo figura la idea de la “Imitación de Dios” en la literatura tradicional judía. El trabajo aspira a ser un modesto reconocimiento de la amplia y fecunda actividad  bíblica del Profesor Rodolfo Obermüller (Facultad  Evangélica de Teología)

Buenos Aires – 1972.

 

 

Como hijos amadísimos de Dios, esforzaos por imitarlo.”

(Efesios 5.1.)

 

Hagamos al hombre a nuestra  imagen, a nuestra semejanza”.

(Gén. 26-27.)

 

El hombre fue creado a la “imagen” y “semejanza” de Dios. Su carácter es potencialmente divino. “Dios ha creado al hombre para que sea inmortal, y lo hizo para que sea una imagen de Su propia eternidad.” (Sabiduría de Salomón, II. 23.). Entre todas las criaturas vivientes, es únicamente el hombre el que tiene la capacidad y el talento de su Creador y está dotado de libertad y voluntad morales. Es capaz de conocer y amar a Dios y tener una comunión espiritual con Él. Es tan sólo el hombre el que puede organizar sus actividades según Su razonamiento. Por esta razón se dice que “ha sido formado según la imagen y semejanza del Omnipotente”.  (Maimónides). Pues el hombre está dotado con razonamiento, puede sobreponerse a sus impulsos  al servicio de la moral y de los ideales religiosos. El Salmo VIII dice así acerca del hombre: “Tú lo has creado un poco menos que los ángeles, y lo coronaste con gloria y honor. Tú lo has creado para que tenga dominio sobre las obras de Tu creación.”

 

Y lo creó a Su imagen.

 

Tanto, que según Rabi Shmuel Ben Najman, muchos siglos después, mientras Moisés estaba transcribiendo la Torá, se detuvo en este pasaje y le preguntó a Dios: “Señor del Universo, ¿no te preocupa que con estas palabras pudieras ayudar a los incrédulos y confundir al inocente o al ingenuo? Si es verdad que Dios creó al hombre a Su imagen, ¿no se dirá, entonces, que Dios tiene una imagen? Y que, por lo tanto, Dios no es  sino muchos?” Dios tranquilizó a Su siervo: “Tú, Moisés, hijo de Amram, escribe: ésa es tu tarea y tu papel. En cuanto a aquellos que se nieguen a comprender o que deliberadamente interpreten mal Mis pensamientos y los tuyos, bueno, allá ellos con su problema.”

 

Es evidente que Moisés desconfió de la estrecha relación que había existido entre Dios y Adán. La tradición rabínica reduce este peligro a un mínimo, esforzándose por ligar a Adán con el hombre, con todos los hombres.

 

Un Midrash dice asi: ¿Por qué Dios creó a un hombre y no más que uno?  Para darnos una lección de igualdad y enseñarnos que ningún hombre es superior al otro, ya que todos  tenemos el mismo antecesor. También por esta razón, la arcilla con la que lo hizo, fue recogido de todos los rincones del universo, de manera que nadie pueda decir que el mundo de Adán le pertenece solamente a él. Adán pertenece a todos los hombres y a cada uno de ellos en la misma medida.

 

También para que un hombre justo no pudiera decir:  yo soy el hijo de un  hombre justo. Y un incrédulo: yo soy el hijo de un incrédulo. Y para que ningún hombre pueda burlarse de otro, diciendo: mi padre era mejor que el tuyo. Y para que cada uno de los hombres se sienta responsable por todo el mundo.

 

Puesto que el mundo fue creado para el ser humano, quienquiera que mate a un ser humano,  mata a toda la humanidad. Y quienquiera que salve a un ser humano, salva a toda la humanidad. Un texto ofrece esta cínica interpretación: Dios creó a un solo individuo para evitar peleas. Y continúa: De todos modos, y a pesar de esta precaución, los hombres siguen peleando entre ellos y matándose; imagínase lo que hubiera sido del mundo si Dios, en el principio, hubiera creado más de un hombre.

 

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Cada época se caracteriza por un ideal más o menos compartido por quienes viven en ella. Cuando este ideal cambia, se modifica también la evaluación de los valores espirituales y morales que influyen en la elección del camino a seguir  en la vida.

 

El ideal básico del judaísmo se presenta en esta enseñanza: “Santos seréis, por que Santo soy Yo, vuestro Dios.” (Lev.19.1.).

 

Hay dos paradojas en esta sentencia. ¿Cómo se sigue de la santidad de Dios que el hombre también deba ser santo? ¿No es osado proponer que el hombre sea semejante a Dios? Además, si Dios nos ha creado a Su imagen y semejanza, es una redundancia señalar la santidad, consecuencia lógica de la semejanza.

 

Sin embargo, ambas paradojas son el fundamento y esencia de nuestra fe. Al crearnos a Su semejanza, Dios  nos dio la posibilidad de intentar parecernos a Él. ¿Puede el hombre ser semejante a Dios? Nunca. Sin embargo, ésa es su finalidad. Aspirar a ser semejante a Dios es la tarea de nuestra vida. Irrealizable. Sin embargo, la eterna tarea de nuestra autorrealización es un objetivo audaz que nos enorgullece y constituye la esencia de nuestra  vida.

 

Todo eso significa que, frente al hombre, hay un gran ejemplo que debe seguir en su intención, sus acciones, su pensamiento y sus actividades para acercarse cada vez más a la perfección: la finalidad de su vida. Buscando la perfección, el hombre se mejora a sí mismo y con eso contribuye al mejoramiento del mundo. ”Nadie es santo como Tú, porque no hay Dios fuera de Ti.” (I Sam. 2.2.).Esta sentencia indica claramente, que el hombre no puede ser por completo semejante a Dios, pero su tarea es  buscar el camino que lo acerque a la santidad, a la perfección moral.  

 

Así, la santidad se transforma en el fundamento de la moral y de la religión. Cuando la Sagrada Escritura reconoce y presenta a Dios como santo, invita al ser humano a asemejarse a Él. Por supuesto, en sus calidades metafísicas. Dios es inconcebible e inimitable. Su existencia se trasunta en la naturaleza y en la historia, pero se presenta como realidad en sus atributos morales, en su amor, su misericordia y compasión, que Lo convierten en supremo representante de la moral.

 

Según la exégesis tradicional, Moisés formuló dos pedidos a Dios: Ruégote me hagas conocer Tu camino.” (Ex. 33.13.),   y  "Ruégote me permitas ver Tu gloria." (Ex. 33.18.). Esto último es inaccesible, pues la esencia irracional de Dios está fuera de la capacidad humana. Pero lo primero le fue concedido, a través de Sus atributos: “Dios es compasivo y clemente, lento en la ira y grande en la misericordia y en la fidelidad; dispensa la misericordia hasta la  milésima generación, perdona la iniquidad, la trasgresión y el pecado y los absuelve.” (Ex. 34. 6-7).

 

¿Qué significa eso? Son los atributos morales de Dios que el  ser humano debe conocer y seguir. Creado a la imagen y semejanza de Dios (Gen. 1. 26-27), el ser humano tiene la posibilidad de asemejársele. Esto le otorga libertad moral y superioridad espiritual. En la primacía del espíritu, en el concepto de la semejanza con Dios, está incluido el concepto de la posibilidad de suprimir y vencer el pecado. Hay que subrayar que la semejanza no es algo terminado y definitivo; es una posibilidad y, al mismo tiempo, el objetivo y la finalidad de la vida. El ser humano es capaz de realizar lo bueno y rechazar lo malo, sintiendo en sí  mismo lo divino que lo impulsa a practicar la moral, para asemejarse a su Creador.

 

Rabi Akiba enseña: “El ser humano es querido por Dios, ya que fue creado a Su imagen. Donde más se manifiesta el amor divino es en la revelación de que Dios creó al hombre a Su imagen, como está escrito: ‘pues a imagen de Dios creó al hombre.’” (Abot 3,1. 18.) El hombre no puede imitar los atributos sobrenaturales de Dios y nadie exige que imite Sus atributos de severidad. En esta forma se interpretan las palabras del Profeta Jeremías: “Así dice Dios: Que no se alabe el sabio por su sabiduría, ni el valiente por su valentía, ni el rico por su riqueza. Quien quiere alabarse, que busque su alabanza en tener inteligencia y en conocerme, porque Yo soy Dios que ejerzo la bondad, el derecho y la justicia sobre la tierra, sí, ésta es mi alegría.” (Jer. 9. 22-23.).

 

Dios nos exige que Lo conozcamos humildemente e intentemos imitar Sus atributos de amor, justicia, verdad, derecho, compasión, misericordia, etc. En esta forma la idea de la imitación de Dios se transforma en la base de la vida moral y la misma vida se eleva a la santidad, mirando y apreciando las  cosas sub specie aeternitatis, es  decir, según el criterio de lo bueno absoluto.

 

Es bien sabido  que la idea de la imitación de Dios aparece también en la filosofía griega. Pitágoras enseñó:  La mejor forma de adorar a Dios es, asemejarse a Él -  té dianoia homoióses. Y Platón desarrolló más esta idea, relacionándola con su concepto sobre la inmortalidad del alma, aunque para él Zeus es el ejemplo que se debe seguir.

 

Tratemos de resumir ahora, cómo se presenta esta idea en la literatura judía postbíblica.

 

En la Agadá encontramos a menudo la idea de la imitación de Dios. Se cita varias veces esta sentencia, cuyo autor no se conoce:  Es grande el poder de los profetas, porque ellos saben asemejar la criatura al Creador (Bereshit Raba 27.1.), Tanjuma Jukat 6); etc. Eso significa que los profetas, por medio de alegorías y metáforas, facilitan al hombre una idea clara sobre Dios y, de esta manera, la posibilidad de imitarlo.

 

Según Rabi Meir, “pasa delante del pueblo” (Ex. 17.5.) significa: Sé semejante a Mí; Yo pago lo malo con  bueno, tú tambien debes hacer lo mismo.(Exodo Raba 26.2.).

 

Abba Shaul concentra en la palabra “veanvehu” (Ex. 15.2.) la idea de la imitación de Dios. Él es misericordioso y compasivo, tú también debes serlo. (Mejilta 37ª; Shabat 133b; etc.).

 

Según Rashi, “anvehu” es “ani vehu”, es decir, quiero asemejarme a Él. A veces el agadista parte del concepto de “imagen de Dios”. Por ejemplo Dios, que es justo e íntegro, creó al hombre a Su imagen para que él lo sea. (Tanhuma Bereshit 7.).Jacob  de Kefar Janan explica la duplicidad de Génesis 1.26. y 1.28. en esta forma: Los seres humanos, creados a imagen de Dios, si intentan asemejarse a  Él, dominarán la naturaleza: a aquellos que no lo hacen, Dios les dirá: sumergidos. (Bereshit Raba 8.12.).

 

La Sagrada Escritura exige de nosotros transitar por los caminos de Dios. Estos caminos  no son aquellos por donde Dios pasa, sino los que han sido designados por Él para el hombre. Andar en los caminos de Dios es igual que seguir e imitar Sus acciones. (Maimónides: Hiljot deot 1. 6.).

 

Jama ben Janina da una enseñanza práctica: Como Dios viste a los desnudos, (3.2.), cura a los enfermos (Gen. 18.1.), consuela a los encuitados (Gen. 25.11.) y entierra a los muertos (Deut. 34..6.), hazlo tú también. (Sota 14a.).

 

Bendito sea el Rey del Universo que nos ha enseñado a andar en Sus senderos, para que vistamos a los desprovistos de ropa como Dios vistió a Adán y Eva; para que asistamos a los despojados como Él hizo con la primera pareja. Para que visitemos a los enfermos como Él apareció a Abraham estando enfermo; para que consolemos a los enlutados como El consoló a Jacob en el momento de la muerte de su madre; para que alimentemos a los necesitados como Él lo hizo haciendo caer el maná; para que enterremos a los muertos como Él sepultó a Moisés. (Tárgum para Deuteronomio 34.6.).

 

El camino de Dios es cumplir con Sus trece atributos. (Ex.34. 6-7.). Como Dios es misericordioso y compasivo, tú también debes serlo. Debes practicar la beneficencia como Él. Él es justo, tú también debes practicar la justicia. (Sifre Deuteromonio 49.).

 

Como Dios, sed misericordiosos, dad donaciones, sed tardos en la ira y, como Dios, inclinaos hacia el amor, hacia lo bueno y no hacia lo malo. (Seder Elia Raba 24.).

 

A veces la Agadá enseña en forma de parábolas. El rey terrenal es celoso, nadie puede sentarse en su trono, nadie puede utilizar su caballo, ni su cetro, corona o vestido; no permite que otros se designen o denominen rey; el que lo hiciere, es considerado reo de muerte. Dios no es así, al contrario. Hizo sentar a Salomón en Su propio trono (2. Cron. 29.23.); hizo subir a Eliaju a su caballo, la tempestad y los huracanes son su caballo (Nah. 1.3.); entregó Su cetro a Moisés (Ex. 4.20.); entregará Su corona al Mesías (Sal. 21.4.); vistió con Su vestido a Su pueblo (Sal. 29.11.);  no es celoso de Su nombre (Ex. 7.1.; Tan.13.; Vaera 7.11b, 12ª.; Exodo Raba 8.).

 

El rey tenía un amigo rico a quien quiso hacer un regalo, pero no sabía qué, pues aquel tenía de todo. Por fin, decide regalarle su espada. Dios es el Rey. Abraham es el amigo; Dios le honra de tal manera que lo hace semejante a Él. (Tan. B. Lej Leja 23/40.).  

 

El rey está en el desierto con su ejército. No hay más alimento y uno de los soldados le ofrece el suyo. Regresado a la ciudad, el rey se olvida de su benefactor. Cuando el soldado lo advierte, el rey le da altos puestos, pero él no está contento. El rey le reprocha; Te hice semejante a mi, ¿qué más quieres? Así dice Dios a los justos: Vosotros seréis semejantes a Mi, ¿Qué más queréis? Yo creo mundos y resucito muertos, ¿así queréis tambien vosotros? (Midr. Teh.)

 

Rabi Shimón ben Iohai interpreta el versículo 8 del capítulo  61 de Isaías: “Prefiero lo que es correcto y odio el robo y el crimen”, y saca una enseñanza negativa del concepto de la imitación de Dios.

 

El rey está en la ruta con su comitiva. Llega a la aduana. Quiere pagar los derechos. Sus siervos se sorprenden. Para qué pagar, si todo los aranceles le pertenecen. El rey explica que quiere dar un ejemplo a los viajeros, para que no omitan el pago. Del hecho de que Dios odia el  robo y la injusticia, los hombres comprenderán que deben abstenerse del pecado. (Suca 30a.).

 

Un  derivado del concepto de la imitación de Dios es el concepto de que quien practica la moral, se transforma en colaborador de Dios en la perpetua re-creación del mundo.  El universo es bueno, pero no es perfecto; se perfeccionará sólo por la práctica de la moral, basada en el libre albedrío del ser humano. El mundo no es pleno, hasta que no se llene con el espíritu divino, producido por las acciones morales del hombre.

 

Hay un concepto según el cual la imitación de Dios se realizará en la época mesiánica; eso no excluye intentarlo ya, sin restricciones. (Pesikta Rabati 46.b.).

 

Se podría aumentar el número de los ejemplos, pero se ve ya de los mencionados que según los maestros de la literatura talmúdica, el objetivo de nuestra vida es, acércanos a la santidad por medio de nuestra conducta moral, realizando la idea de la imitación de Dios. Aquella vida que se propone como finalidad, la realización de lo bueno y de lo noble hasta el límite de la posibilidad humana, sirve a la gloria de Dios y al mejoramiento del mundo. Nuestra intención de acercarnos a lo perfecto es la santificación de Dios. Además, la actividad del individuo puede ser fuente del aprecio o desprecio  del grupo a que pertenece. De esta forma se presenta la relación que existe entre la moral, el individuo y el pueblo.

 

Además, la búsqueda de la santidad es un compromiso. Uno se compromete a santificar moralmente su vida y aceptar la misión de colaborar con Dios en el mejoramiento del mundo.

 

¿Escuchamos la  voz que  nos invita a renovar este compromiso?