¿SANTUARIO CON SACRIFICIOS

O SINAGOGA CON ORACIONES?

 

 

En cualquier lugar donde Mi Nombre sea recordado, Yo vendré y bendeciré.”

(Ex. 20.24.)

 

Háganme un Santuario y Yo habitaré entre Ustedes.”

(Ex. 25.8.)

 

La prohibición de preparar imágenes es parte indispensable de las enseñanzas de la religión judía.. Al ser la religión independiente de la naturaleza, tiene que ser su materialización. La imagen es materia,  y está localizada, tiende a concentrar el culto en un lugar determinado. La imagen, en general, otorga categoría suprema al santuario local y de ella deriva un vínculo especial con un territorio particular. La religión judía se vio obligada, desde sus principios, a luchar contra semejante compromiso espacial. Esto fue, además, un medio para evitar el avanzado  antropomorfismo de sus vecinos.

 

La historia demuestra que durante mucho tiempo, en la época  de Moisés, Josué y  los Reyes, la religión judía no necesitaba más que un santuario móvil, portátil. Sólo siglos después, alrededor del año 1000 a.e.c., se construyó el Santuario.

 

El Rey David comprendió que asociar el culto religioso con un lugar particular y permanente, equivaldría a abandonar la tradición mosaica y él no se atrevió a ir tan lejos. Sin embargo, en la época de Salomón, era tal la glorificación de la monarquía y  del estado, que se podía acallar toda oposición. Se levantó el Templo en Jerusalén, aunque construido como una de las acostumbradas “capillas reales”, lo que revelaba la penetración de la influencia cananeo-fenicia, incluso en el diseño y equipamiento exterior.

 

El Primer Santuario fue más  un centro nacional congregacional que un centro religioso devocional y considerado como el lugar oficial del culto. Tuvo que rivalizar durante mucho tiempo con santuarios ubicados no sólo en Israel Septentrional, sino también en la misma tierra de Juda. Su hegemonía sobre la vida judía abarcó sólo un período muy corto, quizás apenas unas tres décadas y media, desde la época de Josías hasta su destrucción.

 

Los profetas se dieron cuenta que el culto practicado era muchas veces formal y vacío y  se oponían a las oraciones y sacrificios vacíos. Su portavoz más decidido fue Jeremías, quien expresó que la supremacía del culto en el corazón debe estar por encima de las ceremonias del sacrificio en el Templo. Enseñó, que los servicios en el Templo no eran  incorrectos en sí mismos, pero que se transformaban en perniciosos cuando reemplazaban los deberes interiores, es decir, la conducta moral. De tal modo, Jeremías y algunos otros profetas hicieron  hincapié en el papel que desempeña la conciencia individual en la religión.

 

Por supuesto, hay también opiniones positivas sobre el culto, especialmente sobre la oración en el Templo, considerando que éste es el mejor lugar para las plegarias de Israel. (Isaías 27.13;  Jeremías 31.5; etc.), y en el Segundo Isaías hay alusiones positivas, también, al significado escatológico del templo.

 

El Templo, durante su existencia, nunca ejerció tanta influencia en la historia nacional del pueblo judío como después de su destrucción. Se convirtió en un  recuerdo y en un ideal y, aún más, en una esperanza en el resurgimiento de la Patria y en la Inmortalidad del Pueblo.

 

El Santuario de Jerusalén,  y todos los otros santuarios locales, no tardaron en ser sustituidos por una institución aún más desvinculada de cualquier lugar en particular: por la sinagoga, la que se podía erigir dondequiera que viviesen los judíos. Las sinagogas brotaron por todas partes,  a partir de la destrucción del Primer Santuario de Jerusalén (586.a.e.c.), aunque hay datos según los cuales antes, mientras existía el Templo, también las había.

 

La caída de Judea conmovió los fundamentos nacionales y territoriales de la cultura y de la religión judías. No sólo el pueblo  marchó al exilio, sino  también su religión. Quedó demostrado que la religión podía sobrevivir sin estos fundamentos. El judaísmo empezó a revelar su significado y sus elementos universales, demostrando su capacidad de conservar al pueblo disperso, como un  conjunto étnico-religioso, identificable también en tierras extrañas. Aunque sus bases nacionales y territoriales fueron destruidas, su fuerza interior permaneció intacta. La diáspora asimiló gradualmente la cultura extranjera, sin aceptar la religión pagana. Ayudó mucho la formación de otro centro espiritual, heredero de los santuarios locales, la sinagoga, que  ya no era sólo lugar de oración, sino también de estudio y centro de la vida comunitaria.

 

La nueva modalidad de adoración resultó superior al culto de los sacrificios. Sin embargo el pueblo continuó con sus esperanzas de poder renovar algún día el ritual del Templo, cuando venga el Mesías, descendiente de la Casa de David.

 

Cuando se derrumbó el imperio neo-babilónico, Ciro, el Rey persa, permitió el retorno de los judíos a Judea y la reconstrucción del Santuario en Jerusalén. Durante el período del Segundo Templo, no sólo se fortificó el  monoteísmo en forma absoluta, sino también el culto religioso se volvió más refinado y universal. Pero este culto ya no estaba ligado al Santuario -donde no presentaron sacrificios,-  sino mucho más a la sinagoga. Casi se podría decir que había dos cultos: uno oficial y uno popular. En la sinagoga, el núcleo del servicio era el soliloquio del corazón y la palabra que estaba en los labios. La lectura de la Palabra de Dios, de la Torá y de los Profetas, fue igualmente un elemento importante.

 

Durante este período, los himnos antiguos se juntaron en una colección, en el Libro de los Salmos, que empezó a formar parte del culto. La oración se formuló gradualmente y se convirtió en una liturgia independiente; sólo mantuvo los horarios del culto de los sacrificios. Originalmente, la oración fue espontánea, de acuerdo a las necesidades espirituales de la persona y del momento. Ahora, se fijó su orden, el Sidur (libro de oración para los días hábiles) y el Majzor (libro de oración para las Altas Fiestas). Adquirió  carácter obligatorio con características de un culto independiente y realizable en forma tanto comunitaria como particular. Se introdujo no sólo la lectura de las Sagradas Escrituras en los servicios comunitarios, sino también su interpretación y su estudio.

 

La oración y el estudio, como forma del culto divino, es una innovación de la época del Segundo Templo, siendo una contribución valiosa del judaísmo a la civilización occidental.

 

El nuevo servicio era independiente  de todo lugar sagrado. Se pudo ejecutar en todas partes, dentro  y  fuera de los límites de Jerusalén  o de Judea. De esta manera ha contribuido a la aspiración de la religión  judía de convertirse en una fe universal.

 

La destrucción del Segundo Templo por Tito (70 e.c.)  ya no encontró desprevenido al pueblo judío- Su religión ha podido no sólo sobrevivir, sino también desarrollarse y divulgar.

 

Como vox populi de aquella época, vale la pena citar la opinión de un sabio del Talmud  quien  dijo: “El día en que ha sido destruido el Templo de Jerusalén, fue derrumbado el muro que se hallaba entre Dios e Israel”. Esta frase ha sido interpretada de tal manera, que Dios no necesita  ningún lugar especial para Su veneración.  Él está en todos los lugares donde Lo buscan  y Lo dejan entrar, y está especialmente en los corazones y en los hogares familiares.

 

Judíos y no judíos, amigos y enemigos,  han preguntado a través del tiempo: ¿Cómo es posible, que el pueblo judío haya podido sobrevivir como una unidad durante casi cuatro milenios?

 

Hay muchas y muy variadas respuestas. Quisiera dar una sola que, según mi criterio, es de suma importancia. 

 

  Los santuarios, o lugares de oración  de los judíos, eran diferentes que los de los otros pueblos y religiones, pues en ellos los únicos objetos sagrados fueron las Dos Tablas de la Ley,  con los Diez Mandamientos del Monte Sinaí y, más tarde, los Rollos de la Torá, conteniendo los Cinco Libros de Moisés. En ninguna otra parte existía eso: la Ley en vez  de una imagen, de un tesoro de valor mundano. Eso significaba el abandono de la conciencia imaginativa y la inclinación hacia el intelecto abstracto.

 

Los judíos son el primer pueblo donde Dios no vive en un templo, en una imagen, en un altar o en una  figura. Dios se manifiesta a través de  los escritos.  No en la palabra hablada, sino en el Libro de los Libros que es la Verdad para toda la Eternidad. La Palabra, la Ley triunfa sobre la imagen. La interpretación de la Palabra, encontrar Su mensaje para cada época y vivir según ella, asegura la sobrevivencia y el crecimiento espiritual.

 

La fuerza vital de un pueblo se refleja en sus pensamientos. El hombre es la única criatura  que conoce a sus padres y a sus abuelos.  Una persona culta sabe mucho acerca de las generaciones  anteriores que han vivido antes que ella.  El  hombre culto tiene una relación íntima hacia las generaciones anteriores,  e intenta conocer las que lo siguen.. Pueblos que  no se interesan por su procedencia histórica  son como ríos que se han cortado de sus fuentes. Criaturas que han perdido su memoria, se pierden.

 

Y este es el otro secreto, ligado  profundamente al anterior, acerca de la inmortalidad  del  pueblo  judío. Ningún  otro pueblo  está  tan  profundamente

arraigado y tan penetrado en su pasado, gracias a la Biblia y a los otros  centenares de libros y documentos, escritos en el espíritu de la Biblia. Escritos que nos han enseñado el pasado, la razón de ser, de vivir, de luchar, de  esforzarse para y por el autoperfeccionamiento, hasta transformarse en colaboradores de Dios en el perfeccionamiento del mundo y de la humanidad. Estos libros nos han enseñado que la tradición no significa conservar cenizas, reliquias, sino mantener una llama viva.

 

Este antiguo edificio de ideales, que llamamos cultura judía, es más fuerte que todas las construcciones de granito u hormigón armado del mundo.