LOS PROFETAS Y SU ACTUACIÓN

 

 

Uno de los pensadores judíos más ilustres del siglo XX, Abraham Joshua Heschel, escribe: Los profetas fueron las personas más perturbadoras que jamás hayan existido. Eran hombres cuya inspiración dio origen a la segunda parte de la Biblia. Hombres cuya imaginación  es nuestro consuelo ante la angustia, y cuya voz y visión sustentan nuestra fe. El profeta no es sólo profeta: también es poeta, predicador, estadista, crítico social, moralista.

 

La profecía no es simplemente la aplicación de normas eternas frente a la situación  particular humana, sino subraya la importancia de un momento especial en la historia,  el entendimiento divino de la situación humana. La profecía, entonces, puede definirse como la exégesis de la existencia, desde una perspectiva divina.

 

La actuación de los profetas, considerándola desde el  punto de vista de sus objetivos, es tridimensional:

 

  1. Reconstruyen y reinterpretan la historia judía según su definición. Llegan hasta la conciencia del pueblo  y parten hacia perspectivas más amplias.

 

  1. Crean el monoteísmo ético y hacen más espiritual la religión judía. Borran los restos del politeísmo y luchan contra las eventuales intenciones en dicha dirección.

 

  1. Transforman el judaísmo nacional en una religión universal.

 

            En su desarrollo histórico, diferenciamos tres épocas.

 

  • El único representante de la primera época es Moisés, el preceptor del pueblo, quien señaló la orientación para el desarrollo religioso y socio - económico del pueblo judío.

 

  • A la segunda época pertenecen aquellos profetas que no dejaron sus enseñanzas por escrito, sino las transmitieron como parte de la tradición oral, como por ejemplo Samuel, Natan, Gad, Ajia. Los profetas que vivían en la corte real, participaban en la vida política en pro de la defensa y la divulgación de la ética, como única seguridad para mantener el Estado y la unidad del pueblo; Elías (Eliyahu) y Elisha, los fanáticos del monoteísmo, son héroes populares en la tradición nacional.

 

  • El verdadero profetismo se forma a partir del siglo VIII a.e.c. que podemos considerar como la tercera época. Sus enseñanzas están incorporadas en la Biblia. El primer profeta de este grupo es Amos. Él divulga no sólo el monoteísmo, sino también el monoteísmo ético. Luego viene Osías (Hoshea) quien anuncia el amor eterno de Dios hacia Su pueblo y, a su vez,  el amor de éste hacia Él.  Isaías (Yeshayahu), a su vez,  es el preceptor irrevocable de la ética. Su contemporáneo, Miqueas (Mijá), es el apóstol de la justicia. Jeremías y Ezequiel llevaron consuelo y esperanza a los exilados en Babilonia.

 

Samuel es considerado el primer profeta, después de Moisés. Fue el fundador espiritual del primer reinado judío. Sin embargo, la tradición pone en su boca la primera amonestación que ataca la institución del reinado por formarse. Previene al pueblo de los eventuales peligros y daños que el rey pudiera ocasionarles. Todavía no se había afirmado la vida política del pueblo judío, y ya  levantaba la voz de la conciencia y de la protesta contra las injusticias de la vida dentro del nuevo sistema estatal, como también contra la influencia de las autoridades foráneas y contra el sistema político interno.

 

Después de Samuel vendrá la larga fila de los descontentos, de los indignados, exasperados,  fustigadores, los soñadores, desde Natan hasta los cuatro llamados “Grandes”:  Isaías, Jeremías, Ezequiel, y el Anónimo Babilónico. Luego, los Doce Profetas Menores y más tarde, hasta Jesús, hombres que nunca  adularon a nadie. Tuvieron el coraje de decir al rey –por ejemplo a Elías y a   Ajab,-  que él que  corrompía el Estado, y su Reinado era el camino que conducía al alejamiento de Dios (Hoshea). Sus amonestaciones las botaban al fuego; algunos fueron considerados y tratados como traidores. Hubo profetas que despreciaron abiertamente los pactos realizados con los aliados de su Patria -como Isaías a Egipto-, o quienes proclamaron frente al rey, que el pueblo debía servir al rey de Babilonia y no a Egipto  -Jeremías-;  o como el Anónimo Babilónico quien tuvo el coraje de decir que todos los estados y naciones son como una gota de agua, como el polvo o como la brizna frente a Dios, porque sólo la Palabra de Dios es inmutable y permanente, y hay que cumplirla ante  todas las circunstancias de la vida pública y privada.

 

Los Profetas Zacarías y Zejaria anunciaron y difundieron la unidad y la unicidad de Dios: Él es el  Dios Universal y todos los pueblos vendrán a adorarlo:. Los genios, como Jesús, reconocen que Su Reino no es terrenal, y luchan por la realización del Reino de Dios en la Tierra. Casi todos proclaman la prioridad de servir a Dios frente a los intereses de la autoridad de las organizaciones públicas. Vendrán otros que considerarán las ceremonias litúrgicas sin valor, si son vacías y sin sentimiento. Otros atacarán la existencia política y nacional del judaísmo, proponiendo el fortalecimiento de la divulgación de la ética al servicio del hombre y de la humanidad. Estarán en contra de todas las guerras, aunque sean en legítima defensa.

 

La fe en la elección de Dios por el pueblo judío florece  ante la actuación de  los profetas, pero será rebatida y superada, o mejor dicho, se transformará en la conciencia de una misión más específica, más espiritual. La única tarea y vocación del pueblo judío es servir a Dios, darlo a conocer a Él y  Sus exigencias éticas a toda la humanidad. Si el pueblo judío cumple fielmente esta tarea, tiene el derecho de vivir y sobrevivir. La fuerza  de la idea y del pensamiento es natural, sin límites. Pero el poder de los grupos humanos es finito y lleno de violencia e injusticia.

 

Jeremías (Yirmiá) llora y lamenta  la pérdida de Judea y de Jerusalén. Le duele la herida, porque significa la destrucción de su Estado. Pero, como habían practicado idolatría, cometieron grandes pecados como mentira e injusticia; ya no era el estado soñado y deseado de los profetas. Sión deberá convertirse en el Centro Espiritual de toda la humanidad y no sólo de los judíos. Viva la nación, si la justicia vive en ella. Pero piérdase, si la justicia así lo exige. Dios es más que la nación. ¿Qué significa la nación, aunque sea  nuestra?  Dios es más importante que la nación, más que el judaísmo. Dios vivirá en la conciencia colectiva de toda la humanidad, predica el Profeta sin descanso. Y no olvidemos que este discernimiento entre religión y nación nació en la conciencia de un pequeño pueblo que vivía rodeado por enemigos. Así dará el espíritu judío, a base de las enseñanzas de los profetas, el paso decisivo que, partiendo de la religión nacional, lo llevará a transformarse en una religión universal.

 

Pero, por esta transformación, se tuvo que pagar un alto precio. Poco a poco, el judaísmo renunció a su carácter cerrado. Las luchas posteriores de los profetas causarán las tensiones entre lo existencial o real y el ideal de la nación judía. La mayoría de los profetas abandonaron la idea nacional para volcarse hacia lo universal. Jonás (Jona) predicó a los paganos. El drama de Job se realizó en el ámbito humano, pues sus inquietudes son universales. Esta extensión exigió su precio: ¿Se podía mantener el Estado con los principios de Isaías, Zacarías, del Anónimo Babilónico?  En lo que se refiere a una parte de los principios religiosos,  más tarde se consideró que, como los sacrificios, el ayuno y el ritual en general, perdieron cierta importancia. Al mismo tiempo, se reafirmó que la guerra, la opresión, la injusticia están contra la voluntad divina, e insistieron en la máxima importancia del amor, de la humildad, del corazón puro y de las manos limpias, en la libertad y en el servicio del corazón, que se manifiesta en el trato prestado a las criaturas de Dios. La legislación mosaica, que en principio intentó la separación, fue debilitada por la enseñanza de los profetas que trataron de disolver la separación, dentro de una humanidad que camina hacia la Redención. Primero, tuvo que formar una nación que descubra la idea, la transmita y la divulgue, y luego deje de tratarla  como un concepto nacional y la incorpore en lo universal.

 

Los profetas eran la conciencia viva en la organización judía y la actuación de los más grandes la conciencia inexorable, aún hasta el suicidio. Su voz se hace cada vez más fuerte, hasta la disolución del Estado. El ideal profético, el ideal ético y el ideal nacional surgieron de la misma raíz popular, pero se separaron cada vez más, hasta transformarse en opuestos.

 

Al investigar la historia de la actuación de los profetas, y junto con ella la historia  política, nos damos cuenta de que el judaísmo ha abandonado el ideal nacional en pro de la proclamación del ideal moral universal, con  la disolución de los límites y las barreras. El mismo disolvió su Estado, porque lo consideró como una limitación humana, una organización forzosa, opuesta a la voluntad divina y humana.

 

Las consecuencias bien interpretadas  de la conciencia humana, hasta casi el suicidio político, pueden tocar a cualquier nación o a toda la humanidad, hasta sus raíces. Para el pueblo judío significó vivir sin patria, disperso en todo el mundo  entre las otras naciones y pueblos. Por un lado, era casi un suicidio, y por otro, aseguró la sobrevivencia y la inmortalidad,  la voluntad y el poder a  renacer de sus cenizas, varias veces.

 

La aparición de los profetas y su actuación marcó el comienzo de la influencia del judaísmo sobre el mundo pagano. La valla del paganismo ha sido quebrada, el camino ya se abrió y algunos siglos más tarde, el cristianismo retomó y amplió  el camino.

 

No pretendemos hacer aquí un estudio completo de los profetas, ni de la profecía, sino apenas señalar algunos aspectos, trazar algunas líneas generales y esbozar o sugerir otras.

 

 La profecía no tiene sus raíces en la predicción o en el oráculo primitivo. El vidente, que fue el precursor del profeta, también leyó e interpretó signos y sonidos. Lo llamaron  " vidente "  porque tenía visiones, pero no porque pudiera prever el futuro.

 

Roberto Gordis dice respecto de los videntes y hechiceros: "En la Biblia no se encuentra ese tipo de funcionario, salvo en algunas referencias dispersas del primer período de los Jueces y de la monarquía. Esto se debe a dos factores:  En primer lugar, la Biblia fue escrita desde la posición incomparablemente ventajosa de los grandes profetas que despreciaron a esos bajos practicantes de artes dudosas. En segundo lugar, durante el período bíblico, este funcionario ya había evolucionado hacia un tipo superior, al  "adivino -  naavi"  o profeta. Otros nombres con los que se conocía al profeta, eran:  " Roe" o  "Jozé"  -  "vidente ", e  "ish haelohim"  -  "el hombre de Dios " .

 

La etimología de la palabra "naavi" es incierta. Algunos investigadores la hacen derivar de una raíz que significa  "murmurar"  y otra  "enunciar" . Probablemente ambas interpretaciones son correctas y reflejan diferentes etapas del desarrollo de la profecía, que comenzó como una expresión visionaria  y llegó a ser el anuncio respetado de la voluntad de Dios.

 

Su misión era pública y social. Vino como un  "mensaje", que podía ser una advertencia, una amonestación o la exigencia de una acción. El profeta era un tribuno valiente y temible, no sólo porque hablaba en nombre de Dios, sino porque interpretaba al Dios verdadero, puro, original, que nunca ha entrado en compromisos, que ha  venido del desierto donde se había formado la singularidad hebrea. El profeta interpretó la  "memoria nacional"  y habló en su nombre, evocando los tiempos idílicos de una justicia e igualdad absolutas, de una igualdad entre seres libres, que el genio nacional  resistía olvidar. El profeta era signo y símbolo de una obligación histórica contradictoria, dado que dependía de una inspiración exclusivamente individual  -el profetismo no era hereditario-, plasmó la fisonomía del Estado Judío en la antigüedad como resultante del equilibrio entre la coerción de los poderosos  (reyes, jefes, sacerdotes)  y la presión profética en contra de los excesos del poder terrenal.

 

Los factores prehistóricos, el período de la esclavitud en Egipto, la época nómada en el desierto y la antigua herencia semítica de una democracia primitiva, fueron los formadores de los rasgos fundamentales del pensamiento profético. Otros pueblos vecinos también tuvieron "bajos orígenes", pero la mayor parte de ellos prefirió olvidar su pasado,  "rectificarlo" o deformarlo. De esta manera, cuando desapareció la vida  nómade entre ellos, también la democracia original, aún primitiva, quedó totalmente olvidada.

 

Los profetas, con sus palabras, impidieron que el mismo proceso ocurriera en el pueblo judío. Su papel no se limitó a su actividad propia y a sus escritos. Su influencia orientó a los historiadores bíblicos para que narrasen el pasado nacional desde el punto de vista profético, y los escritos legales gobernasen la sociedad judía según este parecer. A través de la historia del derecho y de la exhortación, los profetas  impidieron a sus compatriotas olvidar que fueron esclavos y pastores. Utilizaron la esclavitud de Egipto y el Éxodo, para inspirar el corazón de los individuos con sentimientos humanitarios. Siendo contemporáneos de una cultura adelantada y a menudo corrupta,  recordaban  las leyes simples de la justicia, de la libertad y de la igualdad, que regían la vida de sus antepasados nómades. Declararon que aquellos días habían sido los más gloriosos del pueblo judío  (Jeremías 1, 2).

 

Ante una civilización estéril y moralmente corrupta, no fueron los profetas los únicos defensores nostálgicos del pasado. Se formaron grupos y clanes, como por ejemplo los  "rejabitas" que aspiraron a la salvación a través del arrepentimiento y el aislamiento. Los profetas, si bien coincidían con esos grupos al considerar al período nómade como una tradición gloriosa, no fueron sólo románticos idealistas. Por el contrario, fueron genios creadores y realistas, que supieron utilizar las experiencias del pasado para satisfacer las necesidades vitales del presente y del futuro.

 

Una parte del pasado estaba muerta, más allá de toda esperanza de resurrección. Otra parte podía conservarse; otra requería ser ampliada y profundizada, mientras otros aspectos eran completamente inoportunos. Los profetas no urgían un retorno a las condiciones nómades, ni prohibían tomar vino, habitar casas o practicar la agricultura como los "rejabitas". Aceptaban la inevitable transformación social de la vida sedentaria, pero exigieron la práctica de los ideales éticos del nomadismo, válidos para todo sistema social. Su sentido insistió en la responsabilidad mutua, en su apasionado apego a la libertad. El profetismo gradualmente se tornó independiente y apareció como una entidad con jerarquía propia. Al principio, el profeta era uno de los servidores del rey y figuró en la lista de la Corte, junto con los sacerdotes. Pero su personalidad soberana crecía junto con su independencia. Existe una diferencia muy grande entre el profeta primitivo, y aquel que adquirió envergadura y se transformó en el fustigador de la explotación, que luchó ferozmente  contra los opresores fuertes y poderosos. No era un demagogo porque no pretendía agradar a nadie, ni prometer nada. En el nombre de la historia judía y de la memoria nacional, arremetió contra la injusticia, injusticia generalizada. La profecía se torno así  ecuménica y universal.

 

Ajad Haam, uno de los representantes más profundos del pensamiento judío moderno, muestra los rasgos del profeta de manera sistemática:   "La esencia de la profecía judaica es el reinado universal de la justicia absoluta. En lo celestial, por ser obra del Todopoderoso, llamado 'el Justo del Mundo', tiene en su mano la vara del juicio. En lo terreno, por ser obra del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, apegado a su Creador, actúa como su auxiliar en la conducción del universo por los caminos de la justicia. Este ideal, con todos sus corolarios religiosos y morales, fue el animador de los profetas de Israel. La justicia es la belleza,  el bien,  la sabiduría y  la verdad. Cuando el profeta notaba una injusticia cometida por el hombre, o por el  Director Supremo del Universo, no se detenía a investigar sus causas; indignado, daba rienda suelta a su espíritu con palabras que quemaban como fuego, o proseguía su camino para luchar en otras playas por su ideal".

 

Al referirse a fenómenos semejantes en otros pueblos, dice el mismo autor: "También las otras naciones tuvieron, en diversas épocas, profetas que andaban por el mundo como si fuesen ideales vivos encarnados. Los resultados de su actividad fueron puestos en manos de sacerdotes, para que cuidasen de su perpetuidad. Pero fue así  Israel, sólo en las etapas remotas de su historia, que dio cabida a la profecía, no como fenómeno accidental o pasajero, sino ininterrumpidamente durante largas generaciones, como si se tratara de una característica propia, grabada en el espíritu nacional".

 

"El sacerdocio se convirtió en una institución que, en otros pueblos, al institucionalizarse, petrificó las posibilidades de una profecía vital y dinámica, e incluso la aniquiló. En Israel, mientras tanto, la singular institución de la profecía, sin jerarquías heredadas, a no ser por la autoridad que emana de la propia personalidad, fue una especie de revolución permanente, censor implacable, que exigía incesantemente más justicia, más igualdad, más humanismo  y además,  limitaba el poder de las autoridades.”

 

Ajad Haam define al profeta de la siguiente manera:  "El profeta es el hombre de la verdad. Ve la vida tal como es.  Expresa las cosas tal como las ve, sin cálculos al margen, y dice la verdad, no porque éste sea su deseo, ni porque investigó y verificó que era su deber, sino porque se siente obligado a hacerlo, pues ése es el carácter  de su espíritu del que no puede escapar, aunque lo quisiese. El profeta es el hombre de los extremos. Concentra sus conocimientos y su corazón en su ideal, en el que encuentra el sentido de su existencia y al que desea someter la vida hasta su último extremo, sin dejar ni un solo residuo. En el interior de su alma, hay un mundo exterior y tangible;  por este ideal lucha día tras día, hasta donde llega su poder, y dilapida sus fuerzas sin autocompasión, sin consideración previa y sin tomar en cuenta las condiciones de la vida y las exigencias de la armonía general. Tiene presente sólo aquello que debería realizarse según su conciencia, y no lo que podría ser hecho conforme con las circunstancias " .

 

La definición queda más clara si se toma el binomio contradictorio "rey"  y "profeta", como lo hace Martín Buber, diciendo: "En el Antiguo Oriente se consideraba, en general, al rey como hijo del Dios Supremo. Era concebido como adoptado, o como realmente concebido por el Dios. Esta concepción tampoco fue extraña a Israel, por cierto que bajo la primera de las formas mencionadas. El Salmista pone en boca de Dios las siguientes palabras, dirigidas al rey, en el día de su unción en el Monte Sagrado:  'Tú eres mi hijo;  en este día te he engendrado'. Siendo ungido en el nombre de Dios, y ser responsable frente a Él no sólo como virrey sino también como hijo, responsable ante su padre. Otros pueblos del Antiguo Oriente conocieron esta relación del Rey con Dios. Por ejemplo, en Babilonia, en la fiesta del Año Nuevo, día en que recomienza el mundo, el sacerdote aplicaba al monarca un golpe simbólico en la cara, lo que resolvió el compromiso de éste para el resto del año. En Egipto sólo había conversaciones íntimas entre el soberano y su divino poder, sin testigos, sin ningún resultado visible. No sucedía así en Israel. Aquí el profeta aparecía una y otra vez ante el rey y le exigía rendición de cuentas. Este realismo profético se ve cristalizado en el mensaje divino, transmitido a David por el profeta Natan:  Dios se propone adoptar al hijo de David como propio, como hijo de Dios. Pero, al haber pecado éste, lo castigará tal como un padre castiga a su hijo.  Y lo hará a través de los enemigos de Israel, ante quienes sucumbirá por no haber defendido  y practicado la justicia.”

 

El ejemplo de la actitud de los profetas ante los reyes desleales está calculado para ir más allá y elucidar la índole de la relación entre el judaísmo y la civilización. Por consiguiente, muchas veces la línea de batalla se internaba en el propio terreno religioso, principalmente cuando la autoridad religiosa establecida  -personificada por el sacerdote-  se colocaba del lado del poder y le otorgaba su aprobación. En este caso, la religión, para mantenerse en virtud de su pacto con el poder, se disociaba de la exigencia del principio religioso de constituirse en el motor de todo lo justo, lo honesto y lo concreto.

 

El profeta, que no poseía ni poder ni autoridad,  hizo frente a esa coalición del poder establecido como divino, por seres humanos.. Personalidades de la talla de Moisés o del Profeta Samuel, no  surgieron posteriormente. Dirigentes con poderes proféticos y al mismo tiempo estadistas, con capacidad de manejar el poder y la autoridad, no abundaron en la historia. Pero el poder espiritual del profeta aparecía justamente, ante la falta de su poder político. La  impotencia frente a los poderes terrenales, no le  quitaban o disminuían su fuerza:  le  daban grandeza y valor.

 

Sobre ese tema queremos evocar  un episodio que es muy conocido, pero no por eso menos instructivo. El protagonista es el famoso Profeta Elías, recordado por su celo  "yahvista – convicción sobre   la unicidad de Dios"  y su lucha contra la influencia de las civilizaciones fenicia y del baalismo. Se trata, por cierto, de algo que no era un rasgo común en las cortes despóticas de aquellos días. Surgió del desierto de modo repentino, y desapareció en un carruaje celestial. Su carrera meteórica simbolizó las dos contribuciones más importantes del judaísmo a la civilización:  la fe en un Dios único, y la pasión por la justicia. En su lucha contra los sacerdotes de Baal, en el Monte Carmelo, Elías batalló inflexiblemente contra la degradación de Dios en Israel. En su encuentro con el rey Ajab,- cuya codicia lo llevó hasta el asesinato-, Elías se yergue como el valeroso campeón de la justicia.

 

Elías no dejó nada escrito. Su dramática acción para lograr que el pueblo errante volviera al Dios vivo y a sus enseñanzas, fue mucho más eficaz que las palabras. Durante veintisiete siglos, la imponente figura del profeta de Guilead incendió la imaginación de los hombres  (R. Gordis), y se transformó en uno de los héroes populares más importantes de la conciencia del pueblo, incluso en la actualidad.

 

En Israel reinó entonces Ajab, hijo de Omri  ( 875 a.e.c.). Se casó con la fenicia Jezabel. La corte brillaba, llena de esplendor;  el rey comenzó a tener  "caprichos reales"  que hubieran parecido imposibles en los pasados tiempos de austeridad. La influencia canaanea y fenicia se hizo sentir. El profeta Elías encabezó la lucha contra ese desvío de la línea tradicional judaica. Pero no vamos a tratar aquí  esta lucha apasionada. Tomaremos sólo un episodio singular que nos revela el choque entre el rey y el profeta, en un asunto en  que se juega la inviolabilidad de los derechos del ciudadano.

 

En el Valle de Jezreel, próximo al palacio de Ajab, se encontraba el viñedo del vecino Nabot. El rey quiso hacer un jardín alrededor del palacio y le pidió a Nabot, que le entregase el viñedo a cambio de dinero, o que lo permutara por otro. Pero Nabot se negó a enajenar la valiosa herencia que había recibido. Ello produjo tan mal efecto en el rey, que  se enfermó. Lo vio Jezabel y le preguntó la causa de su mal. El rey le narró su fracaso. Agitada ante la blandura de su marido, la reina exclamo: "¿Eres tú quien reina en Israel?  Levántate, alegra tu corazón. Yo te daré el viñedo de Nabot". Para conseguir su propósito, Jezabel ordenó someter a Nabot al tribunal, por haber invocado el nombre de Dios  en vano.

 

El pretexto fue que Nabot había  "ofendido"  a Dios y al rey, en presencia de los vecinos. Obtuvo testigos falsos, eligió jueces deshonestos, y el inocente Nabot fue declarado culpable. El tribunal lo condenó a la pena capital. Fue ajusticiado, y su viñedo confiscado por el rey.

 

"¿Asesinaste, y también pretendes heredar?" – fue el grito de guerra que lanzó Elías, al enterarse de este crimen repugnante. Y luego anunció violentamente al rey su castigo.  "Así dice Dios:  En el lugar donde los perros lamieron la sangre de Nabot, también van a lamer tu sangre". El rey se rindió ante la evidencia del crimen y aceptó, resignado, la amonestación y los oscuros augurios del profeta, que prosiguió su camino y sus actividades. El despotismo, una vez más, retrocede ante el auténtico defensor de la tradición popular. El profetismo corrige y equilibra a la herejía.

 

Ajab, que conocía la tradición hebrea, ni había osado pensar en la confiscación violenta del viñedo del ciudadano Nabot. Le ofreció una sustitución o una compensación que, al no haber sido aceptada, impidió materializar la adquisición del viñedo. No así Jezabel; educada en la tradición de la tiranía canaanea, se burla de su esposo diciéndole:  "¿Eres tú quien reina en Israel?" . Ella se anima a eliminar a Nabot en forma directa, y crea una ficción jurídica  -falsa y absurda-  al acusarlo de desacato. Es éste el punto al que llega el temor frente al celoso defensor de la democracia, contra el atropello de aquellos que detentan el poder.

 

Hasta aquí nuestras observaciones sobre la profecía. Examinamos someramente algunos de sus aspectos, como lo dijimos al principio, acerca de los profetas orales, sin entrar en un análisis de los grandes profetas cuya tradición escrita perdura hasta nuestros días. Amos, Isaías, Jeremías, Ezequiel y los demás desarrollaron el movimiento profético, la manifestación más original y poderosa del espíritu hebreo. Era un movimiento esencialmente religioso en su carácter, pero trascendió en mucho a la moralidad ritual y convencional, y se convirtió en una duradera filosofía  de conducta individual y social.

 

Los escritos proféticos fueron compilados durante un período de doscientos años en los Reinos de Israel y de Judá, y revelan el espíritu de estos estadistas y líderes, muchas veces no comprendidos. Eran estadistas, porque conocían la realidad nacional e internacional de su época y trataban, por lo medios a su alcance, de cambiarla.

 

El profeta se considera a sí mismo como una persona que ejecuta un mandato divino. Mandato que fundamentalmente se  refería a la lucha por la justicia social y política, contra la explotación de los pobres y los débiles, pero que, al mismo tiempo, anunciaba el tremendo castigo divino por los pecados morales, castigo de cósmica envergadura. Sin embargo, no sólo la destrucción seria cósmica; también lo sería la Redención, en medio de la paz universal.

 

La corriente profética, por su forma, adquiere una proyección que va más allá de las fronteras de una nación, y aún mucho más allá de las fronteras religiosas. Es el anuncio de un nuevo humanismo,  opuesto a la esclavitud, a la servidumbre, a la injusticia, al sufrimiento, al dolor. El profeta proporciona el gran consuelo como resultado de la armonía universal. Entre la lucha del profeta Elías contra los baalitas y las palabras de Isaías, existe una única línea directriz histórica, cuya pronta realización  todos nosotros deseamos:

 

"Él juzgará entre los pueblos y corregirá a las muchas naciones;

 

"Estas convertirán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en podaderas;

 

"Una nación no levantará su espada contra otra, ni aprenderá a hacer la guerra".