EL MINISTERIO EN LA COMUNIDAD JUDIA EN LA ANTIGÜEDAD

 

 

El liderazgo entre los judíos antiguos era centralizado. En la época de Moisés, era él la máxima autoridad; las otras personas que figuran como dirigentes, no tenían una posición independiente frente a Moisés y no gozaban de una autoridad desligada de él. Aarón, el sacerdote, y Miriam, la profetisa, los jueces y los jefes militares, Eldad y Medad, personas de acción profética individual, recibieron la autoridad de Moisés. Los  Setenta Ancianos, que representaban a todo el pueblo, han sido elegidos por Moisés.

 

Más adelante, al surgir la Monarquía, automáticamente surgió una institución que, por su propio interés, tenía que fomentar las tendencias hacia una  centralización. El poder del Profeta, como contrapunto, fue meramente espiritual y sólo raras veces los profetas criticaron la institución misma del reinado. La centralización  del liderazgo, -a pesar de todas las criticas con respecto a los reyes y sus funcionarios,- por lo general, no sólo encuentra  aprobación política, sino también recibió consentimiento teológico.

 

Durante todo el reinado, los  sacerdotes principales fueron designados y/o depuestos por el rey.

 

Apenas  terminó la reconstrucción del Templo de Jerusalén, el sacerdote retomó la tarea en el culto, en las ceremonias, en el control de las leyes de la pureza e impureza, y en  las concernientes a la comida ritual. Por todos estos motivos, los sacerdotes conquistaron una autoridad sin precedentes.  Algunos cronistas de la época empezaron a designar  a la cabeza del sacerdocio como “sacerdote ungido”, lo cual recordaba a los reyes “ungidos” de Israel. Este alto funcionario disfrutaba de la cooperación total de las autoridades persas, las que pensaban que por este medio ahogarían los movimientos de liberación nacional, y a poco tiempo se lo  conoció por el título de “sumo sacerdote”.

 

En el Segundo Estado, formado después del Exilio Babilónico, tambien la dirección política de la comunidad quedó en manos del Sumo Sacerdote. Esta unión del poder secular y sacerdotal en una sola persona ha evitado las tensiones y los conflictos que engendraba su separación. No obstante el Sumo Sacadote, a pesar de las reglamentaciones solemnes y divinas bajo las cuales había cumplido sus funciones, estaba lejos de poseer autoridad ilimitada. Sus poderes estaban limitados por el Sanedrín, el cuerpo de 71 notables y sabios. El Sanhedrín ha sido presidido, por lo general, por el Sumo Sacerdote y, como segundo, por el más famoso científico de la época.

 

El Sanhedrín tuvo su origen en la Gran Asamblea- Kneset Haguedola, convocada en el año 445 a.e.c. por Esdras y Nehemías. Algunos lo remontan a más lejos aún: a los setenta hombres  entre los Ancianos de Israel que Dios había ordenado a elegir, por intermedio de Moisés, para que cargaran junto con él, el peso de dirigir al pueblo. Era simultáneamente un cuerpo legislativo y judicial. De él emanaban las decisiones que establecieron leyes y procedentes.

 

Para resolver los asuntos del gobierno local, surgieron pequeños consejos o tribunales, compuestos, por lo general por siete hombres beneméritos de la ciudad, como se los llamaba. En tanto, en las ciudades más grandes se formaron sanhedrines de veintitrés miembros, apoyados por el Sanhedrin nacional de Jerusalén.

 

En los siglos posteriores, el principio de la exclusividad étnica era una necesidad para la conservación del pueblo judío. Su misión se convirtió en la que correspondía a una “nación de sacerdotes”  que cultivaba una vida santa y sagrada y se distinguía de las otras naciones. Semejante nación de sacerdotes no dependía del número de sus miembros, sino de su santidad y pureza. En consecuencia, un grupo selecto de estos “sacerdotes”, clericales y laicos, investidos con ambos poderes.  y aunque una  minoría insignificante dentro del pueblo judío en sí, pudo ejercer desde la Tierra Santa una  influencia significativa sobre todo Israel disperso en la Diáspora y, por su intermedio, sobre el mundo entero. Así se originó la anómala “teocracia” judía en un rincón del Imperio persa, pequeño pero trascendental  política y económicamente.

 

La influencia religiosa y cultural que emanaba constantemente de la Ciudad Santa e impregnaba  toda la  vida judía dentro y fuera de Palestina, desplazó a segundo plano el intercambio económico y político entre Palestina y los judíos  de la Diáspora. Los dirigentes podían dar cierta protección a todos los judíos, a veces también en forma directa, y durante siglos y hasta la época de los romanos, el Sumo Sacerdote fue el jefe religioso no sólo de Judea sino de todos los judíos. Jerusalén se ha considerado como Ciudad Madre de las vastas colonias judías.

 

En el curso de los tiempos,  las funciones sacedotales experimentaron un cambio importante. Durante siglos, la enseñanza y la interpretación de las leyes había estado en manos de maestros sacerdotes. Pero la participación progresiva de todo el pueblo en la educación y el constante crecimiento de la clase secular de eruditos y escribas emanciparon gradualmente la esfera de la educación y de la jurisdicción, anteriormente en manos  de la jerarquía sacerdotal oficial.

 

En esta nueva sociedad, donde el saber era el mérito principal para considerarse honrado y el medio hacia la elevación a  cargos públicos, se formaron escuelas donde los maestros eran los soferim -  escribas que enseñaban, interpretaban y transcribían el Libro para tornarlo accesible al pueblo.

 

Algunos de los sacerdotes se volvieron infieles a la Torá, y se transformaron en portavoces de la helenización y de la asimilación completa. Otros, libraron guerras sangrientas contra los mismos objetivos. Después de la Rebelión de los Macabeo – que, por fin, trajo la anhelada victoria, la libertad  nacional,  - se confirió el título de Sumo Sacerdote, él del Jefe del Ejército y de Príncipe de la Nación al último de los Macabeo, a Simeón, ero sin tener un poder irrestricto.

 

El primero en adoptar nuevamente el título de rey era Aristóbulo, y el título se mantuvo hasta la conquista romana. Teóricamente, eso significó  una separación entre las funciones del gobernante y del sumo sacerdote, pero algunos de los reyes posteriores pasaron a ser también sacerdotes.

 

Era ésta la época de la formación de los grandes partidos de los fariseos y de los saduceos. La mayor parte de los sacerdotes principales, los oficiales del ejército, los funcionarios del estado, los notables, los comerciantes y, en general, los hombres de riqueza y posición, pertenecían a los saduceos. Eran acérrimos patriotas, orgullosos del nuevo poder del país y se sentían ansiosos por aumentarlo. Formaron la mayoría del Sanedrín, ejerciendo así en la Corte gran influencia y también  el Templo era fiscalizado por ellos.

 

Los fariseos, por la observancia de las leyes y la tradición oral,  con su insistencia de que Israel debiera ser una nación separada  y distinta, dominaban la sinagoga, el centro de la vida religiosa y social de la comunidad. Fueron ellos los dirigentes comunitarios locales, los maestros, los custodios de la noble tradición del saber.

 

Para los saduceos, el Estado significaba el supremo principio de la vida. Según ellos, el Estado se arrogaba el derecho de regular la existencia de sus ciudadanos según sus propios intereses primordiales. La religión y la nacionalidad se reconocía sólo en la medida en que fueron instrumentos del Estado.

 

Los fariseos subrayaron la emancipación de la nacionalidad y de la religión respecto del poder político  y no les molestaba la dominación extranjera, en tanto que  ésta no interfiriera en su forma de  vida interior.

 

Un gran abismo separaba a los saduceos de los fariseos respecto de su convicción acerca de las instituciones religiosas existentes. Muchos saduceos eran miembros de la clase sacerdotal, pero no era éste el único motivo por lo que hicieron hincapié en el Templo. Había una fuerte atracción mutua  entre el partido edificado sobre la afirmación del Estado y del territorio, y un sacerdocio centrado en un símbolo territorial, el Santuario. Para ellos, el Templo era parte integrante del Estado y del tesoro del Templo, ingreso principal del Estado.

 

Los fariseos se esforzaban por desarrollar nuevas instituciones.  No rechazaban el Templo ni sus sacrificios, ni siquiera a la clase sacerdotal. Sin embargo, declararon que los sacerdotes eran simples representantes del pueblo y el judaísmo debía ser mantenido por medio de otras instituciones, especialmente por la sinagoga, cuyo concepto fundamental tomó forma definitiva en esta época:  el estudio.

 

Durante mucho tiempo, la dirección farisea no tenía categoría oficial, si se la compara con el sumo sacerdocio y con la jerarquía del Templo. La batalla  librada para persuadir a las masas que eran ellos, y no los sacerdotes, que representaban el auténtico espíritu del judaísmo, se desarrollaba en inferioridad de condiciones para los fariseos..

 

La aristocracia laica de terratenientes, mercaderes y funcionarios prósperos ejercían gran influencia sobre los asuntos del país. De esta clase provenían casi todos los ancianos y arcontes, miembros de los grandes cuerpos gubernamentales, judiciales o de los consejos municipales.

 

Existía una vasta capa de proletariado, y también un grupo que vivía a la sombra de la desconfianza popular (publicanos, recaudadores de impuestos, profesionales de una moral dudosa, mendigos, etc.), influenciados por los fariseos.

 

La lucha entre los fariseos y los saduceos duró durante casi toda la existencia del Segundo Estado, influyendo mucho sobre el desarrollo de la  vida interna, e indirectamente fue la causa de la  intervención de Roma en los asuntos de Judea.

 

La expansión  de la judería en Palestina y en el extranjero impuso la necesidad de una reorientación religiosa. Si bien el gobierno del país se asemejó  cada vez más a una autocracia, el pueblo siguió desempeñando un papel notable en los asuntos públicos. Aun se desconocía la representación directa en un parlamento nacional. Existía el Consejo y el Tribunal Supremo (Sanhedrín); sus miembros  no fueron electos sino nombrados con cierta intervención popular.

 

Sin embargo, ni los gobernantes judíos,  ni los ptolemaicos, ni los seleucidas romanos respetaron la pretensión del Sanedrín para ejercer  la máxima autoridad legislativa, judicial y educativa, e incluso ejecutiva.

 

Todavía se discute desde el punto de vista histórico, si después de la era macabea, el jefe del Estado fuera realmente el Sumo Sacerdote o un “funcionario”,  más o menos servil, de los reyes herodianos, o de los romanos. Tampoco podemos afirmar si existiera un solo organismo, o si fueran dos, con prerrogativas mutuamente concertadas, o en conflicto. Según los historiadores modernos, el pleno Sanhedrín trataba sólo asuntos religiosos, y una comisión de éste, designado por el Sumo Sacerdote, los asuntos políticos. El problema es que no contamos con informaciones fidedignas sobre la actividad de éste o estos organismos, sólo menciones aparecen en el Nuevo Testamento, en las obras de Flavio Josefo y en la vasta literatura talmúdica.

 

Es obvio que los rabinos posteriores transferían a menudo las características de su propia institución contemporánea, la que servía como academia de estudios y tribunal supremo, y sólo en segundo lugar como cuerpo legislativo y administrativo al Consejo Real del mismo nombre,  que funcionó en Jerusalén antes del año 70. Sin embargo, parece que este consejo fuera un freno importante contra los excesos de la tiranía real y que para ello, contaba con el apoyo de una población vocinglera. Sea como fuera, ni los reyes Hasmoneos ni los Herodianos pudieron reinar como déspotas de tipo oriental o helenístico.

 

En el año 63 a.e.c., cuando Pompeyo se encontró en Palestina, se presentó delante de él una delegación solicitándole, que Judea se convirtiera en república. El pueblo ya estaba harto de la impotencia de los reyes y de las guerras civiles.

 

En la primera etapa de la intervención de Roma, nominalmente se dejó el poder político en manos del rey, designado o confirmado por los romanos, y la autoridad religiosa en manos del Sumo Sacerdote. El Sanedrín también retenía sus funciones hasta el reinado de Herodes.

 

El Sanhedrín, originalmente  la suprema autoridad del pueblo en la época de Herodes, prácticamente dejó de existir. Sólo se le permitió abordar cuestiones religiosas sin importancia, mientras que en el aspecto civil, estaba obligado a someterse a los dictados del tirano, quien cambiaba al sumo sacerdote como de vestidura.

 

Sin duda, también la casta sacerdotal tuvo sus altibajos. Al igual que todo grupo humano, sólo podía contar entre sus miembros a unos pocos idealistas, intelectuales creadores, auténticos y verdaderos. La crítica a los sacerdotes gobernantes, tan frecuente entre los profetas posteriores y en la literatura post-bíblica,  debía tener por cierto una explicación y una confirmación en los hechos, pero también en estas críticas subyace la tácita esperanza de que el sacerdote sea mejor que el hombre común.

 

La forma teocrática de gobierno y su andamiaje conservador preservado  por los romanos ya no podía mantener el equilibrio social. Ni siquiera la clase sacerdotal estaba a salvo detrás de sus muros. Después de abandonar su función primordial en la sociedad, esta clase se convirtió en una carga para el pueblo judío. El sacerdote ya no era el dirigente intelectual, juez y educador, así como principal sostén de la tradición nacional. El escriba laico asumió gradualmente estas funciones. Además, es posible que las tareas puramente clericales del Templo, que seguían siendo dominio exclusivo de los sacerdotes, conservasen aún su atractivo romántico, pero desde hace mucho tiempo que habían perdido su valor intrínseco para la vida diaria de los millones de judíos.

 

Por su posición de clase, los sacerdotes se identificaban cada vez más con el grupo saduceo. El sacerdocio judío se atrofió junto con el movimiento saduceo y estaba esencialmente muerto antes de la destrucción del Templo. Durante el prolongado stupor mortis, su ilimitada mundaneidad y la comercialización del cargo de sumo sacerdote que se practicó cada vez más abiertamente, hicieron olvidar a las masas  toda su veneración.

 

Los dirigentes, con visión al futuro, incluso aquellos que pertenecían a la clase laica de los escribas y maestros, no deseaban socavar el prestigio del sacerdote que reverenciaban como una institución nacional concedida por Dios y honrada por la tradición. Pero la institución se socavó a si misma. Algunas pocas familias influyentes disponían de todo poder, mientras los sacerdotes de menor categoría sufrieron por la miseria. Los sumo sacerdotes consideraban que su cargo constituía una simple empresa comercial. Estos jerarcas aspiraban no sólo a recuperar su inversión original, sino   enriquecerse con rapidez. Lograron introducir varias modificaciones en la distribución de las rentas del Templo a favor de los sacerdotes de mayor alcurnia. Dichos procedimientos engendraron un canto popular que mencionó a las principales familias sacerdotales “cuyos jefes son sumos sacerdotes, en tanto que los hijos son tesoreros, los yernos superintendentes y sus  esclavos blanden sus varas sobre nuestras cabezas.”

 

El hecho de que ellos no fuesen sacerdotes ungidos, no constituía un gran consuelo para el pueblo, ni para  los mismos sacerdotes subordinados respetuosos de su función, ya que presumía que aquella costumbre había caído en olvido durante la época de Herodes, o aún antes. De todos modos, las masas populares preferían recurrir a la sinagoga, al maestro y al escriba para satisfacer sus necesidades culturales y religiosas, y  no al Templo.       

 

Después del reinado de Aquelao (4.a.e.c. – 6 e.c.), Judea fue colocada - por los romanos- bajo la jurisdicción de Siria, y quedó a cargo del gobernador quien comisionó su autoridad al procurador. Aparentemente los sumos sacerdotes  eran todavía los líderes del pueblo y a los judíos se les había dejado cierto grado de autonomía, que era administrada a través de las familias más importantes.

 

No obstante, en la práctica ningún paso importante podía darse sin el consentimiento de la autoridad romana. Judea perdió el derecho de conducir guerras y en Palestina sólo se acuñaban monedas de cobre.  El procurador residía en Cesárea, pero vigilaba estrechamente a Jerusalén donde se había estacionado un ejército romano permanente. Además, en la época de las grandes fiestas, especialmente durante la Pascua, cuando la ciudad se llenaba de multitudes y el pueblo se inclinaba  más a exhibir su descontento, el procurador permanecía  en la  Ciudad Santa y los romanos ubicaron  centinelas en las galerías de los alrededores del Templo.

 

Los jueces judíos todavía tenían jurisdicción en casos referentes a la propiedad, y el Sanhedrín  seguía juzgando en cuestiones religiosas. Sin embargo, pudo llevar a cabo sólo investigaciones preliminares. En casos importantes, el juicio mismo  debía llevarse ante el procurador y a él le correspondía la sentencia. El procurador tenía poderes irrestrictos sobre  vida y muerte   (Potestas gladii).

 

El procurador ejercía asimismo el derecho de designar y deponer al sumo sacerdote.  Las vestiduras de éste último estaban a cargo de aquel, depositadas en el Fuerte de Antonia, al cuidado del capitán comandante, en un cofre sellado. El sumo sacerdote los recibió sólo durante el Día del Perdón y las tres Grandes Fiestas. Los derechos aduaneros y los tributos eran recogidos por publícanos o recaudadores de  tributos, para el tesoro imperial. Estos hombres recogían el dinero por la fuerza y lo pasaron al procurador, a cuyo cargo estaban las finanzas del Estado. 

 

Con estos derechos del procurador, ¿qué es lo quedaba de la autonomía interna? Tales derechos eran defendidos por cinco cohortes y un escuadrón  de caballería, a veces reforzados  con tropas locales  reclutadas entre los extranjeros residentes en Palestina. Es fácil imaginar el carácter autoritario de un procurador, que jugaba con los sumo sacerdotes como los niños con una pelota. También debe haber sido muy mercenario, pues los aspirantes al cargo sólo pudieron lograr su nombramiento  por medio del soborno.

 

El cuarto de los procuradores era Poncio Pilato, sobre quien Filón de Alejandría escribió lo siguiente:

 

Era cruel por naturaleza y en su dureza de corazón, carecía por completo de remordimientos. La Judea de sus días quedó señalada por el cohecho, la conducta jactanciosa e insolente, el robo, la opresión, la humillación, las frecuentes condenas a muerte sin juicio previo, y la crueldad incesante y no mitigada.” 

 

La legislación imperial fuera de Judea respetó, e incluso protegió al gobierno interno autónomo judío, mientras éste no fuera rebelde o peligroso. Los judíos disfrutaban entre si  de una vida plenamente judía, sin interferencias externas. Sus disputas internas fueron sometidas a juicio de sus propios jueces. Sus comunidades no sólo eran personas jurídicas en lo que concierne a la propiedad de bienes, sino que podían recaudar impuestos obligatorios y cobrarlos a veces con la colaboración de las autoridades romanas.   

 

Como sabemos, el Nuevo Testamento menciona al Sumo Sacerdote, a los sacerdotes, al Sanhedrín, a los ancianos, escribas y fariseos como dirigentes de  aquélla época. El nombre del sumo saceredote actuante en la época de la muerte de Jesús es confusa. Algunas fuentes mencionan a Caifás, otros a Annas, ambos designados y mantenidos por los romanos. Tampoco  es clara la situación del Sanhedrín. No se sabe si en el interrogatorio de Jesús actuó todo el Sanedrín, o sólo una parte como Consejo Consultivo del Sumo Sacerdote, o como comisión política. La deliberación de todos los miembros  era imposible. Nunca sesionó por la noche, y aún menos en la víspera de fiestas. Las fuentes judías de la época no conocían el organismo designado o elegido de ancianos y se podría suponer que fue un jurado de laicos, ignorado por la literatura contemporánea. No se sabe si los escribas mencionados fueron de los científicos religiosos y legislativos de la época. O simplemente empleados, secretarios del sanedrín. Los fariseos de ninguna manera tuvieron un papel activo en el proceso. Gamaliel, uno de los más brillantes de los fariseos, figura como defensor de los cristianos (Hechos 5.34.). Sin duda, los oponentes a Jesús fueron el sumo sacerdote  y su círculo reducido. Los funcionarios mencionados: el capitán de la guardia del templo, el oficial en jefe de los sacerdotes han sido subordinados al sumo sacerdote y no al Sanhedrin o al Estado.

 

En la época de Jesús, la Sinagoga ya tenía sus sólidas bases en la vida judía y se había desarrollado su organización  interna. El  liderazgo de la comunidad religiosa no era el mismo que el del organismo político-social. El superior de la sinagoga en Palestina se llamó “rosh hakneset”, mientras en la diáspora greco-romana “arquisinagogos” o “arconte” de la sinagoga. El dirigió los servicios religiosos, el decidió quien oficiara y quien fuera llamado a la Torá, y quien predicara.  Se preocupaba por el orden de la sinagoga. Y si uno hizo algo incorrecto, ha sido reprendido por él. (Lucas 13.14.). Su puesto ha sido muy apreciado y muy codiciado, a pesar de que los eruditos y los primates, los grandes de la época, lo precedieron en la jerarquía sinagogal.

 

En interesante notar que los arquisinágogos  han sido eximidos de todo servicio hacia el gobierno romano o hacia los gobiernos comunales. Los arquisinágogos fueron elegidos para un cierto tiempo, con la posibilidad de ser reelegidos – o para toda la vida. A veces el hijo primogénito o uno de los hijos heredó el título, con o sin el puesto. Así sucedió que algunas familias, incluso mujeres llevaron este título, como lo vemos en lápidas de antiguos cementerios.    

 

No sabemos con exactitud,  qué papel tenían los presbíteros quienes figuran en Eusebio y también en el Codex Theosodianus, como tampoco sabemos sobre los prostates y los epistates. La palabra “presbúteroi” podría ser traducida como  “zekenim”, es decir ancianos.

 

Como título honorífico figuró el “pater sinagoges” y “mater sinagoges” (padre y madre de la sinagoga).

 

Los “gabae tzedaka” – responsables de la beneficencia – han sido encargados con los problemas sociales, ellos tenían en sus manos la beneficencia.

 

Al mando del superior sirvió un oficial (huperetes) para cuidar las necesidades de la sinagoga y a veces ofició él el servicio. Se lo puede comparar con el diácono, sin embargo sus funciones fueron más amplias. Era como guardián de la ciudad, guardián del tribunal, representante ante las autoridades subalternas, etc.

 

En todas las sinagogas había maestro(s) , un escriba oficial (sofer) y más adelante un traductor (maturgaman) quien hizo entender los términos bíblicos leídos durante el servicio.

 

La sinagoga antigua no tenía oficiantes profesionales y se consideraba un gran honor, oficiar en la sinagoga. Sólo más adelante se desarrolló el puesto del cantor, oficiante (jazan) y del que lee la Torá.

 

Como conclusión quisiera subrayar que este estudio no pretende ser un estudio histórico sobre el tema, y tampoco trata la problemática del liderazgo que el objeto  de investigaciones especiales. Es un resumen y, como tal, es corto y restringido. Sin embargo, creo y espero que haya contribuido al mejor entendimiento del problema del  ministerio.   

 

Bibliografía

 

                                   Enciclopedia Judaica

Edward H. Flannery                             The Anguis of the Jews

Jules Isaac                                            Las raíces cristianas del antisemitismo

James Parkes                                       The conflict of the  Church and the Synagogue

Pierre Prigent                                        Epitre de Barnabe

Rosemary Ruethee                                Faith and Fratricide

Daniel Ruiz Bueno                                Padres Apostólicos

Arthur Williams                                    Adversus Iudaeos

Harry Wolfson                                     The Philosophy of the Church Fathers