PRINCIPIOS Y ENSEÑANZAS DE LA BIBLIA PARA LA HUMANIDAD

 

Primer Simposio Académico:

Fenómeno Religioso-Cultural Chileno

 

            Tomando como base el temario de nuestro Symposium, me parece importante presentar la fuente más adecuada para contestar la pregunta: ¿qué enseñar? Quisiera comenzar con una cita de la oración diaria de nuestra liturgia, que dice así:

 

"Padre Nuestro, extiende sobre nosotros el mérito de nuestos patriarcas que siempre confiaban en Ti, y que dirigiste por la vida enseñándoles Tus Leyes.

            Tu magnanimidad nos enseña Tus Leyes también a nosotros.

Concédenos la capacidad de estudiar, comprender y discernir, y enseñarlas, observarlas y ampliarlas con amor."

 

            En nuestra época se habla mucho sobre la enseñanza de los jóvenes, y se habla, sobre todo, acerca del "cómo"  y del "qué" enseñar.

 

            Nuestra tarea sagrada es dar a conocer y hacerles sentir, que la Biblia tiene valor también para el mundo de hoy.

 

            Se dice que la Biblia es la autobiografía espiritual de los judíos y de los cristianos, y refleja su forma de vivir cotidiana, su desarrollo espiritual, cultural y moral. Por lo tanto, su mensaje fue tomado muy en consideración durante el desarrollo de la civilización occidental, y su influencia se nota y se apre­cia en la sociedad actual, aunque no en la medida suficiente, lo que se nota también en nuestra patria.

 

            La influencia de la Biblia es muy amplia.  En esta ponencia tocaremos sólo la contribución espiritual y ética de la Biblia, y lo haremos en forma muy reducida y tangencial, mencionando tan sólo algunos temas importantes y señalando las fuentes.

 

  1. La mayor y más importante contribución de la Biblia es el monoteísmo y con eso el monoantropismo, es decir, la creen­cia en un Dios Universal, incorpóreo y netamente espiritual,  fuente de todo lo que es moral.  Él es el Padre espiritual de todos los  seres humanos, por lo tanto éstos son hermanos y deben vivir y comportarse como tales  (Salmo 133.1).  La idea de la Biblia sobre  Dios contribuyó a la civilización del hombre y lo hará también en el futuro.

 

  1. El reconocimiento de la Paternidad Divina y de la Humanidad Universal, trae consigo la realización de la moral en todas las facetas y circunstancias de la vida (monoteísmo ético).  Ni la fe, ni los sentimientos, ni las emociones, ni las supremas reflexiones, son reclamados por las Escrituras, sino tan sólo la acción comprometida en pro del automejoramiento y por el mejoramiento del mundo.  La acción caracteriza a la persona y modifica al mundo.  Para esta acción se dictan normas y preceptos.

 

  1. El mundo es bueno, pero no es perfecto.  O sea, existe la posibilidad de mejorarlo y los seres humanos tienen la capacidad para hacerlo.  A veces el mundo parece ser corrupto, y esto se debe a los hombres que no se dan cuenta que el mundo ha sido creado para la vida y no para la muerte.  Los bienes terrenales deben estar al servicio de todos los seres humanos en forma justa, los cuales -por su capacidad y su esfuerzo-,  deben trabajar por el bienestar de todos.  Según el concepto bíblico, el progreso de la socie­dad y la justicia social tienen que andar juntos.

 

  1. El Decálogo es la Carta Magna de la dignidad moral y de la soberanía ética del hombre, que ha sido incorporado en el sistema  jurídico de la sociedad occidental y ha penetrado en los ideales sociales y aspiraciones morales de todos los hombres inteligentes (Ex. 20.1-17;  Deut. 5.6-21).

 

  1. El hombre ha sido creado por Dios, y es mortal como  todos los seres  (Gen. 3.19), pero el  "Soplo Divino"  lo hace diferente  (Gen. 2.7).  Como ser biológico, comparte el destino de todo ser vivo:  tiene que recorrer un camino más o menos largo hacia la muerte, con leyes heredadas de supervivencia para la especie.  Sin embargo, como un ser relacionado con la Otra Dimensión por medio del Soplo Divino, puede elevarse y radicarse en una esfera alta y tiene la posibilidad de razonar y elegir entre el bien y el mal.  Esta doble condición está expresada con todas sus contradicciones en el Salmo 8.  En el plano cósmico, el hombre es casi nada.  Pero en el plano personal, puede llegar a ser  "apenas inferior"  a lo divino.  La libertad está dada y la elección proviene de dentro y no de afuera.  La Biblia, al dar a conocer su idea con respecto a la creación del hombre, no habla de blancos, negros o amarillos y  tampoco de idiomas, sino de  "hombre"  sin distinción  (Gen. 1.26-28 y Gen. 5.1-2).

 

  1. La dignidad espiritual del hombre se manifiesta en su capa­cidad de escoger entre el bien y el mal  (libre albedrío). Todo depende de él, pero él tiene que asumir la responsabi­lidad por la elección  (Deut. 30.15-20).  El hombre es libre para escoger, no es el volantín del hado ciego o del destino inexorable.  Puede y debe ser colaborador de Dios en la permanente recreación del mundo, o puede ser un destructor; para ambas actitudes  tiene libertad y voluntad, tiene capacidad de razonar y elegir y conoce la disciplina esencial de la responsabilidad moral.

 

  1. "Santos seréis"  (Lev. 19.2). La santidad que exige la Biblia no es la  "santidad de los tabúes", ni la de  "no me toca", y tampoco de vivir separado del mundo y de sus pro­blemas.  Santidad significa la máxima pureza moral y ética y significa rectitud, justicia, amor, compasión, saber pedir perdón y perdonar.  Sólo Dios es Santo, el hombre no puede llegar al nivel que Él representa, pero puede y debe acer­carse a este nivel y  su tarea en la vida es:  intentar ser cada vez más perfecto en su conducta moral, no en el culto religioso sino en la vida cotidiana;  no en fragmentos o sectores de la existencia sino en todo lo posible y durante las 24 horas del día.

 

  1. Las raíces del ideal democrático se encuentran en la Bi­blia, donde este concepto se basa  en la hermandad e igualdad de todos los seres humanos, y es un concepto más moral que político.  El pueblo debe ser educado para la democracia, inculcándole la práctica incondicional de la justicia y de la rectitud, de las virtudes y de la honestidad.  No existió democracia verdadera en Europa mientras la Biblia no fue divulgada entre las masas populares.  La Biblia enseñaba a liberar el espíritu del hombre, para que buscara la libertad y luchara por ella.  El ejemplo era la historia del judaísmo ancestral. El pueblo judío respetaba, como máxima autoridad, al Consejo de los Ancianos.  En este Consejo, todos eran iguales;  había quienes tenían más sabiduría, más experiencia de vida, ellos eran más respetados, más escucha­dos.  Pero todos tenían el mismo derecho y las mismas obli­gaciones en el Consejo.  Los Ancianos provenían  de las  familias reconocidas y así su autoridad venía del pueblo y ellos trabajaban por el pueblo. Hay muchas referencias a la actividad del Consejo de Ancianos en la Biblia, por ejemplo:  Jueces 11.5-6;  II. Sam. 3.17;  II. Sam. 5.3;  II. Reyes 23.1;  I. Reyes 12.16. Fueron ellos quienes  defendieron los derechos y la libertad ancestrales del   pueblo;  restringieron el poder de los jueces y también de los reyes, y muchas veces se levantaron contra los reyes  tiranos.

 

Cabe destacar que el poder monárquico o autocrático de los gobernantes, fue restringido también por el ideal teocrático, es decir, por el reconocimiento de Dios como el Rey de los Reyes  (Jueces 8.22-23;  I.Sam. 10.19;  I.Sam. 12.17-19;  Deut. 17.15;  II.Sam. 23.3;  II.Reyes 11.31).  La Torá como Constitución, también restringía el poder de los reyes  (I.Sam. 10.25;  Deut. 17.18 - 19).

 

Como notamos antes, el ideal democrático no es primordial­mente          político. El hombre debe anhelar  ser libre no sólo como ciudadano, sino   más bien como individuo, como persona, como ser humano. En eso   ayuda mucho la Biblia, al enseñar que el hombre tiene derecho a vivir             bien en la tierra. Pero no debe olvidar que su prójimo también tiene el            mismo derecho.

 

Los puritanos de Inglaterra reconocían haber aprendido mucho de la Biblia y lo mismo hacían los fundadores de la democra­cia en América.  En el sello oficial de los Estados Unidos figura:  "Proclamad la libertad para todos los habitantes del país"   (Lev. 25.10).

 

  1. Junto al ideal de la democracia política, pregona la Biblia la democracia espiritual,  que significa el reconocimiento   del derecho del individuo a ser diferente en la esfera política, social e intelectual  (Salmo 118.20;  33.1; 125.4;  Miqueas 4.5), aceptando el pluralismo cultural y espiritual.

 

  1. La Biblia presentaba la educación como obligación religiosa  (Deut.6.7) .  Se sabe que ya en el antiguo Israel había un sistema educacional elaborado, que incorporaba también a los adultos, y desde el año  444 a.e.c. se introdujo la educación pública, colocando la enseñanza no sólo como obligación de los padres, sino también de la comunidad.

 

  1. La Biblia impuso la filantropía como obligación social.

 

  1. La Biblia ordenó, con la observancia obligatoria del Shabat, el descanso semanal para todos como símbolo de libertad y de dignidad humanas, como el día de la renovación espiritual y física.

 

  1. La Biblia  rechaza a los ídolos..  Sin embargo, hay ídolos también en nuestros días:  poder, autoridad, materia­lismo, hedonismo.  Karl Jaspers agrega también el dogmatis­mo.  "Nada es tan peligroso como la certeza de tener razón.  Nada resulta tan destructivo como la obsesión de una verdad considerada como absoluta.  Todos los crímenes de la histo­ria son consecuencia de  algún tipo de fanatismo.  Todas las matan­zas se han llevado a cabo en nombre de la virtud, de la religión verdadera, del nacionalismo legítimo, de la política idónea, de la ideología justa".

 

Suprimiendo estos ídolos y anulando fanatismos y dogmatismos vanos, se podría llegar al amor al prójimo. La Biblia nos enseña el modo de llegar a esta finalidad, aquí en la tierra.

 

Las desgracias no han sido promovidas por ninguno de los Testamentos, sino por los únicos responsables de la historia humana:  los hombres y sus instituciones, quienes no han querido comprender y aceptar las enseñanzas éticas de la Biblia.

 

  1. Mientras las culturas antiguas ponen la "Época de Oro"  de la humanidad en el pasado, la Biblia la pone en el futuro y con eso aporta un objetivo para la vida:  trabajar juntos por la realización del Reino de Dios, es decir, por la formación de una sociedad ideal en la tierra, para toda la humanidad.  (Zacarías 14.9).  No es un pueblo o una nación, y aún menos, una persona quien pueda llevar a cabo este gran proyecto, sino la unión mancomunada de todos los pueblos y naciones. Frente a la pregunta  ¿cuándo pasará esto?, la respuesta es: cuando el hombre quiera construir y no destruir;  cuando cada ser humano pueda vivir en su casa sin tener miedo;  cuando la justicia brote como los ríos y la rectitud como la corriente de aguas;  cuando las armas se transformen en instrumentos de trabajo;  cuando las naciones no se preparen para la guerra;  cuando en los puestos importantes de la vida  pública, se encuentren hombres y mujeres de manos limpias y corazón puro;  cuando pueblos y naciones decidan  andar por los caminos del verdadero humanismo;  cuando la humanidad se transforme en una y la Tierra sea unida y esté protegida de la destrucción.

 

Este concepto del Reino de Dios en la Tierra, es un concepto de esperanza y confianza, que da finalidad a la vida y ofrece optimismo con respecto a la  posibilidad de la perfección de la raza humana.  Considera importante y meritorio el esfuerzo del hombre.  Asegura valor a los ideales y brinda coraje a los idealistas.  Pero la espera no puede ser pasiva. Cada uno debe hacer algo para que el tiempo mesiánico se concrete y nos aproximemos a él.  Esta tarea requiere una modificación de conducta hacia el bien, orientada hacia el hombre  íntegro, con todos sus valores.  Se debe creer que la marcha de la historia puede ser modificada y el hombre debe com­prometerse para modificarla.

 

Para el pueblo del Antiguo Testamento, el Mesías o la época mesiánica todavía no han llegado.  Para el pueblo del Nuevo Testamento, el Mesías ya ha llegado, pero  todavía no  ha termi­nado el proceso de la Redención. Él regresará para comple­tarlo.  Mientras se lo espere y se lo aguarde, el hombre tiene que esforzarse para  ser cada vez mejor desde el punto de vista ético.  En este sentido, el mensaje de ambos Testamentos es similar. 

 

El concepto mesiánico real no cree en la quietud y en la inmovilidad, como algunos filósofos del Siglo XIX, sino que insiste en que el hombre se transforme en el creador de un nuevo orden humano, donde la paz esté asegurada por la justicia social, como una muralla erigida contra todo tipo de barbarie. Fue el judaísmo el que divulgó  estas ideas, mucho antes que la civilización occidental hubiera nacido. No en vano dijo Toynbee, que el monoteísmo dio un tiro de gracia no sólo a la idolatría, sino también a la barbarie.

 

Ya según la visión mesiánica del profeta Isaías, una de las señales de la era mesiánica será que "los pueblos no levantarán espada contra otros, y no aprenderán a hacer la guerra nunca más".

 

Según la historia vivida por la humanidad, esta visión parecería una ironía, puesto que en la época del profeta y hasta nuestros días, la conquista ha sido considerada como el derecho natural del más fuerte, y la guerra victoriosa el propósito principal de todo estado poderoso.

 

  1. El individuo no es siempre consciente de sus obligaciones, o las considera tan pesadas que cree no tener capacidad para cumplirlas.  Por lo tanto, la Biblia promueve no sólo la formación del individuo, sino también su transformación en miembro de un grupo definido, en un pueblo.  Cuando este pueblo no podía  vivir como nación, lo ayudaba a transfor­marse en comunidad y luego, como tal, a pertenecer a la socie­dad que lo  rodeaba.  Hay un dicho antiguo que dice:  "En la unidad está la fuerza". La historia del Pueblo del Antiguo Testamento ha comprobado la validez y el valor de este dicho,  y el Pueblo del Nuevo Testamento también mantuvo y amplió las formas de la vida comunitaria.  Durante la historia posterior, las comunidades, formadas y guiadas por las ideas del profeta Oseas, sirvieron, no sólo como ejemplo para otras instituciones, sino también contribuyeron mucho al progreso moral, ético y social de los pueblos y de las naciones.

 

 

            El mensaje del profeta Oseas habla de justicia, rectitud, derecho, lealtad, compasión, fidelidad y conocimiento;  todas estas cualidades son necesarias para que la humanidad construya un mundo mejor. (Os. 2.19-20).

 

             La humanidad actual está fragmentada, carece de una unidad de ser.  Tiene todo. Sin embargo, está desin­tegrada.  Posee una enorme riqueza y al mismo tiempo, un tremendo vacío interior.  La Unidad de Dios apela a la Unidad Humana.  El mesianismo anhela un mundo universalista.  El final de los tiempos es la realización de una humanidad familiar, entre los hijos del mismo Adán.

 

             El antiquísimo programa judeo-cristiano -monoteísmo, moralidad, mesianismo, paz, libertad y justicia- no ha perdido su validez, al contrario. Ha adquirido una nueva urgencia. Para que este mensaje sea escuchado y practicado, debemos proclamarlo desde el púlpito de todos los templos y de todas las escuelas, en la prensa, en libros, en los centros de influencia de política mundial y, sobre todo, en nuestros contactos individuales. Y debemos confirmarlo en nuestra actuación diaria, concreta y humana.

 

             Con toda convicción, podemos confirmar que las ideas antiguas siguen siendo válidas y valiosas. Por supuesto, hay que convencer a los vacilantes. Para restaurar la confianza en la validez de ellas, es necesario definir los cambios necesarios y tratar que todos, juntos, examinemos la historia, los hechos, los acontecimientos y su porqué. Entonces, llegaremos a convencernos  de que no son las ideas las que no nos sirven, sino la falta de voluntad para ponerlas en práctica.

 

            Es obvio, sin embargo, que tal programa requiere de esfuerzos y sacrificios casi sobrehumanos, pero son realizables. Todas las religiones deben otorgar la fuerza apasionada del mesianismo y el espíritu de autosacrificio que demanda la urgencia de la situación. Aquí yace la tarea de todos. Todos debemos redescubrir nuestros deberes para acelerar el advenimiento de la era mesiánica y concebir este deber, en términos de la situación concreta en que se encuentra el mundo actual. El judaísmo y el cristianismo dejarían de ser factores activos en la historia del mundo, si sólo predicaran el mensaje de la Biblia como una poesía que, por muy bella que parezca, no cambiará el mundo. Debemos trabajar juntos por un mundo mejor aquí en la Tierra, con todos aquellos que quieren lo mismo  en que nosotros creemos.

 

            Según la Biblia, la vida es una larga respuesta a una sola pregunta:  ¿Dónde estás, hombre?  (Gen. 3.9).Y para responder,  ampliamos nuestro deber y sentimos la importancia de las palabras de José: "Busco a mis hermanos." (Gen. 37.15).