LA VISIÓN DE LA RELACIÓN DIOS-HOMBRE

EN EL JUDAÍSMO

 

 

Conferencia en la Escuela Internacional  de la Universidad de Chile

"Participación y Segregación: un dilema contemporáneo"

1996

 

 

La corona de la creación, el Hombre, es el ser que más se asemeja  a Dios. Ha sido dotado de inteligencia, y tiene libre albedrío  para elegir entre el bien y el mal. Su destino depende de su elección.  Sin estar restringido por el pecado original o por la predestinación, tiene tres atributos principales. El uno depende del otro: la razón, que no es concebible sin la libertad;  libertad, cuya base es la responsabilidad. Según la Torá, el hombre  fue creado a imagen y semejanza de Dios. No en su forma externa, sino en  la posibilidad de imitar los atributos de Dios, y en esto consiste su tarea en la Tierra: mejorar permanentemente  sus calidades espirituales e intelectuales, para semejarse cada vez más a Dios y, de esta manera, ser Su colaborador en la permanente renovación de la Creación.

 

Dios creó a un solo hombre y de él han descendido todos los seres humanos, lo que nos enseña que todos somos iguales y debemos ser hermanos. Nadie tiene el derecho de oprimir al otro. Todos tienen igual derecho a ser libres, a ser respetados como personas, en salvaguardar  su dignidad y, por ende,  la obligación de respetar a los demás. 

 

El hombre es dueño de la naturaleza por Mandato de Dios. Puede gozar de sus bienes   y no está obligado a privarse de las bellezas y goces de la vida, siempre y cuando los compense  con su trabajo y acepte que, también los demás, sus iguales,  pueden disfrutar de los mismos beneficios.

 

La vida es sagrada y nadie tiene derecho a despreciarla o eliminarla, ni la propia ni la de  otra persona. Cada uno es responsable por todos los demás seres humanos en el mundo.

 

Una criatura tan ricamente dotada como el hombre, no puede ser destruida del todo por la muerte; su cuerpo regresa a la tierra de donde ha sido sacado, y su alma  es inmortal.

 

Los maestros judíos de todas las épocas (rabinos, filósofos, exegetas), sostuvieron que la imagen divina  en el hombre es su espíritu, su alma, la fuente de su poder para razo­nar y obtener sabiduría, inspirado por el Supremo Creador. El hombre, reducido a su mera materialidad, no habría podido formar ideas acerca  de  lo abstracto, y habría estado restringido siempre a una percepción sensorial. El poder de abstracción es la más poderosa prueba de la existencia de lo transcendental en el hombre, de su imagen y semejanza a Dios. A partir de esta premisa llegamos necesariamente a la comprensión de la idea del libre albedrío del hombre, lo que lo distingue de los animales.

 

Maimónides escribe que el libre albedrío fue dado por Dios a todos los seres humanos. Si el hombre quiere inclinarse hacia el camino recto y  justo, o hacia la senda mala y actuar de manera incorrecta, es su decisión. Sin embargo, debe estar consciente de que él mismo es responsable por su elección, pues es el único entre todas las criaturas  que sabe distinguir entre lo  bueno  y lo  malo. Nadie lo obliga a seguir el camino correcto,  y nadie le impide  preferir lo malo. Es soberano de sus actos. La omnisciencia de Dios no priva al hombre de su libre albedrío. La idea de la predestinación divina no forma parte de los conceptos filosóficos del judaísmo.   

 

“No te asombres, pues, tú, hombre." - dice Heschel, el gran filósofo contemporáneo. -  "Tu Creador ha concertado contigo un Pacto, te ha dado a través de esto  leyes y preceptos, pues Su espíritu es el que alienta tu vida y la hace valiosa. Él te lo ha insuflado de Su propio poder, te ha dado poder y dominio  sobre Su mundo creado y te ha hecho Su colaborador. En cambio, tu responsabilidad es la conservación, la subsistencia y el desarrollo del Universo. Te ha creado libre,  con la libertad de hacer el bien o el mal. Tú, hombre,  si logras encontrar tu camino, puedes elevarte hacia la santidad, la pureza; y si quisieras ennoblecer tu espíritu, podrías llegar casi hasta las mismas cumbres de la santidad divina. Este es el principio básico de la concepción  de la Torá (es decir, los Cinco Libros  de  Moisés), de los profetas y maestros, acerca de la posición y el lugar del hombre en el mundo terrenal".   

 

Los maestros judíos, de todas las épocas, han estado llenos de admiración y de asombro ante el misterio de la existencia del hombre y de los maravillosos mecanismos de su propia vida física  y espiritual. Al observar e investigar la vida diaria, llegaron a una conclusión única: como el ser humano es la cima de la Creación, creado a imagen y semejanza de Dios,  debemos acercarnos a cada hombre con amor, justicia y respeto, evitar causarle  daño o, como lo expresa el  Salmista:  "Lo has hecho poco menos que divino, con honra y esplendor lo has coronado" (Salmo 8.). En esta base enseñan los maestros del Talmud: "Aquél que salva a un hombre es,. como si hubiera salvado el Universo entero. Quien mata a un hombre, es como si hubiera destruido a la humanidad."

 

Al  profundizar  más  el concepto del hombre, según el judaísmo, se llega  a un grupo amplio de los "mitzvot” - preceptos, que ordenan y reglamentan  la relación entre el hombre y su prójimo,  partiendo de la ética religiosa judía.  En este contexto el judaísmo ofrece y exige  un extraordinario y bello concepto, el así llamado "ahavat haberiyot” - amor a los seres humanos,  construyendo la relación  "yo y tú",  y no "yo y él". Este tipo de amor es un concepto judío original, que no tenía igual en ningún otro pueblo, religión o idioma.

 

El amor al hombre significa un sentimiento humano fuerte y profundo, una relación anímica especial entre el que ama  y el que es amado.      

 

Este sentimiento no puede ser captado, ni definido racionalmente. Sólo puede ser comprobado en su existencia y en su realidad, al ser puesto a prueba ante el desafío de la necesidad de sacrificios, incluso del autosacrificio por el prójimo.

 

El jasidismo, un movimiento espiritual y popular desarrollado en los siglos XVII - XVIII, dio un nuevo y poderoso impulso al cumplimiento del precepto "ahavat haberiyot -  amor a las criaturas.  Lo convirtió en la piedra fundamental de su concepción acerca de la humanidad, cuyo contenido estaba  regido por el principio, de que no existe ser humano completamente malo. Hay una chispa de la Divinidad en todos,  y  todo depende si se encuentre a aquel congénere que sepa comprenderlo y convertir esta chispa en un verdadero fuego. Según este concepto, el amor al hombre no es simplemente la represión temporal del odio del corazón, sino la extirpación total del odio. Hay que fortalecer, por lo tanto, el amor al prójimo  y la disposición de sacrificarse por él.

 

Los maestros discuten, si este precepto incluye también a los malvados, o se debe restringirlo sólo a los buenos. Prevaleció la opinión de que la ley que obliga:  "amarás a tu prójimo como a ti mismo", no hace ni diferencias ni excepciones en el principio fundamental del judaísmo, pues todo hombre fue creado a imagen divina, sin distinción. De ahí que todo hombre merece   trato justo,  y respeto. Es una obligación, dirigirse a todo ser humano con justicia, amor  y paciencia, comprensión y tolerancia; ésta es la senda hacia la perfección del mundo.

 

Según el concepto talmúdico, el amor se expande hacia el prójimo, aunque éste fuera un pecador. Esta es la opinión también  de los jasidim que dicen: "Si pudiéramos  amar al más justo en la misma forma como Dios ama al más malvado, contribuiríamos al mejoramiento del mundo." De acuerdo a ellos, el amor con respecto a todos los seres humanos no puede restringirse a los buenos y rectos, y excluir a los pecadores. El jasidismo insiste en  un amor universal.  Nuestro amor hacia el pecador se manifiesta en nuestra voluntad de mostrarle el camino hacia la moral.

 

Parece que una de las muchas paradojas de nuestra era moderna es, que el hombre ha perdido su identidad.

 

Al mismo tiempo, si el hombre moderno está buscando su "ego", para identificarse y relacionar su personalidad con el cosmos y con sus semejantes de una manera significativa, tropieza contra una pared. Hay muchas evidencias de eso en la literatura científica y también en las novelas modernas. El antropólogo Ralph Linton escribió, que los hombres "...son, realmente, simios antropoides que tratan de vivir como hormigas y, como cualquier observador fisiológico puede atestiguar,  no lo hacen muy bien". Un perceptivo critico literario contemporáneo comprobó  esta preocupación con la presentación del "pánico  al vacío" y con la "desesperanza" del hombre de nuestra época, en  muchas novelas modernas. 

 

El problema fundamental es la soledad - no la soledad del hombre que está sin compañero, sino su terror del autoalejamiento. Se encuentra reducido a si mismo a "una unidad" de la historia o de la biología que "responde" a los "estímulos", comunicando, sin prestar atención a lo comunicado". Se da cuenta de que está manipulado para  ventajas políticas o económicas de alguien, tiene poco o nada de control de su destino, y sus sufrimientos carecen de propósito y de dignidad. Se considera  cada vez más como "un montaje de funciones",  para utilizar una frase de Gabriel Marcel. 

 

Su situación puede ser atribuida a la naturaleza de nuestro mundo moderno. No se puede pasar por alto al hecho de que la civilización tecnológica de nuestra época ha creado condiciones que empequeñecen al individuo y fomentan en él un sentimiento de impotencia y de sin-importancia, cuyo similar no ha sido experimentado desde la época antigua, cuando un "fracaso de nervios" sumía al mundo y, como necesidad, apareció  la religión judeo - cristiana en el escenario del mundo,  con su mensaje de esperanza y redención para toda la humanidad.

 

Entonces, la situación actual presenta un llamado serio  a los dirigentes espirituales de nuestra época. El líder no puede olvidar que  representa una tradición que ha mantenido, durante siglos, la dignidad del individuo, la santidad de todo ser humano como hijo de Dios, y cuyas enseñanzas han sido expresadas muchas veces en un idioma difícil de  entender para el hombre contemporáneo, y que debía ser traducido a un programa de acción en la vida cotidiana de todos. Dentro de este marco de referencia, se ofrecerán unas breves observaciones sobre la naturaleza del hombre y cómo está considerado en las fuentes judías.

 

La pregunta "¿qué es el hombre?" es uno de los temas más intrigantes de las especulaciones teológicas, filosóficas y sociológicas desde hace 2500 años o más. Nuestra respuesta a esta pregunta determina nuestra actitud hacia nosotros mismos, hacia nuestros semejantes y hacia la sociedad, e influye nuestro criterio con respecto a la democracia, a la convivencia nacional e internacional y, por último, demuestra nuestra esperanza o desesperanza en el futuro físico y ético de nuestra civilización.

 

Dos conceptos están en juego.

 

Según el primero, el hombre es un animal, un bruto insensible, una bestia de carne, de huesos y de fibras, una combinación de átomos y de moléculas,  un robot, una esponja que absorbe sólo aquello que lo rodea; que no tiene capacidad de crear sino sólo de imitar, y devuelve lo que ya había absorbido.

 

Según el segundo, es un ser espiritual, dotado por un potencial sagrado, capaz de elegir entre el bien y el mal y asumir la responsabilidad por su elección. Es hijo de Dios, creado a Su imagen y, como tal, tiene un enorme poder creativo.

 

Si fuera aceptada la primera opinión, significaría que el hombre está controlado por su medio ambiente físico y  social. Su desarrollo o progreso dependería de aquellos que lo rodean, de la sociedad que   dispone  de él y  define, qué es lo que tiene que hacer, incluso matar a los "enemigos" de cierto tipo de sociedad. Le  indican qué es bueno, qué es correcto, qué es justo. No necesita tomar decisiones, debe estar convencido de que  la sociedad o sus autoridades toman las decisiones, dictan las normas de conducta, y éstas son las únicas adecuadas. Recibe instrucciones: cómo tiene que vestirse, qué tipo de pasta dental tiene que usar, qué  tipo de auto tiene que comprar, con qué tipo de mujer tendrá que casarse, cuál debe ser su opinión con respecto a la moral, etc., y toda esta orientación viene por los medios de comunicación masiva, dirigida y mantenida por la "sociedad". Este hombre no tiene propósitos u objetivos personales, ni control sobre su propio destino y tampoco tiene juicio moral. Es un animal socializado. 

 

Si el hombre fue creado a  imagen y semejanza  de Dios, o como el Salmista dice: "es un poco menos que los ángeles", significa que está dotado de fe y esperanza, del deseo de perfección, de sensibilidad por lo bello y lo ético. Es parte creativa de la naturaleza,  parte activa del propósito divino. Es un ser participativo con libre albedrío,  un ser moral, capaz de  mejorar a sí mismo, establecer una relación espiritual con Dios y con sus semejantes. Puede estudiar, aprender y discernir. Está limitado en su existencia física, pero ilimitado en lo espiritual. Es mortal en su cuerpo, pero inmortal en su alma; creado a la semejanza espiritual de Dios con un enorme potencial de ser justo y correcto, capaz de brindar  y recibir amor. 

 

El concepto del hombre en el judaísmo está basado en la convicción  que fue creado a la imagen espiritual de Dios.   

 

Según la Biblia,  hay tres nociones sobre la existencia humana: primero,  el hombre fue creado a la imagen espiritual de Dios; segundo,  no es más sino polvo; y tercero, es el objeto de la preocupación divina.

 

En los primeros capítulos del Génesis, hay dos descripciones sobre la Creación del hombre. El primero describe al hombre creado a " imagen y semejanza" de Dios. Estos versículos detallan la singularidad del hombre frente a las otras criaturas de Dios. 

 

La segunda narración  no es tan sublime. Nos cuenta que el hombre fue creado "del polvo de la tierra", y su función en el Jardín del Edén era, "trabajarlo y guardarlo".

 

Varios  científicos han argumentado, que las dos descripciones  acerca de la creación del hombre son independientes. Esta teoría podría ser acertada. Sin embargo, no explica cómo figuran las dos descripciones en el mismo libro. La respuesta puede ser la dualidad deliberada del mensaje bíblico con respecto al hombre. El está creado realmente a la imagen divina pero, al mismo tiempo, no debe olvidar que no es más que polvo.

 

Para entender mejor esta polaridad, se debe aclarar un poco el mismo texto. Se sabe que la religión de Israel no permite  representar a Dios en la forma de una imagen. Esta prohibición  está explícita  no sólo en el Segundo Mandamiento, sino también en muchos versículos del Deuteronomio y en varios Libros de los Profetas. Sin embargo, la Biblia nos dice que el HOMBRE - TODOS LOS SERES HUMANOS - fueron creado a imagen de Dios. Este concepto no puede ser explicado en  términos del  antropomorfismo  bíblico.       

 

Tampoco podemos sacar la conclusión de esta observación como si  la Biblia  no estuviera consciente de la fragilidad del hombre y de su inclinación hacia el pecado. Nadie podría acusar jamás a la Biblia de este tipo de optimismo extravagante.

 

Lo que la Biblia quiere decirnos es, que el punto de vista  bíblico siempre apoya la noción de que el hombre es la imagen de Dios en la Tierra. De esta manera, nuestra  reverencia hacia Dios debe demostrarse en  nuestra reverencia hacia el hombre. Si se lo trata con arrogancia, es un acto de blasfemia hacia Dios. Con las palabras de los Proverbios: "Ofende a su Creador quien oprime al débil, pero Lo honra quien le tiene compasión". (Proverbios 14:31.).

 

Al mismo tiempo, este pasaje indica en forma imperativa, que cada individuo debe tratarse a sí mismo como un símbolo de Dios en el mundo, y ayudar a entender el mandato extraordinario: "Santos seréis, pues Yo, vuestro Dios, soy santo". (Lev.19.2.).

 

Eso no se refiere únicamente al así llamado espíritu o alma, lo que haría suponer una forma de dualismo, que no existe en las Escrituras. Toda persona, en su totalidad, debe ser tratada con sumo respeto. De ahí la enseñanza posterior del rabinismo, según la cual cualquiera que haya derramado sangre humana, se considera como si "disminuyera o destruyera la Presencia de Dios en la Tierra". De ahí la insistencia de los sabios antiguos, que ningún hombre tiene derecho de disponer tampoco de su propia vida, pues ésta no le pertenece a él, sino a Dios. (Maimónides).

 

Sin embargo, al mismo tiempo tenemos que tomar en consideración las palabras de Dios a Adán: "Pues de la tierra eres, en tierra te convertirás" (Gen.3:19).

 

Para que el hombre no olvide su calidad de criatura, está la advertencia desde los principios de su historia. Según los sabios, Dios le dice así: "El desafío que he puesto delante de ti es infinito, pues fuiste creado a Mi imagen. Para que tú seas realmente humano, tendrás que trabajar y esforzarte durante toda tu vida. En caso opuesto, perderás esta única distinción que tienes. Al mismo tiempo,  tendrás que  reconocer que tus posibilidades tienen sus limites y no puedes desanimarte por tus inevitables fallas y errores".

 

Tratemos ahora algunas ideas de la filosofía del Rabino Abraham Joshua Heschel - uno de los filósofos más eminentes de nuestro siglo. - Respecto al hombre, Heschel fue el fundador del pensamiento filosófico judío contemporáneo.

 

Ante todo, el hombre debe ser discernido del reino animal, pese a su semejanza biológica, para tener un punto de referencia que le permita saber, en qué consiste la parcialidad de la condición humana. El hombre tiene que encontrar la razón de su existencia y dar un sentido a su propia vida. 

Mientras encuentra este sentido (siempre en forma personal e individual), no debe olvidar los valores morales, culturales, sentimentales, lo que  Heschel  llama "lo humano en el hombre es, su condición de ser esencialmente espiritual".  

 

En tal sentido, la espiritualidad no está planteada en oposición o en contraposición  a lo material del hombre. El hombre es, al mismo tiempo, imagen y polvo. Imagen de Dios y polvo como sustancia material. Como imagen, el hombre, al sentir en su ser la presencia de Dios, sería el punto de referencia para determinar qué sentido dará a su vida. El polvo es la alternativa, que le permite obrar según su decisión, utilizando la libertad que tiene. 

 

El hombre tiene la opción del espíritu. Dios le ofrece esta posibilidad, pero no lo obliga a  aceptarla.  El  ofrecimiento se concreta en la aceptación y en el cumplimiento de las obligaciones morales. La decisión viene del hombre. Puede vivir con la libertad que ha recibido y demostrar su carácter libre, que no está limitado  por Dios. Dios espera que el hombre piense  y actúe de tal manera, que pueda transformarse en Su colaborador en la permanente Creación de un mundo mejor. Dios  impone una autolimitación a Su poder absoluto, para que el plan divino del mundo sea una posición de privilegio, y también una posición de riesgo. Dios coloca Su destino en manos del hombre. Depende de la decisión y de la conducta del hombre, si quiere ser colaborador de Dios o no. La acción del hombre es la respuesta, pero el resultado no afecta  a Dios. El destinatario es el prójimo, el otro hombre. De aquí viene que dentro del judaísmo no es primordial la fe, sino la acción, como dice Heschel en otro contexto. Al morir, cada ser humano  tiene que dar cuenta  de su vida terrenal frente al Juez Eterno, quien no le preguntará, qué creía, sino qué ha hecho en la Tierra durante su vida. El hombre tendrá que dar cuenta de su vida, de sus actos diarios en la sociedad y de sus relaciones con sus congéneres.

 

Al tomar la acción como criterio de referencia, la fe aparece aquí como una fe activa. No es la esperanza en la actuación  de Dios, sino la posibilidad infinita del hombre de acercar y atraer a Dios al mundo. La ausencia de Dios del mundo no  es la responsabilidad divina, sino mucho más la humana. Cada ser humano debe trabajar para promover  la presencia de Dios en la tierra y la realización del Reino de Dios entre los hombres. Mientras en otras religiones monoteístas, la redención  depende sólo de Dios,  el judaísmo  insiste  en que ésta depende de los seres humanos. Si ellos trabajaran en forma mancomunada por la redención, Dios bendecirá sus esfuerzos.    

 

El mérito de la religión judía  - dice Heschel - consiste en haber descubierto el interés de Dios  por el hombre. Por eso la Alianza, el Pacto es válido para siempre, y no se refiere sólo al pueblo judío, sino a la Humanidad toda. El deber es, coincidir con el interés que Dios tiene por el hombre, de modo que en la medida en que la humanidad coincida con los fines divinos, Dios está presente en el mundo. Cuando el hombre utiliza su libertad en  contra de estos intereses, Dios puede estar ausente.

 

De modo que la existencia está concebida como una asociación entre Dios y el hombre, y por eso la vida  humana puede y debe adquirir un carácter sagrado. Dios y el hombre son partícipes en una lucha sacra por la justicia, por la paz y la moral,  que significa el desarrollo espiritual  del hombre. Dios se reveló al hombre a través de una Alianza, cuya manifestación es la Biblia. La Biblia  no es el libro de Dios, sino el del hombre quien, si  quiere, puede ser colaborador de Dios, y su actuación es la respuesta al llamado. Es ésta la historia de la búsqueda  mútua entre Dios y el hombre.

 

Aunque sus fallas lo desmoralicen, el hombre debe estar seguro y consciente de que es muy importante delante de Dios. El hombre no fue lanzado a la merced  de las olas y de los vientos. Al contrario, Dios está comprometido en el éxito del hombre, pues la reputación de Dios -por decirlo así-  depende del hombre. Según las palabras de Abraham J. Heschel, "El hombre es hombre, porque una apuesta divina está en su existencia. No es un espectador inocente en el drama cósmico. Hay más parentesco en el hombre  con lo divino de lo que se cree. Las almas de los hombres son las velas de Dios que iluminan el camino cósmico, más que las luces producidas por la combustión explosiva de la naturaleza, o por los fuegos artificiales preparados por los hombres. Cada llama es indispensable para Dios. El hombre precisa a Dios, y Dios precisa al hombre como Su colaborador en la permanente recreación del mundo".    

 

Dejemos seducirnos por la belleza del lenguaje de Heschel, o supongamos que todo  el concepto sea una metáfora. Sin embargo, se apura en agregar que la tradición rabínica dice muchas veces que el hombre es socio de Dios en el perfeccionamiento del mundo que El había creado. Esto ensancha  la dimensión de la vida humana, dándole sentido  al contenido del Pacto, de la Alianza, uno de los conceptos básicos del judaísmo clásico. Cuando el hombre  lucha por la justicia, por la integridad y por la paz, cumple con las condiciones de la Alianza con Dios y hace sentir Su presencia en el mundo. Dios también está  comprometido con y por el hombre. De ahí la noción bíblica de la búsqueda de la unión mística entre Dios y el hombre.

 

Y de ahí también, las muchas expresiones de la preocupación divina por Sus criaturas - por Israel y por toda la humanidad. Como lo dijo Jacques Maritain: "La historia de Israel - y la historia individual de cada ser humano - consiste en el profundo análisis del dialogo entre la eterna personalidad divina y nues­tra persona creada; es un asunto de amor entre Dios y el hombre". Heschel también ve eso como un mensaje central de los profetas bíblicos: Dios está íntimamente ligado con la humanidad.

 

La última confrontación del hombre no es con el mundo, sino con Dios. "No sólo con Su sabiduría y Su poder, sino también con Su amor y Su cariño. El Pastor divino es una respuesta siempre presente en las acciones del hombre, por causa de la necesidad que Dios siente por la ética humana. De ahí el valor de todo acto moral, lo que es el valor supremo de toda  existencia humana - quien es el único de todas las criaturas  de Dios que tiene la capacidad de responder a Su llamado: "hacer justicia, actuar con amor y obedecer  humildemente a Dios." (Miqueas 6.8.).

 

Obviamente, no es ésta toda la historia. El hombre realmente ha sido coronado por su Creador "con gloria y honor". Le han sido asignados los poderes más altos de la creación y de la autorrealización.  En consecuencia, el hombre, consciente de sí mismo como creador potencial, a veces olvida considerar que es, al mismo tiempo, también criatura. Imprudentemente rechaza  reconocer que él, aunque  es "un poco menos que Dios", no es Dios, y su insistencia en jugar el papel de Dios como un ser omnisciente y omnipotente, lo ha llevado hacia la autodestrucción.

 

Es éste el concepto bíblico del pecado - que es un acto de rebeldía contra las limitaciones humanas. Un acto de auto-separación de la humanidad y de todas sus vinculaciones. 

 

Los cuentos bíblicos relacionados con la así llamada "caída del hombre" han sido interpretados varias veces tanto por la tradición judía como por la cristiana, y son demasiado  conocidos  para  repetirlos. Sería más interesante, ver la interpretación rabínica de la dinámica del desliz del ser humano en su relación con Dios y su autodestrucción. Al comentar el versículo tantas veces citado del Libro del Deuteronomio (Deut.6.5.): "Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas las fuerzas", los rabinos del Talmud enfocan su atención en la forma gramatical e insólita del término hebreo de "levavja - tu corazón", que aparece así en este versículo. En lugar de la palabra "libeja - corazón". que es el modo de escribir  normalmente  la palabra, cuando la letra "bet - es decir la letra b"   figura dos veces. Dicen que ponerla dos veces fue intencional, y significaría  que el hombre debe amar a Dios con ambas partes de su corazón, es decir,  con su buena inclinación, pero también con la mala. Este concepto, que el corazón humano contiene  las dos inclinaciones, se encuentra explícitamente en  el Targum,  la traducción aramea de la Biblia, que nota respecto del Salmo 103.14. El texto dice así: "Pues El conoce nuestros instintos - esta explicado: Pues El conoce nuestro instinto malo, lo que causa el pecado..."

 

Esta inclinación, pues, es parte del hombre y lo acompaña desde la primera infancia hasta el momento  de su muerte. Su lugar está en el corazón, como también  la  buena inclinación, ya que el corazón era considerado en aquella época como  el órgano del razonamiento y de la emoción.     

 

Otro maestro considera que sólo las emociones están radicadas en el corazón, la capacidad de razonar habita en el cerebro. Ambos son  órganos vitales del cuerpo humano.

 

Ni el uno ni el otro debe ser  considerado como malo, como causante de  la caída del alma pura implantada por el Creador. Más bien, la combinación de ambos es responsable por el comportamiento  pecaminoso, por el alejamiento del hombre de Dios,   de sus congéneres, e incluso de sí mismo.

 

Entonces, la tarea del hombre es, aprender a servir a Dios con todo su corazón, - con ambas partes, con la mala y con la buena, que han sido implantadas en nosotros. ¿Cómo puede ser realizado eso? - preguntan nuestros sabios y contestan:  "Por estar involucrados en el estudio de la Ley y en sus exigencias de practicar la justicia y la beneficencia". (Avoda Zarah 5b.). Traducido este concepto en una forma práctica significa, que por medio de la sensibilización religiosa y ética, por la autodisciplina y por sentirse responsable  por la vida  de  los demás, por el sentir el espíritu de amor genuino por el prójimo. Esta es la vida buena, según la proposición del judaísmo clásico. Sin embargo, los maestros de antaño  no ignoraban que hay competencia dentro del corazón humano. Reconocen que ningún ser humano puede salir completamente victorioso y conocer a fondo y dominar los instintos y las tensiones existentes en él. La plena conquista depende de la gracia divina. De ahí tantas oraciones por la ayuda divina. Pero el individuo no puede marginarse de la batalla, y es necesario que él mismo dé el primer paso en la dirección correcta, como está dicho: "Yo puse delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición." (Deut. 30.19.).    

 

Enseñan los sabios: "Considerando que el Santo, bendito sea El, colocó delante de nosotros dos caminos, el de la vida y el de la muerte; podríamos caminar por aquél que nos guste. Pero no es así,  y  por eso nos dice la Torá más adelante: "Elige la vida, para que tú y tu descendencia puedan vivir." (Sifre 86a.).

 

A pesar de todas las dificultades que tenga que afrontar, en el hombre siempre permanecerá "la revelación especial de Dios", escribe el filósofo Leo Baeck en su obra "La esencia del judaísmo". Dice que "durante su vida, el hombre tiene la capacidad de desarrollar lo divino que ha sido implantado en él. Eso se refiere a todo ser humano, pues aunque haya mucha diferencia entre ellos - rico o pobre, bueno o malo, blanco o negro, judío o gentil - su semejanza con Dios es igual para todos, y esta semejanza los hace 'seres humanos' a todos". Y continua así: " Lo que es más importante para el ser humano y  que lo hará humano, está dentro de todo hombre. La tarea y el campo de batalla  están asignados a todos y la nobleza humana existe en todos. Negarlo para uno significaría, negarlo para todos".    

 

La primera necesidad del hombre, como hombre, es desarrollar un sentido de reverencia hacia su propia vida y  su propio carácter. Hay que tomarlos en  serio, pues  ésta es la medida de su relación con Dios: delante del hombre  hay una tarea  inacabable, la que no puede ni concluir ni rechazar. Tiene que aprender a vivir con esta responsabilidad y juzgarse a si mismo, no según las normas del vecino sino por las de Dios. Es cierto que muchas veces no puede alcanzar este nivel. Un sentido de culpa y de desesperación seguirán sus pasos. Lo que importa es que siempre puede tomar la decisión y empezar de nuevo. Lo que ya esta hecho,  no puede ser considerado como no-hecho, sin embargo, siempre existe la posibilidad de un recomienzo ético. Este es el sentido de la "teshuva - arrepentimiento" que, según la tradición judía,  es el "retorno" al camino correcto. El arrepentimiento no es sólo un problema de fe o confianza en Dios, ni se puede apoyar en él como algo natural.  Aquí lo importante es la decisión y la actuación del ser humano, que recrea así la continuidad ética en su relación  con Dios y con su prójimo. Es una demostración de la integridad de su existencia. 

 

La libertad del hombre para poder elegir el bien, y los hechos realizados en pro de lo bueno, son los factores básicos del arrepentimiento. Ambos son esenciales para la satisfacción ética del hombre. ¿Cuáles son los anhelos del hombre para alcanzar la felicidad? Es un mundo ideal, en el cual se puede llegar a la autorrealización y a la paz interior y exterior; donde su vida alcance un alto nivel en la moral, y  desarrolle sus facultades.

 

Pero este mundo debe incluir, imprescindiblemente, a sus prójimos, pues para una buena vida es imposible el  aislamiento. Se necesitan los demás.

 

¿Qué es lo que  está involucrado en el concepto de una buena vida? ¿No es sólo nuestra propia actitud de ayudar y de ser amables con nuestros prójimos, o responder a sus justas exigencias? Tiene la misma importancia la aceptación del llamado para edificar un orden social justo, en el cual el individuo es libre para poder realizar la imagen de Dios que reside en él. ¿Es éste el requisito primordial para la formación de una sociedad  en la cual las relaciones humanas se basan en el sentido de brindar y recibir amor y actuar siempre con pureza moral? Pues donde no hay justicia, no puede haber paz; la injusticia engendra únicamente resentimiento y violencia.   

 

La cúspide de la relación del hombre con el hombre es, sin embargo, su habilidad de amarlo como a sí mismo. Este amor no es un mero sentimentalismo, que tolera la debilidad de carácter y aun cierta maldad. Tal emoción tan sólo confunde el discernimiento y muchas veces demuestra más interés hacia el malhechor, que hacia su víctima. Este amor tampoco debe ser una forma de compasión  hacia la humanidad sufriente, la cual está sumida sin esperanza en la red de la melancolía del Karma y así, está predestinada a la ansiedad y a la frustración.

 

Más bien es el resultado del reconocimiento, que mi prójimo tiene un alma parecida a la mía, y también, al igual que yo, está buscando un sendero de reconciliación por intermedio del arrepentimiento. Como nosotros, él también  yerra el camino muchas veces y debe ser reconducido a la senda correcta.  También necesita entablar una comunión de afecto y de diálogo con su congénere, para que su vida adquiera significado y valor. Además, como nosotros mismos, el también debe ayudar en la construcción del Reino de Dios, si quiere realizar en sí mismo la imagen de Dios.

 

Son éstas algunas creencias y observaciones acerca del concepto  clásico judío sobre Dios y sobre la naturaleza del hombre, traduciéndolas a un idioma moderno, y ofrecen un acercamiento al problema del hombre solitario de nuestra época. Se afirma que la vida de uno está entrelazada con la del prójimo. Que ni él ni su prójimo pueden encontrar una paz duradera únicamente al satisfacer su naturaleza animal. Se recuerda que el bienestar de la persona depende del cumplimiento de lo profético: "El Señor ya te ha dicho, oh hombre, en qué consiste lo bueno y qué es lo que Él espera de ti; que hagas justicia,  practiques el amor y obedezcas humildemente a tu Dios" (Miqueas 6.8.).

 

La enseñanza más importante del judaísmo es el monoteísmo ético, junto con el  monoatropismo, los dos juntos, en forma inseparable.

 

El monoteísmo ético enseña que Dios es la Fuente de todo lo moral y lo ético, por lo tanto el hombre, creado a imagen de Dios, debe imitarlo, practicando la moral y la ética.  

 

Esta enseñanza no es sólo uno de los numerosos artículos de  fe, sino el corazón mismo de la religión judía. Da carácter a toda su doctrina, a su ética y a su culto. A través de la experiencia histórica, como ha sido interpretada por el genio de los profetas y a través de la reflexión de los sabios, el pueblo judío se hizo cada vez más consciente de la realidad de Dios, y que por encima de toda existencia están Sus brazos extendidos. El Señor del Universo es también el Dios del alma y del cuerpo. Él revela a Si mismo en la corriente majestuosa del proceso evolutivo, en la historia de los pueblos y de las naciones, y en la mente y en la conciencia de los puros de corazón que buscan la comunión con Él en humildad y en fe,  como con un Padre y un Rey, Redentor y Amigo. Buscan Su Revelación y Su propósito, no sólo en la ley cósmica, sino también en el amor humano y en la justicia, en la bondad y en la verdad, en la belleza y en la santidad. A través de estos factores, Él habla a los corazones de todos aquellos que Lo escuchan y Le demuestran su fe por la forma de su vida; que aman Sus enseñanzas éticas y las viven plenamente, aún autosacrificándose   por ellas; que demuestran tener conciencia de Él y conocen lo que Él espera del hombre.

 

La idea de Dios ha distinguido a Israel como un pueblo con un destino y con una misión religiosa para el resto de las naciones de la Tierra. El judaísmo transforma e irradia la vida de muchos seres humanos y trae santidad, satisfacción  moral y significado a la existencia humana.

 

El creyente  siente que Dios ayuda a todos aquellos que están dispuestos a recibirlo, a dejarlo entrar en su corazón. La existencia de Dios no se advierte de manera extraordinaria en acontecimientos espectaculares, ni  cruciales.   Su ayuda se manifiesta, según las palabras de los Maestros: "Tus milagros están con nosotros todos los días, Tus  maravillas y Tu bondad nos rodean todos los días, al amanecer y al anochecer, y durante todo el día."  Qué pena que no siempre lo percibimos.

 

Según el concepto de los Maestros, Dios ayuda al hombre por medio de los recursos de la Naturaleza. Además, al proporcionarle capacidad para desarrollar su cuerpo y sus facultades mediante su destreza y su flexibilidad, por medio de su capacidad mental, su inteligencia e ingeniosidad; por medio de su corazón que ama la vida, por su valentía y por sus aspiraciones. 

 

Ayuda al hombre por intermedio de los demás seres humanos por su capacidad de colaboración, por la convivencia social y por los conocimientos que han alcanzado juntos. Por el amor y la comprensión de cada uno con el otro; por los sistemas políticos, y los derechos humanos que protegen la vida y la libertad; por la ciencia, por las artes, por las religiones y por todos los valores culturales acumulados en el curso de la historia humana y trasmitidos  de generación en generación, como patrimonio de la humanidad.

 

Dios es el Libertador de todos los seres humanos. Él es la fuerza que no permite que ni los individuos, ni los pueblos o las naciones  sucumban en la esclavitud. Él es el estandarte que los empuja hacia la rebelión, y es la fuerza que los convierte en inflexibles en la lucha por la libertad.

 

La creencia en Dios ha servido siempre como  motor del bienestar social y personal y de la regeneración permanente. Ha infundido paciencia y coraje  en los hombres, para enfrentar obstáculos que parecen insuperables. En la noche más oscura del dolor y de la tempestad, ha seguido alumbrando como la estrella de la esperanza, que indica un mañana mejor y más brillante para toda la humanidad.


Resumen

 

El hombre es la creación de Dios.

 

El hombre ha sido creado a la imagen espiritual de Dios.

 

Dios es fuerte y eterno, el hombre es frágil y perecedero.

 

El judaísmo no divide al hombre en cuerpo, alma y espíritu, sino es un TODO.

 

El hombre es intrínsecamente un ser capaz de cumplir su tarea definida por Dios, y es inviolable por los demás.

 

Cada individuo es inviolable en sus derechos y debe tener iguales oportunidades para desarrollarse libremente en todo sentido.

 

Cada persona es única en su género y tiene derecho de mantener su personalidad  y ser diferente, vivir y demostrar esta diferencia.

 

Cada hombre  es heredero y poseedor de los derechos otorgados por Dios para vivir en justicia y libertad, con derecho a trabajar y vivir bien del resultado de su honesto trabajo.

 

Cada hombre es portador potencial de la bondad y del espíritu humanista.     

 

Cada hombre es capaz de escoger entre el bien y el mal y asumir la responsabilidad por su elección

 

Cada hombre tiene la obligación de perfeccionarse y cumplir con su tarea de participar en el perfeccionamiento del mundo y ser colaborador de Dios en  construir una sociedad mejor,  y sentir y vivir el optimismo ético